22 de abril
Para sustituir a la guerra civil
El deporte del poder
Jaume Boix-Arcadi Espada
Espasa, 1999
El azar ha acabado ayudando. Murió en plena reunión de mañana de los periódicos, sin interrumpir, como ayer se temía, un importante partido de la Copa de Europa. Y aún pudo, hace un par de domingos, llegarse hasta el Hispania para su última comida de fiesta. Empezó con guisantes y antes de pedir el segundo miró con incertidumbre a su novia. Ella dijo: «Lubina» Y el asintió: «Pulpitos». Las hermanas iban a ofrecerle champán de Reims; pero advirtieron que estaba ya bebiendo Torelló, el cava de la familia. Es cierto que las cosas siempre pueden ir mejor y que mejor hubiese sido morir el 17, que fue el día en que nació, el día que Barcelona fue nombrada sede olímpica y el día que de no ser por la impiedad de su rival en el Comité Internacional Olímpico (CIO), aquella Monique Berlioux que tanto lo odió, habría sido elegido (fue un 16) presidente olímpico. Morir bien, con los números cuadrados, era importante para él. Hace nueve años, poco después de que le salvaran la vida in extremis, decía: «Me tenía que haber muerto. Era el momento: la crisis de la corrupción estaba resuelta, mi sucesor elegido, Pekín ciudad olímpica…» Y, además, aquel día del desmayo en Moscú era 17 de julio. No había cinismo. Nunca lo hubo. Sólo una fría medida de las cosas.
Ahora que lleva ya algunas horas inmóvil debo conceder que su muerte hubiese comportado, en cualquier circunstancia, una grave imperfección. Navego por los diarios digitales del mundo. Pekín, Nueva York, Vancouver, Tokio, Nairobi, Jerusalén, Río, Sidney, Londres, Berlín, París: todas las portadas traen la muerte de Samaranch. ¿De cuantos jubilados del mundo, víctimas de una muerte prevista y natural, podría verse algo parecido? El último español que murió así fue Francisco Franco. ¡Pero no se había jubilado! La grave imperfección que trae su muerte es que no podrá ver este notable espectáculo. ¡Tanto como lo habría apreciado! Los actuales practicantes del egosurfing tienen en él un pionero: desde los años cuarenta mandó recoger, ordenar y encuadernar todo, absolutamente, lo que se escribiera sobre él. Su presencia de esta tarde en las homes digitales es el resultado de la conjunción perfecta entre el deporte y los medios. Fue el primer hombre que advirtió hasta qué punto circularía el poder por ese cruce. El rasgo fundamental de su modernidad. El que se encarnará años después en su obra magna: la de convertir un club de cazadores en la primera multinacional del espectáculo. Y, lo que aún es más importante: en la primera multinacional de la fe, muy por delante de la Cruz.
Su modernidad tuvo derivaciones locales. Samaranch oreó España. Siempre que lo veía pensaba en un caballero duchado. Su trabajo como Delegado de Deportes en la Barcelona y en la España franquistas fue un acto de limpieza y de regeneración. Puede que eso se avenga bien con el fascismo y hasta con su estética; pero la ducha es un patrimonio universal y previo. Al margen de la limpieza hay algo menos visible: Samaranch y los suyos facilitaron el resurgimiento de una trama civil y asociativa en torno al deporte. Se dice mucho que el deporte es un sustituto de la guerra; pero suele añadírsele al decir un tono marisabidillo de censura: ¡y no es sobre la guerra! Es verdad que hizo su trabajo con las leyes de la dictadura. Es indiscutible: las mismas leyes que aplicaban los fiscales Mena y Villarejo. Las mismas que encuadraban los artículos de conmemoración y glosa franquistas del joven Manuel Vázquez Montalbán. Hay siglos que mejor no nacer. Samaranch hizo su trabajo con la dictadura de Franco y lo habría hecho con la dictadura soviética; y lo que es más hiriente para algunos: lo habría hecho con la democracia. Su terreno de juego fue el poder, con independencia de las líricas. Brilló. Hay otro asunto local vinculado con la modernización. Los Juegos Olímpicos que consiguió para Barcelona. Él escuchó y los dirigentes socialistas municipales, con aquel Pasqual Maragall a la cabeza, le escucharon. Uno de los pocos instantes ibéricos en que los zurcidos generacionales han funcionado. El resultado fue admirable: España volvió a ser tomada en serio. Hoy ha vuelto a vivir en la raja de la guerra civil.
Hará poco más de un año, una mañana muy limpia de invierno, subí andando hasta su despacho del pie del Tibidabo. De vez en cuando Jaume Boix o yo, o a veces los dos juntos, íbamos a verle sin mayor propósito. Eran unas conversaciones agradables, y tenían ese punto de franqueza rara que se establece entre los biógrafos y su materia cuando el trabajo, delicado y difícil, hace tiempo que se ha consumado. Dimos el tumbo habitual y se paró un buen rato en la recuperación de la memoria y otras mentiras de la actualidad. Movía la cabeza: «Una guerra civil no cura nunca. Mira los franceses y los alemanes: hace setenta años se mataban salvajemente. Y hoy trabajan juntos. Y míranos. Nosotros. Una guerra civil siempre vuelve.»
Una rareza española. El tipo de hombre con el que jamás se organizaría una guerra civil.




