20 de septiembre
Helados. Hacían en Sacha uno inolvidable, de trufa blanca. Han dejado de hacerlo, porque todos los grandes son caprichosos. Era del tipo cremoso, con leche, nata y yemas escaldadas. Servía para despedir el verano, aun los más calamitosos, y encarar la rueda del tiempo. Su momento exacto lo describía hace muchos años, muy finamente, Joan Barril: “Cuando pones el pie descalzo sobre el suelo y ya está frío.” Yo tenía otra vara de medir, de cuando usaba pijama (ahora sólo uso unas gotas de aceite de don Nicolás Gómez de Marín) y estrenaba la temporada del pantalón largo. Si el momento coincidía con un cansancio gripal episódico y leve, la satisfacción era completa. Pero no voy a perder el tiempo. Sírvase el helado del retorno con este Pla y quede la cuestión zanjada:
Quan l’estiu es romp i la minva la seva aparatosa i teatral fantasmagoria, les ciutats, les grans ciutats, agafen un moment de gran qualitat, passen per un instant de transfiguració, arriben a tenir una forma de bellesa. Les grans ciutats han d’ésser brillants, luxoses, fascinadores. Si no ho són, és una mica difícil de comprendre el seu sentit. Tenen tantes dificultats, moments tan incòmodes, dureses tan recalcitrants, que el menys que es pot demanar és que ofereixin una certa contrapartida. Així ho veiem, almenys, els qui vivim a fora. Els ciutadans ho veuen menys.
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