9 de mayo
Querido J:
No estoy seguro que determinados libros se vean favorecidos por las circunstancias, a veces agobiantes, de los aniversarios. En especial cuando se trata de celebraciones tan voluminosas como esta de los doscientos años del nacimiento de Darwin. En fin: espero que esté captada tu benevolencia porque voy a hablarte de un libro de Darwin, concretamente de la edición de la Autobiografía, que acaba de publicar la repelente editorial Laetoli, siempre dispuesta a ahuyentar la superstición. El libro es una joyita de poco más de cien páginas donde está concentrado homeopáticamente (¡y que en Laetoli me perdonen!) el autor y su obra. Parece que Darwin fue un hombre sobrio y humilde y dotado de cierto sentido del humor. Estas condiciones suelen hacer muy agradables los relatos biográficos; pero en el caso del humor este libro concreto aporta una plusvalía sumamente interesante.
Te la explicaré a partir de los datos que suministra el prologuista Martí Domínguez. Nuestro científico, que vivió entre 1809 y 1882, escribió sus recuerdos entre mayo y agosto de 1876: «La mayoría de las tardes durante casi una hora», como anota al final del manuscrito con minuciosidad casi perversa. Cinco años después de su muerte (1887) sus herederos deciden editarlos; pero la mujer, Emma Wedgwood, y el hijo Francis realizan una serie de correcciones al manuscrito. Pasarán casi setenta años hasta que una nieta, Nora Barlow, dé a la imprenta la versión íntegra y sea del dominio público la detallada evidencia de la censura. El paso del tiempo subsana cualquier iniquidad. Y la censura familiar sobre el texto de Darwin concita sobre todo la sonrisa. Excepto, quizá, en lo que afecta a los comentarios religiosos; como en esa materia el tiempo es eternidad congelada la intromisión de la familia sobre la última voluntad del sabio irrita más que divierte.
Los editores de esta versión completa de la Autobiografía han tenido la buena idea de destacar en negrita los párrafos que no pasaron la aduana del hijo y de la madre. Los párrafos explican cosas de interés sobre Darwin. Pero sobre todo explican la idea de posteridad que tienen muchos herederos. Esa censura no es más que una foto retocada. El buen lado de la cara que se ofrece a los siglos. En los herederos del científico se reconocen los muchísimos herederos que confunden la gloria con la pose. De todos modos hay que agradecer a los Darwin que, aun velando la memoria de su antecesor, no la destruyeran. Hoy está restituida. Sabemos así que el niño Darwin robaba manzanas; que su padre era masón y su abuelo sangrador y «dotado» de poderes sobrenaturales; que sus hermanas sólo le aportaron cariño; que el capitán del Beagle era intratable; que Sir Herschel era el tipo de hombre que sabía que los demás sabían que llevaba las manos sucias, que un Banagge se me parecía mucho, muchísimo: sólo había algo que odiaba más que la piedad y era el patriotismo; que Darwin el viejo era como todos los viejos: había perdido la capacidad de vincularse a nadie con afecto profundo y que frente a la virulencia que le demostró Samuel Butler (al que por cierto acaba de traducir el gran Cristóbal Serra) sólo podía argumentarse lo de Goethe: toda ballena tiene sus piojos.
