17 de marzo
El llamado Defensor del Menor ha dicho que espía a sus hijos. Su afirmación ha provocado tanta guerra que de inmediato ha tenido que acudir a mil subterfugios, entre los cuales el más gracioso es que los espiaba con su consentimiento. La puerilización social, que describía con noble exactitud Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia, ha llegado hasta tal punto que el que alguien admita que espía a sus hijos es una grave noticia. A ello contribuyen los fantasmales apocalipsis que se proyectan sobre internet, porque parece que el espionaje del Defensor se realizaba a través de las redes sociales. Aunque no sea éste el criterio de las personas poco ilustradas es fácil deducir que internet ha aumentado la seguridad de los niños. ¡Aunque sólo sea porque los mantiene en casa! Los niños están hoy mejor localizados y sus actividades dejan mayor rastro gracias, entre otras cosas, a internet. Obviamente el progreso no supone blindaje y el uso infantil de internet, como el de las plazas, casas, gimnasios, parques, cines, polideportivos e iglesias debe ser vigilado. Pero algunos se rebelan y alertan con pompa sobre la obligación de respetar la intimidad de los niños.
La irrupción social de los íntimos me causa una gran perplejidad. Sea ante los propósitos de google, de las cámaras callejeras o de los escáneres en los aeropuertos siempre hay un íntimo dispuesto a exigir campanudamente su hoja de parra. Tiendo a creer que tal reivindicación de la intimidad es el correlato de la importancia de llamarse Ernesto. También, desde luego, es un resultado de la puerilidad general: nuestros contemporáneos quieren vivir en comunidad y con seguridad, pero sin pagar ningún precio: sus berridos cíclicos sólo son una muestra de su frustración malcriada. Pero que la intimidad se haya adosado al niño (y a sus derechos) supera ya todas las expectativas. Respecto de sus padres, los niños no pueden tener intimidad. La intimidad es el resultado de un pacto entre iguales. Cuando un padre espía a su hijo no hay vulneración de la intimidad posible: los escritos, las conversaciones, la actividad social del niño se produce en una longitud de onda distinta de la que pauta la vida de sus padres. Sólo un niño puede violar la intimidad de otro niño; ellos sí se reconocen y se implican en los códigos, y pueden sacar turbio provecho del espionaje. Por el contrario, un padre espiando a su hijo es poco más que una cámara muda e impávida, pero no ciega, que da la alarma cuando se produce una circunstancia peligrosa.
Los hijos y los padres en su sano juicio saben cuándo no deben entrar en las habitaciones de los otros. No sólo cuándo sino por qué. Hay que respetar la intimidad, claro. Del que abre la puerta.


