17 de mayo
Entre los panes de Sacha hay uno muy popular que llaman marmitako, especie de mini baguette. Si no hay mucha humedad y se come recién hecho es un pan apreciable y útil para el catering. Pero yo me como sobre todo su nombre. Se lo pusieron hace más de una década en honor a un restaurante Marmitako que se instaló al lado de la pastelería, y que era propiedad de un vasco llamado Aitor. Se comía de maravilla y no fue bien. Cualquier optimista hubiese puesto aquí una adversativa. Pero no: se come de maravilla y va bien o mal. El mundo es muy copulativo. En el restaurante servía Margarita, muy alta y vasca, y cuando las cosas no se pudieron aguantar se marchó y abrió cerca, en la calle de San Elías, un llamado Baztán. Allí aún se comía mejor. Antes de que fuera definitivamente mal acudí muchas veces allí. Solía invitarme Manuel Ortínez, y era de agradecer porque era un restaurante carísimo y el único lugar de Barcelona donde podía comerse (aunque por encargo) un pilpil. Sobre los manteles amplios, blancos y planchados, destacaban los marmitakos como mendrugos de Zurbarán. Todo era tan puro y tan blanco que debo acordarme de una anécdota por puro contraste. En la mesa de atrás, un mediodía, hablaba un hombre.
–… y así mismo, tú, La mierda. Un artículo titulado La mierda, con todas las letras…
Me hizo mucha ilusión escucharlo porque el artículo lo había escrito y titulado yo, y era uno de aquellos días en que, como decía el columnista Trallero, toda la ciudad hablaba de nosotros.
Al crujir el marmitako oigo, gracias al habitual mecanismo, la voz cariñosa y pícara de Ortínez, al otro lado del teléfono, de buena mañana:
–Arcadi, què… anem a les basques?
Para el gran hombre, un personaje de thriller planiano, el Baztán siempre fue Las Vascas. A la alta Margarita se le había añadido una compañera seca y fiel, y bastante más baja, y las dos componían una pareja quijotesca e inolvidable. Allí se produjeron las sustanciales confesiones de mi amigo Ortínez. En especial aquella que acudía a la conversación como un ritornello, y que daba cuenta de su generación respecto a la muerte de Franco.
–Nos sobraron diez años, amigo mío. Si todo nos hubiera pillado con diez años menos habríamos sido los reyes del mambo.
Mi amigo lleva años muerto, pero su diagnóstico acude a menudo, muy amenazador. La hipótesis de que siempre y en toda circunstancia sobren diez años.




