20 de junio
Se hacía llamar Nigthjack, una combinación inglesa irresistible, y anotaba desde febrero del año pasado en su blog. Era un policía. Sus textos describían su trabajo cotidiano con una gran viveza polémica. Era un escritor. Escribía sobre los casos que investigaba aunque ocultando detalles que pudieran hacerlos identificables. Los episodios eran la vida misma vista en la planta de urgencias. Una joven ha abandonado su hogar y ahora la persiguen los gorilas que ha contratado el padre. Una niña de 14 años, Melissa, se ha emborrachado y ha sido violada en la habitación de un hotel: «El violador tenía nombre asiático y hepatitis y la agredió en un hotel junto al mar»: el escritor sabía que lo importante son siempre los detalles y no los ahorraba. La descripción de los hechos se mezclaba con sus propias opiniones. A veces eran opiniones muy críticas sobre el trabajo policial o sobre la política aplicada en los barrios lúgubres. En un año el blog llegó a hacerse con medio millón de visitas semanales. Cualquiera se preguntaba quién era Nigthjack. Mucho más desde el pasado abril cuando recibió el Premio Orwell, que es el más prestigioso premio de periodismo y de escritura política que se concede en Gran Bretaña. Un premio que desde lo alto de su lema distingue la claridad y la honradez en el lenguaje público.
Obviamente, ya habrás deducido que Nigthjack escribía desde el anonimato. Difícilmente podría haberlo hecho de otro modo, dada la naturaleza de sus relatos y el hecho evidente de que participaba en ellos. Evidente y peliagudo: es fama que el escritor de diarios encauza de un modo determinado su vida porque sabe que habrá de contarla, y eso es más problema cuando alguien lleva una vida de policía. Un periodista de Times, Patrick Foster, activo lector del blog, se fijó en el anonimato. No sólo eso: se propuso desvelar a la ciudad de Londres quién era Nigthjack. Este es un gran momento. Puedes preguntarte. Sí, es legítimo. Why?
Nadie mejor que el propio Foster: «Investigué quién era para poder juzgar su autoridad sobre los hechos que narraba.» Al periodista le parecía que algunas de las cosas que contaba Nigthjack eran peligrosas para el bien común y la confianza del público en la policía. Por ejemplo, citaba: «Si la policía llega a cogerte, no digas nada”. “Eres una persona decente y podrías pensar que razonar con la policía podría ayudar. Mal”. No es el tipo de consejo que se podría esperar de un policía. “Todo lo que hagas por intentar explicarte te hundirá aún más. Lo llamamos declaración significativa, y nos encantan.” Otras perlas de sabiduría incluían: “Nunca le expliques a la policía… “, “Quéjate de todos los agentes y de todo lo que hacen… [y] no muestres respeto por el sistema legal ni por cualquiera que trabaje en él.»
En efecto estas cuestiones son enormemente delicadas. En boca de un policía suenan muy extrañas y es lógico que llamaran la atención de Foster. Ahora bien: Foster iba en busca del argumento de autoridad y la autoridad, por sí misma, no prueba nada. Nigthjack podía ser efectivamente quien era y el que Foster descubrió: Richard Horton, policía de Lancashire; pero Horton podía exagerar o mentir. La verdad no entiende de agamenones. Foster podría haber optado por el chequeo de los hechos narrados; pero eligió el chequeo del hombre. Esto nos lleva al centro del problema que simboliza esta historia singular. Un problema crucial en las nuevas formas de escritura de los hechos y en su relación con el periodismo.
¿Aparte de Horton, quién era en realidad Nigthjack, arquetípicamente considerado? Una fuente periodística. Garganta profunda. Una de las fuentes de las que un Foster cualquiera podría haber dispuesto. Imagínate el paisaje hace diez años. Un horton desvelándole a un foster cómo es su trabajo. Las necias rutinas. Los errores. Los abusos. Los sucios momentos ilegales. Y el foster cuidando entre pañales a su horton; halagándole, mimándole, correspondiéndole. Y sobre todo, por encima de todo, preservándole. Es decir, garantizándole escrupulosa y sofisticadamente el anonimato cada vez que una de esas historias sobre chicas violadas con todos los detalles apareciera en The Times firmada por Patrick Foster.
Diez años después las cosas son muy distintas. Ahora las fuentes pueden elegir entre su foster o su blog. En el caso de Horton la elección no era dudosa. Cualquiera se preguntaría si su carrera policial no ha sido en realidad la de un escritor en busca de argumentos. Pero no hace falta llegar a tales extremos estéticos. Puede que muchas fuentes elijan el blog por la misma razón que los políticos prefieren las entrevistas televisadas a las entrevistas de los periódicos. La certeza de comunicar con exactitud lo que se quiere comunicar. Sin mediaciones. Que es tanto como decir sin periodismo. Cuando Patrick Foster marcha en busca de Richard Horton emprende un viaje hacia el pasado. El resultado es sólo vistoso. Ha logrado demostrar que el policía Richard Horton es Nigthjack, pero eso no deja de ser periodismo rosa, puro humo de pajas. A un viejo foster le habría bastado con saber (y con decir) que Nigthjack era de veras un policía y que lo que contaba era cierto de la cruz a la raya. Por eso suenan tan limitadas estas justificaciones de Daniel Finkelstein, el jefe de opinión de Times: «Cuando un funcionario decide revelar confidencias sobre sus colegas y detalles de su trabajo, especialmente en la policía, su identidad se convierte en legítima materia de interés. Y otros periodistas pueden, razonablemente, investigar.» Se aprecia cómo el dedo señala a la luna.
Es muy significativo que Richard Horton y Patrick Foster no pudieran llegar a un acuerdo para que la identidad del policía quedara preservada al tiempo que se preservaba el derecho del mediador al fact-checking. Es muy significativo que hubiera de intervenir el juez para autorizar la publicación del nombre. Veo en el desenlace algo más que lo puramente personal entre Horton y Foster, relación que por otra parte desconozco por completo. Hay en la imposibilidad del pacto una prueba de fuerza entre blogs y periódicos que sólo puede saldarse con victorias pírricas. Porque lo cierto es que hasta el Premio Orwell había un blog de interés y una fuente de información que el periodismo podía seguir y chequear.
Y ahora sólo hay un periodista muy ufano de haber escrito esta frase ciega y mecánica: «The authors have deleted this blog. The content is no longer available.»
Sigue con salud
A.