Y naturalmente sabemos lo que Darwin pensaba sobre la religión. Algo terminante, verás. En cuanto al Viejo Testamento, que exhibe una doctrina propia de bárbaros; en cuanto al Nuevo que su perfección sólo depende metáforas y alegorías. Pero en este libro hay algo profundamente original sobre la religión y de una implacable agudeza. Lee este párrafo censurado: «No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes». La identificación metafórica entre Dios y la serpiente es radical, pero no deberíamos dejar que nos deslumbrase. Porque, aun confusamente, en el fondo de este párrafo está insinuado el carácter biológico de la creencia, es decir la dependencia genética del hecho religioso. El gen de Dios. En cualquier caso lo importante no es el gen, sino la profunda desactivación de la creencia que se produce a partir del análisis pormenorizado de esta frase de Darwin. Porque, en efecto, no es irrelevante que la fe tenga un sustrato biológico. No es irrelevante para el sujeto, desde luego; pero sobre todo para la fe en sí. Quizá lo veas bien si utilizo la analogía del Mal. Estoy legitimado: ¡al fin y al cabo Darwin analogiza serpiente y religión! La demostración de que determinadas psicopatías tienen un origen biológico relativiza el Mal. Tanto lo relativiza que puede que pierda sentido seguir hablando del Mal en los términos convencionales. Un Mal desgajado de la Voluntad es un asunto poco manejable en términos morales y, desde luego, jurídicos. Y lo mismo sucede a mi juicio con la fe: la fe como el resultado de un proceso adaptativo, la fe como mecanismo heredado que habría permitido a los hombres llegar a serlo es algo radicalmente al margen de la doxa religiosa. Tan radicalmente que puede producir ateos en masa. Yo comparo la hipótesis del gen de Dios con un animalito lingüístico (y moral) que me gusta mucho. El eufemismo, ya sabes. El eufemismo actúa, y es eficaz mientras no se descubre como tal. Pero cuando en el fondo de «efectos colaterales» uno ve «matanza de civiles» convierte el eufemismo (su pensamiento atenuado) en algo inútil. De modo similar, cuando se descubre que la fe aparece impuesta por prosaicos circuitos biológicos deja de ser un don e, incluso, la forma más sofisticada y última de la razón.
En cualquier caso este libro y sus negritas confirman el decir de Daniel Dennett. La de Darwin es la idea más peligrosa de la Humanidad. No es probable que la Humanidad la haya asimilado. Una de las grandes virtudes de este libro pequeño, denso e imprescindible es confrontar la altura y profundidad inmensa de esa idea con el relato de una vida sobria y hasta tal punto humana que jamás elude ser banal. Uno va leyéndolo, prendido a la exquista amenidad anglosajona, y adquiere rápido la turbadora convicción de que la gran idea (el origen de las especies y el origen de Dios) surgió de un hombre.
Sigue con salud
A.
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Correspondencias / Enrique Bertrand
Estimado Arcadi:
Tu contribución de hoy al año Darwin, como siempre, espléndida. Y provocadora, porque nos movemos en las arenas movedizas de nuestros orígenes como especie.
No tengo un particular entusiasmo por la Paleontología moderna. Sobre cuando se pone a dar esos saltos en el vacío capaces de construir un daguerrotipo de la vida familiar de los cromañones a partir de una esquirla de premolar. Veo que es una disciplina muy imaginativa y ensoñadora y a mí, la verdad, me cuesta ya mucho salir de los límites del q.e.d.
Pero en los últimos años me han fascinado mucho las reflexiones de Arsuaga sobre la potencia de “lo simbólico” como mecanismo de supervivencia. Nos dice que los neandertales se extinguieron no por su inferioridad lingüística o tecnológica sino por sus severas limitaciones en el plano de lo ilusorio. Lo dejaron todo a los genes y así les fue: no quedó ni uno.
Démosle la palabra a Arsuaga: “Qué es más inteligente, ¿creer en lo inexistente o no creer? Yo no creo en los espíritus, no es nada realista ni inteligente; en eso estoy con los neandertales, que eran los realistas… Pero, a la larga, la gente que cree en mitos simbólicos tiene más fuerza de comunidad y supervivencia”.
Dios como construcción social.
No sé si esto se lo ha sacado Arsuaga de un fragmento de tibia de un homo sapiens recién nacido, pero queda sugestivo, evocador. Es otra forma de ver las cosas.
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Correspondencias / José Luis González Quirós
Decididamente, el darwinismo es tan verdadero, y tan simple, que permite a un periodista descubrir el gen de Dios. ¿Queda algo por saber?
Con todo mi aprecio,
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Correspondencias / Juan Abreu
Mi querido Arcadi, me permito aclarar al amigo González Quirós que el Gen de Dios no lo descubrió el periodista, es decir el periodismo, sino la ficción.
