23 de junio de 2010
La teoría del dobladillo (que la falda sube al compás de la Bolsa) no parece científicamente probada, pero sería bonito. Comprendo, además, que sea difícil probarla en nuestras ciudades, que recorren muchas jóvenes en un estado de desnudez sudorosa que ni siquiera la juventud ni la dura belleza son capaces de redimir. Estas muchachas (puede que entre los varones suceda lo mismo, pero yo qué sé) no deben de saber que aunque la ropa da calor también seca y aísla. Lo cierto y fundamental, en cualquier caso, es que para el invierno se anuncia el retorno de la maxifalda. En lo personal es una pésima noticia. Las piernas de las mujeres son un elemento de distracción colosal; y es en invierno, glaseadas por las medias, cuando alcanzan su gran momento. En el peor invierno hay una esquina urbana atestada, embrutecida, donde de pronto todo se detiene para que se oiga un nanosegundo de seda frotando los muslos. Aparte está el pasado: aquellos años setenta, hórridos, donde la maxi imperante igualaba a las chicas a ras de suelo y las ciudades (¡y ya no digamos las Facultades de Periodismo!) parecían un ubuesco desfile de mesas camillas.
El retorno de la maxi va a ser el colofón estético de la prescripción de era lóbrega que dicta el ambiente. La expresión, incluso contenida, de la satisfacción ha sido siempre en España socialmente peligrosa: es más peligroso sonreír por la calle que caminar con el rompehielos de un buen ceño. De qué se ríe este imbécil, con la que está cayendo. Pero ahora el diktat ceñudo acecha en todas partes. Tipos con su vida positivamente apuntalada por los cuatro costados te examinan con gravedad cuando cuentas tus proyectos al sol; o lo que es peor, porque los proyectos siempre puede joderlos una buena y feliz fractura de húmero, cuando cuentas la homérica felicidad de anoche y sus ineludibles gastos. No están los tiempos… chasquean conventuales los apuntalados.
Yo comprendo muy bien el cabreo del partido por la mitad, aunque me sorprende que en sus modos se advierta la felicidad beocia que le causaría compartir su desdicha con el interlocutor. Pero estos apuntalados para los que la crisis sólo es un confortable relato de terror del telediario, que acaba con él, me provocan una repulsión vivísima. La exhibición estrictamente fisonómica de su solidaridad (porque siguen gastando lo mismo y en lo mismo, aunque ahora les pongan en la escudilla un trozo de ceño a los bien jodidos) me va obligar cualquier noche a un desplante, y a ver cómo acaba. Nunca gasté más de lo que gané; nunca exhibí la episódica felicidad porque se deshace al contarla; nunca hice más que comer, beber y buscar casa, como nuestra madre Lucy. Y me vienen ahora estos cacasenos con los dientes apretados exigiendo compunción. ¡Anda y que los laxen! No me dejaré corromper por el ambiente. Tampoco ahora.




