28 de junio
Entro temprano en la pastelería, fresca, ordenada, aún con poca gente y reparo en las máquinas. Una hace una horchata extraordinaria. La otra un café clooney, con almibarados reflejos. Las máquinas, aunque eficaces, me entristecen. Coxis respecto al rabo; algo inexorablemente manqué. Hasta finales de los cincuenta Sacha dispuso de un salón de té excepcional. Tan excepcional que acabó en la ruina y hubo de cerrarse para que no acabara con la propia pastelería. Desde entonces se arrastra la melancolía. A finales de los ochenta abrieron una cafetería en la nueva Diagonal, Pedralbes Center, o algún barbarismo así. Eficaz, funcional, un gran negocio. Los croissants se acaban de cocer allí mismo. Todo es Sacha. Sin embargo la melancolía no ha desaparecido. Hace años Pepo Mumbrú exploró un local. En Vallmajor, adyacente. No se atrevió. Proclama la teoría de que las viejecitas se acomodarían por horas con un café con leche. Las viejecitas han cerrado los cafés de Barcelona. Avaras, povertas, catalanas. Las viejecitas de Madrid en cambio no han cerrado Embassy; ni las austríacas der Demel; ni las de París el salón de Jean-Paul Hévin; ni las viejecitas húngaras han cerrado una sola de las inolvidables cukrászdak de Budaspest.
Veo a los clientes apostados de pie junto a las máquinas, con su éclair entre los dedos, su hojaldre con jamón y huevo hilado, su bombón, exiliados de un lugar que nunca conocieron. Algunos pasan, incluso, mucho rato, esperando las bandejas de croissants que han sido anunciadas: recorren de abajo arriba la pastelería, salen al exterior, dan una vuelta a la manzana como perros drogados. Quisieran sentarse, y esperar hundidos entre almohadones cada una de las tres colaciones, porque qué otra cosa es el mundo. Pero las viejas.