Véase: ”En su interior se expandían los límites y una soledad preñada reclamaba antiguas herencias, reinos desaparecidos y fecundidades olvidadas. Necesitaba llenarse de aquella voz hasta librarse del Gen de Dios. Contaminado con el Gen de Dios no tenía la más mínima posibilidad de vencer”.
Orlán Veinticinco, página 190 (Mondadori, Barcelona, 2003).
El Gen de Dios ya aparece en esta, la segunda novela de mi trilogía futurista.
Abrazos.
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Correspondencias / Claudio Ortega
Señor Espada,
Tras leer su entrada de hoy, me permito enviarle la siguiente reflexión.
Tengo la impresión, cada día más acentuada, de que el supuesto debate ciencia/religión, que con tanta frecuencia aparece en los medios de comunicación, no es tal, sino que se trata más bien entre una discusión entre las fracciones más fanáticas e ignorantes de ambos bandos. Empezando por los autodenominados ateos, no demuestran éstos a menudo más que una ignorancia supina de la religión. Pues esa ideología atea también tiene su historia de falsificaciones, de leyendas urbanas, con la que recontruir un pasado a su conveniencia.
Ejemplos de ello serían esos ‘grandes momentos’ tan a menudo mencionados en la ‘leyenda dorada’ de los naturalistas, que es lo que se enseña hoy a los niños en las escuelas y no sé si merecedoras del calificativo de serpiente. Así, se dice, los creyentes creen en la versión literal de la Biblia (lo que con sólo hacer el esfuerzo de llegar hasta Génesis 2 se ve que es imposible, ya que este contradice a Génesis 1), los antiguos creían que la tierra era plana (un mito creado a mediados del siglo pasado), el heliocentrismo afecta la dignidad del hombre según lo concibe la religión (cuando el lugar en el que ya no la tradición crsitiana, sino el mismo Aristóteles colocan al hombre no puede ser menos halagador), Galileo fué reprimido por sostener las ideas de Copérnico (cuando en realidad lo fué por causa de su radicalismo e infantilismo políticos), para llegar a la más reciente leyenda: el darwinismo choca con o refuta a la religión, último eslabón en la supuesta cadena de victorias de la luz sobre la obscuridad. Bastaría, por ejemplo, con que los ateos encontraran un momento para leer a Gregorio de Nicea, que situaba al hombre en la creación en el mismo plano que a los mosquitos y gusanos, para que se vieran forzados a pensar un momento. El hombre es concebido como parte de la creación y responsable de ella, pero nunca por encima. O que repasaran la lista de científicos aficionados, geólogos de fin de semana, en cuyas observaciones se basó un paso previo e indispensable para la teoría de Darwin: el establecimiento de la edad de la tierra. Verían cuántos de ellos eran religiosos, el típico vicario anglicano, que nunca sintió su fé amenazada por ninguno de sus hallazgos, o los libros divulgadores de teorías evolucionistas predarwinianas, a menusdo escritos también por religiosos y bestseller de su tiempo.
Naturalmente, ese falso enfrentamiento encuentra su reflejo, su hermano siamés, en las concepciones creacionistas, un invento de fecha aún más reciente que la ciencia. Aunque sí es cierto que alguien se había molestado en calcular el año de la creación, contando hacia atrás las fechas proporcionadas por la Biblia. no es menos cierto que no tuvo la menor influencia en el pensmiento teológico. El momento al que se atribuye el nacimiento del creacionismo es el famoso juicio Bryan vs Darrow. Pero, aún aceptándolo, ha de saberse que el acusador, Bryan, era un progresista de su época, un miembro de la izquierda del Partido Demócrata, que defendía la interpretación simbólica de la Biblia y que achacaba al darwinismo el decaimiento moral de su tiempo muy alejado de los fundamentalistas de hoy.
Concretamente, lo que motivó la reacción fundamentalista antidarwiniana fué el tema del eugenismo.
