26 de marzo

La lidia del dolor

 

foto.jpg  El científico Wagensberg se presentó hace unos días en el Parlamento de Cataluña con su maleta de charlista y sacó un arsenal de picas, banderillas y estoques. A cada adminículo que presentaba a la observaciónde sus señorías iba diciendo: “¿Esto no duele?” Me decepcionó mucho su actuación. Era el único científico en un apogeo de lírica. Wagensberg no puede ignorar que la conciencia es, quizá, el primer problema de la ciencia contemporánea. Y que la percepción del dolor, como la del color, forma parte del problema. No hay acuerdo científico sobre los límites de la conciencia. Gentes como el neurocientifico Ramachandran concluyen que los animales, incluso los grandes primates, no sienten el dolor. Otros creen que la conciencia del dolor es incluso patrimonio genético de las lombrices. No hay conclusiones ni siquiera provisionales sobre el llamado “problema difícil” de la biología. Cuando Wagensberg decía “¿Esto no duele?” sólo podía referirse, honradamente, al hombre y no al toro.

Más allá de las trampas retóricas, el dolor es la clave de todo el debate taurino. Y el más grave problema para los taurófilos. No porque la neurociencia no pueda dictaminar aún si el dolor es un estricto patrimonio humano; sino porque el dolor, clave del debate como he dicho, es también la clave de la fiesta. El rito de la tauromaquia gira en torno del valor del hombre y la bravura del toro. La bravura no es otra cosa que la capacidad del toro de sobreponerse al castigo; de volver una y otra vez al caballo aunque sepa que allí le espera la brutal embestida de la pica. La lidia del toro bravo no es más que la lidia del dolor. A qué iba a decirse “con más cojones que un toro” si no se tratara de invocar también el tamaño moral. Cómo podrían ser los toros un encadenado de metáforas sobre la vida sin los eslabones del dolor.

Si la neurociencia lograra demostrar algún día que el toro cabecea cuando le clavan las banderillas, urgido por un reflejo que nada tiene que ver con el dolor humano, la principal víctima del descubrimiento sería la Fiesta. Todo su entramado, incluso estético, se organiza en torno a la humanidad del toro. No en vano el primer acto de la lidia es ponerle al toro un nombre. Esa humanidad pasa inexorablemente por el sufrimiento. Se acepta que la inteligencia del toro sea limitada: ¡y se desecha el resabiao! Pero la sangre debe ser inequívoca. Al toreo lo matará la ciencia. Bien porque demuestre con precisión insoportable que el dolor del toro es el del hombre, bien porque sostenga que la bravura es un engaño más eficaz que la muleta

Mientras tanto, quizá podamos disfrutar de esta hora incierta.

Comments are closed.

-->