4 de junio
La tentación de la lírica surge en los escenarios más insospechados. En la mismísima presidencia del Gobierno, antes de que la vida fuera en serio. Ahora, en la logarítmica Agencia de Protección de Datos, se han puesto a teorizar sobre el derecho al olvido: el derecho que tendría todo ciudadano a que se borre el rastro de su memoria en internet. El “derecho a” es un bonito juego: da 75 millones de googles en castellano y entre ellos se encuentran el derecho a la pereza del incansable Lafargue, el derecho al delirio y el más extraordinario de todos que es el derecho a nacer. La plausibilidad de este nuevo derecho se aprecia fácilmente exigiendo que pueda ejercerlo Hitler. El olvido es una imposiblidad metafísica y la exigencia de la Protectora un espejismo más, paradójicamente provocado por las posibilidades infinitas de internet. La Protectora pide que se borre la memoria digital porque aparentemente puede hacerse; supongo que, ya embalada, no se atreverá a pedir el descuartizamiento o incineración de las hemerotecas, que contienen tantas pavorosas mentiras sobre los hombres.
La exigencia es una muestra del pensamiento negativo, etimológica y lógicamente reaccionario, que caracteriza a buena parte del establishment. Comprendo que la Protectora deba protegernos y comprendo, sobre todo, que deba pagar las nóminas de sus funcionarios. Pero podría dedicar sus esfuerzos a algo más interesante que ponerle puertas al campo. La información que haya en la red sobre cualquier hombre puede ser injusta y dañina. Y parcial: es fama que se publica con mayor facilidad los procesamientos que las absoluciones. Pero el modo de amortiguar el problema no es patrocinando el borrado, jurídicamente complejo y técnicamente incierto. No es suprimiendo información, sino añadiendo información autorizada. Si la Protectora pensara en términos positivos animaría a la creación de una inmensa wikipedia del hombre corriente. Es decir, una página personal de cada ciudadano (con el infalsificable dominio de su nombre y apellidos) donde constaran los sucesos relevantes de su vida: sus negocios, sus matrimonios y sus pleitos; una página de carniceros, taxistas, fontaneros, empresarios, maestros, policías, que sería el primer paso a dar por cualquiera que buscara datos sobre un hombre. La analogía con la wikipedia no es irrelevante: es lo primero que se consulta, en cualquier lugar del mundo, cuando se precisan datos sobre los hombres públicos. Una página personal, en fin, cuya única y preciosa garantía fuera la de haber sido escrita (o dictada) por el hombre llamado como su dominio informático. Incluidas sus irrenunciables mentiras, protegidas, ellas sí, por el Derecho.




