20 de enero
El gobierno norteamericano ha entrado en Haití para quedarse. Al menos durante un
tiempo que no será corto. Ya controló desde las primeras horas el
aeropuerto y ahora decide sobre todo lo importante que sucede en el
país, con la anuencia del presidente Préval, cuyo semblante ante la
llegada de los militares es el del hombre que acaba de dar un gran
resoplido satisfecho. La actividad del gobierno de Estados Unidos ha
provocado la indignación francesa. No se comprende. El país más pobre
de América habla francés. ¡La lengua del tonton macoutte! Si Haití
empieza a hablar un creole anglófono el muy herido orgullo galo tendría
una humillación menos. Por lo demás la reacción francesa no tardará en
extenderse entre las masas europeas. Faltan horas para que acaben
acusando a Estados Unidos de utilizar la desgracia en beneficio propio.
Y pocos días para que aparezca un capellán o una monja diciendo que el
terremoto fue una conspiración. Estamos perfectamente preparados.
La
tragedia de Haití ha provocado un gran número de irritantes reacciones.
Destacan los asombrados. Estos que empiezan sus artículos diciendo que
un terremoto de la misma escala que destruye Haití provoca en Japón un
leve picor de manos en las geishas más sensibles. Es un asombro
ridículo. Haití es pobre, entre otras razones, porque allí se dan
catástrofes naturales con drástica perseverancia. Sólo hay que leer el
gran libro de Landes, La riqueza y la pobreza de las naciones,
que explica por cierto cómo no quedó vivo un blanco (un francés) en el
extremo occidental de La Española, cuando la Revolución extendió hasta
allí su mensaje. Haití es, además, un país discutible, que sólo lleva
medio siglo probándolo. Y por si fueran poco el clima y la juventud se
trata también de un lugar enfangado en la brujería. En tiempos de calma
todas estas características mueven a los relativistas a exclamar: “¡Es
su cultura, respetadla! ¡Dejad que Haití siga su camino” En la
tragedia, sin embargo, vuelven a reinar los valores absolutos: agua,
jabón y penicilina. El infame orden burgués.
Un asunto moral y políticamente muy interesante es si ese orden que gobierna el
aeropuerto de Puerto Príncipe debe prolongarse más allá del
enterramiento de los muertos y la reconstrución de los edificios. La
situación de Haití, en ese fondo real de las cosas, no es distinta de
la de Afganistán. ¿Por que los valores fuertes de la civilización sólo
deben intervenir en el fragor del incendio? Lo trascendental, en
relación a la intervención de los Estados Unidos, no es esta
beneficiencia urgente sobre el caos a la que se apuntan incluso sus
estrellas cinematográficas. Lo importante es si deben practicar o no,
cuando la tierra se cierre, una suerte de neocolonialismo. Y si deben
llevar, practicándolo, la cabeza bien alta.