Del mismo modo que hoy en cualquier grupo de personas que se consideren ilustradas se encontrará un muy mayoritario soporte del aborto, lo mismo ocurría entre los ilustrados del siglo XIX con la eugenesia. Como se sabe, el término fué creado por un primo de Darwin y, supuestamente, se basaba en teorías científicas. Su implantación en Europa fué rápida y, curiosamente, sólo quedaron al margen los países católicos. Igualmente, los intelectuales ‘progresistas’ con los que hoy nos podemos sentir más próximos (HG Wells, Shaw) lo apoyaron, quedando la oposicón, naturalmente, a cargo de Chesterton.
Pues bien, de esa oposición al eugenismo, el creacionismo estableció su base en tres puntos erróneos: la ciencia contradice el Génesis (lectura literal de la Biblia que si no es una novedad histórica, sí había sido muy minoritaria y relegada a los grupos más ignorantes), los ancestros animales contradicen la dignidad del hombre (algo que nunca habían pensado los Padres de la Iglesia) y el darwinismo afecta la moral (pensando en la filosofía naturalista como la única posible). El Dios que se aparece en esa forma no tiene relación con el Dios de la Biblia, sino que se asemeja más a un dios pagano, imagen del hombre actual con sus poderes aumentados al infinito, una especie de ingeniero todopoderoso. Algo ajeno a lo que cree el cristianismo.
Así las cosas, se enfrentan dos ideologías. La de este dios pagano con otra que universaliza los principios de la biología, hasta convertirlos en una metafísica de valor universal, una nueva narrativa destinada a substituir otras anteriores (Marx, Nietzsche) pero mucho más simple. Para no hablar ya del asunto de los memes, ejemplo en casa propia de lo que se rechaza en la del vecino. Se acostumbraba a decir que la religión que se case con la ciencia de hoy, será la viuda de mañana. Otro tanto cabe decir del ateísmo. Así como su versión de fines del siglo XIX se apoyaba en una física que pronto quedó superada, el actual, que cree apoyarse en la biología, correrá la misma suerte. Ya los más recintes avances en el genoma humano están desplazando al gen del papel central que se le suponía y otros planteamientos (convergencia) están limitando el alcance de los principios evolutivos. No sería de extrañar que el afán proselitista de un Dawkins (que reacciona ante la religión como un miembro del Ejércirto de Salvación frente al alcohol), viniera de su angustia ante la obsolescencia científica del gen como unidad de explicación.
De ese modo quedan constituidos dos bandos, que ven en el otro lo que creen su enemigo (ciencia y religión), cuando no es más que su propio reflejo. Ignorancia frente a ignorancia. Citando otra vez a Chesterton, hay dos tipos de personas, los que tienen dogmas y lo saben y los que los tienen y no lo saben. Porque, ¿hay algo más religioso, más ecuménico, más católico y apostólico que esa predicación de los ‘nuevos ateos’, basada, como todas la religiones a las que se enfrentan, en ‘cree en lo mismo que yo y serás feliz’, en ese convencimiento de estar en posesión de una verdad que taerá una época mejor a la humanidad?
Disculpe el desorden de algo escrito ‘in the spur of the moment’. Como diría Pascal, de haber tenido más tiempo me hubiera salido más corto.
Gracias por su atención.
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Correspondencias / Garcilaso Herrera
Estimado señor Espada:
Siendo esta la primera vez que le escribo, me disculpará si, por error u omisión peco de excesiva ingenuidad. Quisiera expresar mi perplejidad ante alguna de las cartas (“correspondencias”) que publica en su blog, un blog del que soy devoto lector.
Me explico. Ya hace un tiempo me sorprendió que publicara Ud la carta de un señor, que, hablando de Michael Shermer, se permitía afirmar que había “evidencias incontestables de vida después de la muerte” (por supuesto este señor omitía sabiamente pormenorizar tales “pruebas”). No sé si lo hizo Ud para que admiráramos su tolerancia intelectual o para mostrarnos hasta qué punto el mundo está lleno de chiflados, en todo caso, creo que semejantes bobadas no deberían tener cabida en un blog tan interesante como el suyo.
