Desdichado patrimonio de la Humanidad

El paisaje lingüístico español de estos últimos veinte años no es sólo el resultado de la presión nacionalista. Es evidente que el nacionalismo ha adoptado la lengua como el principal signo de identidad, después de que el errehache y otros estertores hayan desaparecido de la escena de la corrección política. Respecto a la sangre, la circunferencia craneal o el color de la piel la lengua tiene, aparentemente, una ventaja integradora: permite que cualquier sujeto pueda adherirse a esa identidad. Aunque, como digo, la ventaja sólo es aparente. Cualquiera de los que identifican la lengua con la identidad suponen que implanta en el hombre una determinada cosmovisión, a la manera herderiana. Así, las lenguas catalana, española o vasca aportarían (en sí, con indiferencia de la cultura que transportasen) una determinada manera de entender el mundo. Pero en este punto es obvio que el nacionalista no procede por adición sino por sustracción: lo importante no es la cosmovisión que se aporta, sino la cosmovisión que se aísla del contagio. Lo que de verdad interesa a un nacionalista catalán o vasco consecuentes es que los niños no aprendan el castellano: es decir que no interioricen la cosmovisión incompatible. El argumento sustancial de todo nacionalismo franco es que no se puede ser a la vez uno y su contrario, es decir, catalán y español o vasco y español.

Toda esta suerte de memeces y las que podrían añadirse al espeso cortinaje con que el nacionalismo pretende enmascarar su origen moralmente infamante e intelectualmente picapiedra no podrían organizarse de no haberse dado una condición previa: el prestigio intelectual de la diversidad lingüística. Los nacionalismos españoles actúan en un paraje contaminado por la creencia, refrendada diariamente por instituciones, pensadores, políticos y periódicos, de que las lenguas son patrimonio de la Humanidad, y un patrimonio amenazado a cuya preservación es lícito dedicar multitud de recursos. Como es lógico nadie ha aclarado todavía en qué sentido las lenguas son un patrimonio. Lo serían, sin duda, si se cumplieran las premisas del idealismo romántico y a cada lengua le correspondiera una forma de pensar y, en consecuencia, surgiera de ellas una cosmovisión particular. Pero nada, ni tampoco las modernas neurociencias asociadas a la investigación lingüística, han podido demostrar esas relaciones. Así pues la única justificación de la consideración patrimonial de las lenguas está en la diversidad de las combinaciones y reglas fonéticas y gramaticales que distinguen a una lengua de otra. Un rasgo bastante llamativo, que emparenta también con otro falso prestigio: el de la diversidad tout court. El mecanismo de la diversidad lingüística encanta, sobre todo, a los lingüistas. Y se comprende. Como a los virólogos les hechiza la diversidad de los virus. Pero qué duda cabe que el precio a pagar por el abigarrado mecanismo es sumamente alto en uno y otro caso.

A la hora de la diseminación del conocimiento y de la igualdad pocos obstáculos tan formidables y obstinados habrá encontrado la aventura humana como la proliferación de lenguas. Una herencia, desgraciada e inservible, de la larga niebla de la Humanidad. Y de la que hoy viven algunos como vive el mutilado de sus muñones.

(Publicado en el especial Y El Mundo cambió. 20 aniversario)

 

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