12 de julio

kio.png   Ahora voy a dar la traducción al castellano, en rigurosa primicia, del mejor artículo sobre el pasteleo que se ha escrito jamás en España, obra de Josep Carner.

«Cualquiera diría que nuestro ideal culinario son las papillas. Una mayoría formidable de nuestra gente es incapaz de comerse un trozo de pan tostado y untado de mantequilla y beber después un trago de café con leche. Han de mojar el pan en el café con leche. Su ideal es que los alimentos tengan, al ser ingeridos, una esponjosa consistencia de sopas. Quizá les lleva a eso una decadencia dental. Quizá es la virtud del sorbeteo, también muy en boga. El que se acostumbra a mojar ya no para. He conocido gente que mojaba pan en la sopa y gente que mojaba melindros en la limonada. Naturalmente que no son tantos como los que mojan migas en los zumos, y trozos de melocotón en vino bueno; pero siempre es notable el número de operaciones de este tipo en la historia nutritiva de un catalán. Este deleite del comer mojado, o de la bebida con pulpas intercaladas, indica, ciertamente, una vida social primitiva. La distinción de los géneros siempre ha sido considerada un progreso. Comer es comer y beber es beber. Es razonable alternar las dos cosas, es torpe hacer una sola operación híbrida. El mojar, con su preocupación de un determinado grado de ablandamiento, con la eventual ruptura de la materia sumergida, con el goteo de la ascensión de la pulpa demasiado opulenta, con la fatal inundación al llegar a puerto de una parte exterior de la boca, es una mecánica tan fácilmente reveladora de nuestra barbarie nativa, que una vez un querido amigo mío llegó a enamorarse, y con razón, de la dama que en aquel tiempo era la más bella de Barcelona, sólo por la manera alada, espiritual, que tenía aquella radiante criatura de mojar la punta de los espárragos como si no la mojara, y de comérsela como si no la descabezara. Porque el gesto normal del que moja es el de preparar la boca en forma de O y tirar la cabeza un poco hacia atrás para recibir la masa amorfa, la cual es triunfalmente elevada a la altura de la nariz, y no siempre absorbida sin una ansiosa sonoridad.

Pero, aún, el ideal de mojar parece más tolerable que el ideal de «mojar». Es innegable que hay un cierto vínculo entre los dos. El amor de las cosas blandas, la manía de chupar, el entusiasmo por un barquillo que se deshace en la mojadura o un pellizco de pan todo untado de semillas de tomate, reflejan un cierto estado de gresca familiar, aflojamiento benigno de la energía, de aldeanismo desabrochado y triunfal. No es este estado de espíritu para las grandes iniciativas. Nadie puede imaginarse a Napoleón remojando melindritos en el chocolate. Sin la voluntad decidida y el espíritu de dominio del hombre que no está para monsergas y come un bistec, no llevaréis sino una vida modesta y parasitaria. La mayoría de bancos de un país mojador son extranjeros. Empresas urbanas o nacionales de rédito seguro son extranjeras. Las grandes sociedades anónimas no existen, se puede decir. La gente sirga para asegurarse el cocido, pero el cocido es individualista. Hay norias en vez de canales y en vez de obreros con automóvil, como en los Estados Unidos, se ven señores con tartana.

La gente sirga, o no sirga. Para todo aquel que no posee una disciplina interior de alguna fuerza, es grande la tentación de sustituir la puesta en marcha de una tiendecita o una fábrica de calcetines fundada con un capital de cinco mil duros, por el acercamiento a la ganga, por el «mojar». Para «mojar» no hace falta ser especialmente apto en ninguna especialidad. Pero todos sabemos que todo catedrático, en realidad, vive del libro de texto, y todo funcionario de su vista gorda, y todo periodista, del Gobierno civil. Los que mojan son condescendientes con los que «mojan». Un hombre que moja es comprensivo, y sobre todo sabe que en este mundo nadie puede ser un héroe.

Yo, personalmente, prefiero el apache al hombre que «moja». Prefiero los embates de la anarquía de acción a la anarquía mansueta e indefinida. Y me parece, en este punto preciso, abyecta la ciudad donde la buena gente, mientras moja un trozo de alguna cosa en una taza, lee los semanarios humorísticos y se ríe de sus incisivos hallazgos, obtenidos casi exclusivamente a base de los concejales del partido contrario que «mojan».

El artículo demuestra por qué Sacha es una pastelería, pero sobre todo una regeneración. El ambiente moral descrito por Carner en 1923, perfectamente vigente, tiene una base técnica. Mojar el bollo en los establecimientos ciudadanos era y es, salvo en Sacha, la única manera de hacerlo comestible.

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