27 de septiembre

Nadie me esperó nunca con mayor felicidad que Boadella aquellos días en que llegaba a la casona de Pruït cargado con pasteles de Sacha. Escribíamos coralmente la historia de Joglars y veníamos para quedarnos un par o tres de días. Nada más cruzar la puerta Boadella se apoderaba de las cajas, examinaba lo que llevaban y planeaba largamente cómo iba a distribuirlas: por desgracia era inevitable que los miembros de la compañía accedieran a algunas migajas. Entre sus favoritos estaba una tarta de pera, con pasta brisa y confitura de frambuesa, un pastel de invierno que en el jardín inglés del Collsacabra cogía una textura infalible, crujiente y melosa. Boadella daba cuenta de él con voracidad e ilusión infantiles, rasgo de carácter que he visto a menudo en los hombres fiables. Por la casa solía haber un muscat de Frontignan que hacía su papel. Como todos se iban levantando camino de sus obligaciones acabábamos la sobremesa solos en el salón que daba a los cedros. Él encendía un purito ligero como el muscat y se ponía a pensar en lo que había quedado para la noche, algo de chocolate probablemente. La conversación se cogía a la vida como un punto de media. Luego se declaraba una siesta corta y profunda.

El anochecer se ponía especialmente agradable cuando coincidía el viento en los árboles con la crónica de alguna andanza juglaresca. Se oía la voz de cualquiera y un teclado que iba puntuando la memoria; una luz de cobre iluminaba las caras animadísimas de los actores. Asunto recurrente en aquellos días del Collsacabra era que la mejor obra de Boadella había sido su vida.

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Llamó esta mañana. Voy del jardín a la estación, dijo. Absolutamente nada más, dijo también. Fíjate que hace unos días tuvimos que ir a Olot, a tomarle las medidas de la próxima obra en un viejo teatro. Estaba agobiado y a media tarde, apovechando la pausa, salí a dar una vuelta. A los pocos pasos tuve que volverme por los insultos y la mala cara general que ponía el pueblo.

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