30 de agosto
España es un pintoresco lugar donde los camareros pueden servir alimentos venenosos, llevar las uñas sucias y hablar al cliente desde lejos. No ocurre nada, siempre y cuando el camarero sea simpático. La simpatía como modo oblicuo de la humillación. La ibérica coraza de la incompetencia. En Sacha hay personas más o menos simpáticas. Pero por fortuna rige un principio general de competencia. La simpatía, como la promiscuidad, ocupa mucho tiempo y gran parte del cerebro. E impide llevar una vida acertada en el orden moral e intelectual. Me refiero, desde luego, a la simpatía como fabricación y no como segregación naturalísima de la acción competente. Yo entro en Sacha y los croissants, la pasta filo, los éclairs, los bretzels, el pastel de pera y hasta el Palmier me demuestran gran simpatía. Una cordialidad flagrante. Una simpatía profunda y obstinada que persiste más allá del último bocado. Luego están los episodios de la vida y el ser social que, naturalmente, no tienen la más mínima importancia.