Y ahora me encuentro con el “sermón” del señor Claudio Ortega con motivo de su artículo sobre Darwin. Seré sincero: tampoco entiendo muy bien qué interés puede tener que Ud muestre las opiniones de este señor en su blog. Son, a mi juicio, las arrogantes y vaporosas opiniones de un creyente “sofisticado”, como salido de la famosa conferencia de C. P. Snow.
El señor Ortega habla de “fanáticos” e “ignorantes”, pero desconozco cuáles son sus credenciales intelectuales para afirmar tales cosas. Habla de “ideología atea” –por favor, ¿qué es eso?- y acusa a los ateos de “ignorancia supina de la religión”, como si conocer al dedillo los brutales cuentos de hadas de unos pastores de cabras de hace dos mil años otorgara una sabiduría “especial”. Por cierto, ¿la última palabra en filosofía de la ciencia la tiene Gregorio de Nicea?
Qué bonito sería que el señor Ortega, llevado de una elemental honestidad intelectual, explicara si es creyente o no, cuál es su religión o, más bien, cuál es su posición con respecto a la fe religiosa y a la religión. Y lo más importante. ¿Qué propone él exactamente? ¿Por qué me da la impresión de que el señor Ortega es otro mosquetero más del Relativismo Cultural? Qué cómoda esa “filosofía Panzer” consistente en criticar ciencia y religión como si ambos bandos fueran intelectualmente equivalentes.
Pero, a mi juicio, lo peor viene ahora. El señor Ortega pontifica: “los más recientes avances en el genoma humano están desplazando al gen del papel central que se le suponía”. Y se queda tan ancho. Sería bonito saber en qué se basa el señor Ortega para afirmar lo que a todas luces es un disparate. Y no entiendo, la verdad, que Ud., señor Espada, permita esta afirmación, hecha sin citar fuentes ni pruebas de ningún tipo, como si tal cosa. Por cierto, siento comunicar al señor Ortega, que la pobre Biología Evolutiva parece no haberse enterado de que al gen le queden dos días.
Como no podía ser menos, el señor Ortega detesta al profesor Dawkins. Es curioso lo de Dawkins, la reacción visceral que provoca en los creyentes “sofisticados”. No lo pueden ni ver.
Y hablando de sofisticación religiosa. Todos sabemos que la religión es un excelente “cemento” social. Puede permitirse el lujo de tener varias “versiones”: una versión “popular” para la masa y otra más “refinada” para una elite de intelectuales o de gente, digamos, con aspiraciones intelectuales. En efecto, un reproche habitual de los creyentes “sofisticados” de todas las religiones que han poblado de fantasmas este pobre planeta es que el común de los mortales no estamos al tanto de las variadas, complejas y sutilisimas disquisiciones teológicas sobre la variedad local del super Papa Noel sentado en las nubes que sólo ellos “sienten” y reverencian. Como si a la hora de argumentar la lectura de esta borgiana literatura fantástica tuviera alguna validez científica (prefiero The Lord of the Rings, la verdad).
A mi, personalmente, es como si los fans de Blancanieves me reprocharan no entender las sutiles resonancias metafísicas de los Siete Enanitos. ¿No nos enseñó Umberto Eco lo fácil que es simular la complejidad? ¿No nos enseñó Nietzsche que no hay que confundir las aguas turbias con las aguas profundas?
En resumen, dudo del mérito de las largas parrafadas que dedica el señor Ortega a intentar defender su sutilísima “versión” de su particular Amigo Imaginario. Seguro que él, faltaría más, no comparte la creencia “popular” en una especie de super Papa Noel sentado en las nubes, ¿verdad?. Me apuesto un ejemplar de The God Delusion a que el señor Ortega tiene un concepto sutilísimo, pascaliano, heideggeriano, penrosiano, de su Amigo Imaginario.
Estimado señor Espada, ¿por qué “publica” opiniones como la del señor Ortega en su blog?
