13 de marzo
Esta semana tuve que salir de casa para ir, nada menos, que a Galicia. Una aventura. La razón es un poco liosa. Arranca cuando la diputada Rosa Díez califica al presidente del Gobierno de «gallego, en el sentido peyorativo de la palabra». Prosigue cuando en una de mis agradables conversaciones radiofónicas con Julia Otero niego la mayor; es decir, que la utilización habitual del gentilicio adjetivo gallego (sinónimo de ambigüedad y astucia prudente) sea peyorativa, a diferencia de lo que sucede, sin ir más lejos, con catalán; y es más, niego que ese elogio del presidente Zapatero sea justo antes de concluir que la reacción de los que se han ofendido por las palabras de Rosa Díez (gallegos o no) es una muestra de estupidez aldeana. Y culmina cuando de Galicia se levanta un viento de fronda, en cuyo corazón incesante soplan los dos celtas sin filtro (de alto contenido en alquitrán), Rivas con su laralira y Susote (el etimológico) con su honda, ráfaga terrible que me lleva en volandas a la televisión gallega donde no tengo más remedio que decirle al amable Carlos Luis Rodríguez que la reacción ha sido una muestra de estupidez aldeana.
Y de vuelta leo a Julio Camba, el mejor escritor de Villanueva de Arosa, porque para eso sirven los muertos. Para eso y para hacer artículos, lo comprobarás. ¡Qué bobada ésa de que el periodista deja de escribir artículos cuando muere!
«Encontrándome en América, yo me permití silbar el día del estreno una obra española, lo que me valió acres censuras por parte de algunos distinguidos coterráneos. En vano yo procuraba demostrarles que la obra era mala. Ellos sostenían que, representadas en el extranjero, todas las obras son buenas, aun las del propio señor Linares Rivas, y que al silbar aquélla me estaba conduciendo como un mal patriota. ¿Cómo convencerlos de que el mal patriota era el autor y de que el patriotismo consistía precisamente en silbarlo?»
«No creo que haya un idioma distinto del castellano. Lo que sí creo es que se podría inventar. Conozco lenguas medievales que se han fabricado en estos últimos treinta años, de acuerdo con todos los adelantos filológicos. Con una pequeña base se hace una lengua en menos tiempo del que se necesita para hacer un partido político.»
«La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de nación. (…) Y en efecto, ¿por qué no? Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid.»
«El regionalismo gallego es de una cursilería desesperante. Hay que ser gallego “a mucha honra”. Y para mí no es honra ninguna ser gallego, porque considero que también es gallego Cao y Durán. Galicia es un país encantador, pero tiene un inconveniente: el galleguismo. ¡Gallegos que viven de ser gallegos y que llevan tantos o cuantos años de gallegos militantes! ¡Un gran gallego! Es decir, un hombre que es más gallego que los otros… No lo comprendo.»
«Pero usted —suelen decirme por aquí— no es un verdadero amigo de Galicia. No. No soy amigo de ninguna región ni de ninguna provincia. Yo creo que se puede ser amigo de una muchacha, de un compañero —que ya es mucho decir— y hasta de un senador vitalicio. Pero las amistades con las provincias me parecen demasiado presuntuosas. Jamás he comido con ninguna.»
Podría llenar páginas. En realidad es lo mejor que podría hacer, ahora y siempre. Has de saber que la broma peyorativa ha llegado al Parlamento y que los tres partidos vigentes, comenzando por el Partido Popular y que conste, han firmado una resolución de condena contra don Julio Camba. No lo nombran; ni a él ni a Rosa Díez, pero no hace la menor falta. Échate a un lado:
«La utilización del gentilicio gallego como apodo peyorativo no sólo ofende a miles de gallegos y gallegas y a otras personas sensatas, sino que constituye un tópico inaceptable por lo que contiene de prejuicio xenófobo, inadmisible en el único marco de debate en el que se deben defender las ideas.
Este tipo de prejuicios xenófobos se sustentan en un pensamiento débil y en la falta de cultura, y entraña un peligro potencial para la convivencia de las personas y de los pueblos.
El Parlamento gallego hace un llamamiento a ahondar en los valores cívicos de la tolerancia y el respeto al otro, y a abandonar el lenguaje que puede fomentar estas conductas, sobre todo por parte de personas creadoras de opinión, entre las que nos encontramos los representantes políticos.»
Es obvio que hemos retrocedido, inmensamente. A ver quién en esta Galicia se atrevería al sarcasmo de escribir que el gallego es un castellano mal pronunciado. Las apreciaciones de Camba no son hijas de las convicciones de su tiempo. Es decir no hay que ponerlas pudorosamente en su contexto. Son palabras necesarias hoy, en este ambiente intelectual y políticamente envilecido. Por cierto: en este orden. Porque la sonrojante resolución del parlamento es el resultado de la aplicación intelectual en el establecimiento y fortificación de paradigmas irracionales. Para poner uno: esa consideración, tan jaleada, de que el bilingüismo es una riqueza. ¡Riqueza! El bilingüismo será una condición con la que una comunidad haya de lidiar. Un dato inexorable de lo real, como los treinta y cinco bajo cero de Finlandia. Es decir, algo que llevar con resignación y tratando de limitar sus efectos. La proliferación lingüística no es una riqueza ni un patrimonio de la Humanidad: es un inconveniente humano y un obstáculo del progreso. Las rivalidades entre Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo (sustancia de esta polémica tan poco gallega) y cualquier otra forma de caciquismo sentimental son, asimismo, una rémora de la socialización. No sucede en todas partes. El joven De la Torre escribía el otro día con su habitual inteligencia:
«El uso de adjetivos eficientes para describir políticos y estilos de hacer política es una práctica muy frecuente en los Estados Unidos. Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, por ejemplo, se ha puesto muy de moda la expresión Chicago-style, en un sentido absolutamente peyorativo (que ya existía desde hace décadas, claro): se refieren a un estilo corrupto, sin escrúpulos y personalmente agresivo. Cosas de la economía lingüística, supongo. Sería posible, claro, expresar lo mismo con otras palabras (aunque casi seguro que no con tan pocas), pero ¿hay algún motivo razonable para hacerlo? No tengo noticia de que nadie en Chicago se haya sentido nunca ni remotamente ofendido por la expresión.»
Lejos de combatir sus rémoras los españoles las idolatran. Es así como el cacique (y su chantaje emocional) se ha convertido en el principal sujeto político del Estado.
Sigue con salud
A.
(Links: Verónica Puertollano)




