30 de abril
Gillian lleva cerca de una hora en Brown’s, comercio de lencería del norte de Manchester. Se ha hecho sacar ya más de una veintena de cajas de medias y un número imposible de determinar de bodys, tangas y sujetadores. Pero no parece que le haya roto los nervios a la dependienta. Todo lo contrario. A cada nueva petición responde con mayor amabilidad. Claro, es su trabajo. Eso es lo que estamos pensando, exactamente. Llega un momento en que Gillian parece decidida y pide que le hagan la cuenta de lo que va a llevarse. La sonrisa de la dependienta le acompaña hasta el quicio. ¡Del que no ha logrado sacarla! Pero en cuanto la clienta desaparece, la paciente trabajadora se deja caer sobre la silla y le comenta resoplando a su compañera.
- Qué joío plomazo, Dios.
La desagradable sorpresa llega al día siguiente: toda la prensa vecinal de Rochdale y hasta algún medio nacional sacan su foto en portada. Y sentencian: «Doble moral en Brown’s».
¿Doble moral? El primer ministro Gordon Brown, en temporada de ventas, atendió con cortesía y paciencia a Gillian Duffy. Trató de razonar, incluso con agudeza, sobre su indisimulada xenofobia respecto de los trabajadores del Este. Pero cuando la abandonó y se metió en su Jaguar se permitió el desahogo de llamarla intolerante. Con los malos modos, ciertamente, que caracterizan la intersección entre el cansancio, la frustración y la privacidad. Pero ahí estaba el microfonismo. Doble moral, dice: la prueba evidente de que los políticos se comportan de un modo en privado y de otro en público. ¡Los políticos, dice! Como si ese comportamiento no fuera hijo legítimo del derecho a la privacidad cuyo cumplimiento no se cansa de reclamar el microfonismo los días que no tiene trabajo en la privacidad de los otros. La privacidad es un brete muy peligroso para el sumario microfonismo, incapaz de comprender cuánto hay en ella de sobreactuación, de retórica, de falta de sinceridad y de mentira. Mejor no acosarle con semejantes complejidades. Nada de lo que hizo Brown en su coche es contradictorio con lo que le había dicho a Miss Duffy. Doblez habría sido que hubiese dicho esto:
- Si es que esta joía tiene razón… No hay más remedio que largar a los del Este.
Lejos de ello, mostró una impecable coherencia y le puso un adjetivo a Miss Dufy que describe con bastante precisión algunas de sus opiniones. El microfonismo, naturalmente, las pasa por alto, porque su función en el mundo es tratar a las Miss Dufy con especial cariño, porque ellas aseguran el espectáculo y la audiencia y porque el pueblo tiene siempre razón. Aunque el microfonista le llame siempre «el populacho» en cuanto se deja caer sumamente rendido en su Jaguar.