Disculpe mi perplejidad, perdone la parrafada (detectará un ligero cabreo) y reciba un cordial saludo,
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Correspondencias / Corona
Estimado Arcadi:
Su artículo de hoy hace pensar en la importancia de la aportación de Darwin, de la genética; en el papel fundamental que la fe y la capacidad simbólica han podido desempeñar en la supervivencia y mejora de la especie.
La idea produce inquietud. Como metáfora, como creación cultural humana, la religión es algo bastante estimable; en especial la cristiana. Pero la sospecha de que no haya una realidad divina detrás produce notable desasosiego a quien haya heredado ese gen de Dios.
Precisamente, esta mañana yo leía un ensayo de Ortega de 1924, “Las Atlántidas”. Conmovido por la aparición en El Sudán de unas figuritas de antigüedad remota, Ortega reflexiona sobre las consecuencias de esa ampliación del horizonte humano. Las esculturas sugieren una mente y una forma de humanidad tan diferente de la nuestra, que emociona.
A esta vocación de la mente de emigrar hacia otros centros, contrapone Ortega el espíritu del siglo XIX, representado por Hegel, Marx y Darwin. Los tres aplicaron a la realidad histórica y biológica, poliedro de innumerables caras, de múltiples centros, un esquema mental unidimensional: la dialéctica del Espíritu , la de la materia económica y la de los mejor adaptados, respectivamente.
Este prisma de múltiples dimensiones, la realidad creadora inagotable de metáforas, de culturas, no puede ser percibida, según él, con la visión plana de la dialéctica decimonónica.
Claro que este hecho tampoco alivia nada la inquietud del creyente sobre el fundamento real de la fe.
Un atento saludo:
Corona
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Correspondencias /Rafael Pérez Domínguez
Estimado Arcadi Espada:
Hace quizá mes y medio un querido amigo me pasó el fragmento de la autobiografía de Darwin dedicado a la religión. Se me había perdido entre otros emails y lo descubrí y contesté justo el día que usted ha publicado este Correo Catalán, coincidencia de las que nunca dejo de regocijarme. Permítame copiar a continuación el comentario que envié a mi amigo y a otro par de ellos.
Lo primero que se me ocurre, así como cosa general, es que los argumentos de Darwinrespecto a Dios y la Religión son los que nosotros heredamos en nuestra eclosión a los 18, 19 años (¿un poco antes, pelín después?). Bien están. Tras la tesis teísta y revelacionista previa, es bueno que se plantee la antítesis racionalista, ¿quizá también a los 18, a los 19 años de la humanidad? Me vengo preguntando hace un tiempo si esa es una reflexión cerrada, que no merece reconsideración alguna. Si esa antítesis no espera todavía que le demos una síntesis. O diez y siete. Acertada o equivocadamente, eso es lo que yo intento en los comentarios de de vez en cuando me hago y os hago acerca de Dios y la Religión.
La negación de todo cientifismo en la Biblia es inevitable. Pretender que eso permite abolirla es adolescente. Dios y la Religión son inventos humanos: deducir de ello que puede prescindirse de ellos alegremente quizá vaya precisamente en contra de tal constatación racional. ¿La Biblia se inventa una cosmogonía, como otras culturas? ¿Precisa de un Dios vengador contra las transgresiones humanas? A ver si tal autoridad amenazadora no habrá sido imprescindible para la construcción de la humanidad, para el mero paso del mono al homo, para la construcción progresiva de las normas de convivencia desde el tabú hasta Hammurabi. ¿Cómo se explica el arraigo de la idea de Dios en la cultura humana? ¿Fundamentalmente por la represión de las conciencias? Bueno, a mí tal explicación me parece insuficiente hasta la caricatura. Me parece tan inexplicable -lo cual no quiere decir que de la misma naturaleza, que no lo sé, aunque no lo excluyo- como el arraigo de ciertos tabús, de los que no nos es dado escapar sin grave peligro de deterioro del ser humano tal como lo conocemos.
