7 de mayo
La razón por la que escribo es el dinero. Sé que afirmar esto comporta la acusación de suficiencia y pedantería. Así es la vida. No dar mayor importancia lírica a tu trabajo implica darse la mayor importancia. Las respuestas que el público aprecia son otras. La del realismo mágico: escribo para que me quieran. La del realismo socialista: escribo para cambiar el mundo. La del realismo fisiológico: escribo, meo, escribo. O la del realista montañista: escribo porque está ahí. Incluso creo en la sinceridad de estas razones. La gente es muy extraña. Pero yo sólo me muevo por dinero. Si mañana pudiera vivir sin escribir, dejaría de escribir. No me imagino una vida sin lectura. Sin cocer (por placer) lo crudo. Sin largos paseos. Pero me imagino, y como una delicia, una vida sin escritura. Aceptaría encantado el soborno inverso de algún mecenas que me pagara por dejar de escribir. De hecho, lo he buscado con ahínco en la Cataluña, tan mecenazga, de mi tiempo. Y aunque hasta ahora he fracasado, no desisto. Es chocante que aducir el dinero haga levantar la ceja. A los que pagan me dirijo, por si acaso. No lo comprendo. Nada hay más serio que la supervivencia y por eso yo me tomo tan seriamente (¡y hasta con un punto de hosca gravedad!) mi trabajo: no hay comparación entre salvar a la Humanidad o salvarse uno mismo. Trabajar por dinero ofrece garantías a empresarios y clientes, y espero que las aprecien. Uno siempre puede tomarse una tregua en su afán de mejorar la especie. O en sus exigencias de amor. ¡Y no digamos lo que ha esperado el Everest! Incluso la próstata (engrosada) puede obligarle a uno a detenerse, dolorosamente. Pero nunca el hambre. Yo tengo hambre y sed desde que nací. Una sed y un hambre furiosas, incontenibles. Yo me levanto de la cama con los ojos vidriosos de aquel milanés que Josep Pla veía salir de casa al alba, ojos del que después de 35 años de trabajo aún no sabe si podrá comerse al mediodía la pasta asciutta. Un puro, y sobre todo puto, hombre de las cavernas (de la caverna mediática, ahí le has dado Tuerto), que ha ido de Orce a Internet, sin pasar jamás por Platón, el malasombra que reprochaba a los sofistas que cobrasen. Aspiro tanto a la fama como a la gloria: la una me da dinero contante y sonante; de la otra espero que vivan mis hijas. Me aguanta el dinero, mi nervadura. Acabo algo, vuelvo de algo, y me canto clin, clin. Sólo así me relajo en los aeropuertos. Clin, clin. ¿Qué habría sucedido en mi vida (yo cobarde, ¡y tan guerrero!) si en vez de pensar en el dinero hubiera pensado en el hipócrita lector, y en sus necesidades por las mías?
La razón de estas exhalaciones es que he leído el gran artículo de Félix de Azúa en que anuncia su retirada del periódico, porque no consigue enderezar España: y me he quedado muy impresionado.




