27 de junio

Conócete a ti mismo (I)

Querido J:

Cuando cumplí 52 años me regalaron el kit de la escupidera, aunque en español queda mucho mejor decir spittoon. No pregunté los motivos, pero quiero pensar que estarían relacionados con mi curiosidad y mi vivo aprecio por lo nuevo. Dejé que el kit reposara, se acomodara a la casa y a la noche siguiente empecé a salivar. Me sentí tan satisfecho como cuando apago de un soplo huracanado las velas del pastel de cumpleaños u otras performances: lo cierto es que sin pastillas ni masajeos deposité en el tubo algo más de la cantidad de saliva que se me pedía. Taponé, cerré herméticamente, embalé y lo envié a Mountain View, que es adonde hay que enviar las cosas en nuestra época. Al cabo de unos pocos días me llegó un correo que certificaba la perfecta recepción de la muestra y anunciaba el resultado de los análisis para cuatro o seis semanas.

Han tardado 16 días, y es una evidencia, amigo mío, que aún no estaba preparado.

El kit de saliva había sido enviado a California, a la sede de la empresa 23andMe. El numero, 23, por el número de pares de cromosomas humanos, y el pronombre, Me, por mí, por ti, por aquél, aquí no se salva ni Dios, lo asesinaron. Con la saliva viajaron cientos de miles de puntos de mi adn que los científicos californianos habían medido. Entre los resultados que me enviaban estaría mi haplogrupo, es decir la mutación concreta de las muchas en que se subdvidieron los Adn de la Eva mitocondrial y del Adán cromosómico. Es decir, una elegante cuestión de linaje. Sin embargo, también estarían subrayadas algunas hipotéticas propensiones. La propensión al amargo, que, francamente y dado mi oficio, no creo que fuera a afectarme, o a la lactosa, que no creo tampoco. Y otras propensiones algo menos divertidas: a la degeneración macular, al cáncer de próstata o a la diabetes.

La determinación de tales propensiones se basa en la asociación que los científicos han encontrado entre determinados genes y el desarrollo de las enfermedades concretas. Pero como precisa la literatura previa del kit disponible la propensión no alcanza, ni de lejos, la predicción. Te resumo más o menos con mis palabras la literatura médica. En primer lugar, la información genética es únicamente un factor que influye en el desarrollo de una enfermedad; otros factores son las condiciones ambientales y el modo como el perfil genético responde a esas condiciones. En segundo lugar, podemos saber que un gen está relacionado con una enfermedad; pero no sabemos si otro segundo gen y hasta un tercero y un cuarto no identificados también lo están.

Me había gustado el tono de la literatura previa de 23andMe. Frases como éstas, precisas, secas y ambiciosas… e inexorablemente seductoras: «Puede que obtenga una información sobre sí mismo que no espera. Dicha información puede despertar en usted emociones intensas y potencialmente podría alterar su vida y su manera de concebir el mundo. Puede descubrir cosas sobre sí mismo que le preocupen y que no pueda controlar o cambiar (por ejemplo, que su padre no sea su padre biológico, hechos sorprendentes relativos a su ascendencia o que alguien con su genotipo tenga una posibilidad superior a la media de desarrollar una determinada afección o enfermedad).»

Así pues, comprenderás que entre tales prólogos y la anticipación del plazo me acercara con mucha aprensión al documento que me había enviado 23andMe. De hecho lo dejé varios días en el buzón, confiando en que las noticias mejorasen por maceración. Pero la otra noche fui a por él. Empecé por lo seguro. Mi haplogrupo materno es el H. Linaje antiguo: la mutación tiene más de 40.000 años y se extiende por Europa, el Cercano Oriente y Asia Central. Entre sus poblaciones fuertes estan los vascos y los escandinavos. Según la prosa de 23andMe, que traduzco creativamente, mamá se deslizó hará unos 35.000 años desde Oriente, donde las condiciones climáticas favorables le permitieron prosperar. 10.000 años más tarde un grupo se extendió hacia la Costa Atlántica y otro (iba ella, estoy seguro) alcanzó las montañas doradas de Altai, lejanas de cualquier lugar. De ahí pasó, como es natural, a María Antonieta, H áurea, e inmediatamente a mí.

Respecto a mi padre me tomé algo más de tiempo. Supongo que la advertencia de los californianos respecto a la posibilidad de la Gran Mutación sólo puede darse en dos condiciones: o con la posibilidad de comparar los genomas de padre e hijo o bien, aunque sin seguridad absoluta, ante la posibilidad de que el hijo de un presunto hombre europeo descubra que su genoma es plenamente asiático. Mi haplo paterno es algo más festoneado: R1b1b2a1a2. Mutación joven: 17.000 años. Estrictamente limitado a Europa, y con vascos, franceses, británicos e irlandeses entre sus poblaciones. La historia de papá es más confusa, pero parece que anduvo pintando entre Altamira y Lascaux.

Todas estas agradables divagaciones, que incluían visitas guiadas a las redes sociales H o R1b, no habían hecho desaparecer, naturalmente, las pestañas de la izquierda. Arriba figuraba Clinical Reports y algo más abajo Research Reports. Informes Clínicos e Informes de Investigación. Los primeros afectan a 30 enfermedades o rasgos sobre los que existe evidencia científica de su relación con la presencia de determinados genes. Los segundos incluyen 86, con una evidencia menos drástica entre gen y enfermedad. Bien, adelante.

Pero antes me entretuve con Pinker. En el Times de enero escribió un artículo espléndido: «Mi genoma, mi yo». Es muy útil para las malas noticias, aunque sólo sea porque un gen le daba el 80% de posibilidades de ser calvo, y ya sabes la arrogante cascada de rizos grises que tiene nuestro gran psicólogo. Un par de párrafos. La primera sobre la aprensión: «Todos nosotros vivimos ya sabiendo que tenemos la enfermedad genética fatal llamada mortalidad, y la mayoría de nosotros le hace frente empleando una cierta combinación de negación, resignación y religión.» La segunda sobre el escepticismo reaccionario: «Las personas que han crecido con la democratización de la información no tolerarán regulaciones paternalistas que les dejan al margen de sus propios genomas, y los pioneros investigarán cuál es la mejor manera de emplear esta nueva información para gestionar nuestra salud. Existen riesgos de malentendidos, pero también hay riesgos en el fraude que toleramos de la medicina alternativa, y en las corazonadas y el folklore que muchos médicos prefieren a la medicina basada en la evidencia.»

En fin. Después de copiártelos iba pinchar sobre el Clinical Report. Pero la hora se me había echado encima y debía escribirte.

Sigue con salud
A.

Comments are closed.

-->