¿Es detestable, como manifiesta acertadamente Darwin, que las religiones excluyan a los no creyentes de alcanzar el Reino? Claro que es detestable, lo que no sé es si resulta -si resultaba- imprescindible. Las leyes positivas excluyen del Reino a los grapo cuyo juicio recientemente reseñaba la prensa. Esta exclusión nos resulta normal, porque nos es contemporánea y esas leyes las hemos hecho nosotros para preservar nuestra propia convivencia. Los tabús, las leyes morales “naturales” también las hicieron hombres con la misma intención que nosotros hacemos ahora nuestras leyes, pero caramba: ¡qué éxito tuvieron, cómo dieron en el clavo, que aún están vigentes en nosotros y nos sirven para fundamentar nuestras propias leyes contemporáneas! Y los tabús no puede caber duda que llegaron a ser tabús porque a la horda, porque a la especie le iba en ello algo demasiado gordo como para abandonarlo al libre albedrío. Eso parece elemental. Había que fundar aquellas leyes en una autoridad incontestable: la ley de la horda, la ley de la especie, la ley de Dios. Con la promesa de la venganza de la horda, de la especie, de Dios si había transgresión. A mí más me maravilla que se haya mantenido la fuerza del tabú y de la “ley natural” que la de la idea de Dios. Entiendo que la idea de Dios se transmite culturalmente; en gran medida -bueno, se tiene que transmitir por entero culturalmente, a ver cómo si no, pero da la ilusión de que no- en gran medida la ley natural; ¿pero cómo demonios se transmite el tabú del incesto o el de los cadáveres? Si hay fuerza para transmitir tales reliquias antropológicas, para que las respetemos profunda y absolutamente -pero absolutamente- en nuestros cerebros y en nuestros comportamientos, quizá los mismos motivos admitan como absolutamente natural la transmisión y la vigencia de la idea de Dios y de las “leyes naturales”. La cosa no depende sólo ni fundamentalmente de la maldad aviesa de los curas.
Parece que Darwin dice,más adelante, algo al respecto, creo interpretar: “La introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produce ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes”. Bueno, él se deshizo de la creencia, nosotros nos hemos deshecho de la creencia, no parece intelectualmente difícil deshacerse de tal transmisión infantil. Lo que parece seguro es que el mono no se deshará del temor a la serpiente, y lo que parece contradictorio es que Darwin pretenda desentenderse de algo tan supuestamente instintivo como lo del mono y la serpiente: Darwin aquí no está particularmente sembrado. Volviendo a la dificultad que tan toscamente denuncia, quizá se trate de una dificultad más ampliamente humana que reductivamente intelectual, me explico con una intuición elitista si es que puedo: Darwin tenía cosas a las que agarrarse, y nosotros también, su propio desarrollo intelectual, su tesoro cognitivo, aparte de su capacidad económica y social de las que lo ignoro todo. Quizá los seis mil millones que no se quitan la herencia teísta de la cabeza tienen menos cosas a las que agarrarse de forma que les produzca el consuelo que la mera especulación intelectual o el diseño de ciertos inocentes artilugios nos producen a Darwin y/o a nosotros. Me decía un amigo recientemente que lo del déficit público no tiene por qué estar mal, que también nosotros nos endeudamos en su momento para comprarnos una casa: claro que sí, cuando tuvimos un trabajo suficientemente remunerado y una perspectiva cuasi funcionarial de mantenerlo per omnia saecula. Pues mire usted a ver si con lo de Dios no pasará algo por el estilo, que podamos prescindir de él quienes tenemos otras satisfacciones a las que acogernos. (Y recuerdo una referencia indignada de otro amigo, hace muchísimo tiempo, a una tribuna libre de Vargas Llosa que yo no leí pero en la que quizá decía algo de este tipo: pues a mí no me parece una reflexión despreciable).
Y algo adicional sobre la educación de los niños, en lo que discrepo de Darwin: Dios y la Religión forman parte cuanto menos de nuestra cultura, hasta el punto de que sin ellos nuestra cultura sería otra y nosotros también otros y la humanidad otra o ninguna. A mí me parecería un suicidio cultural y un menoscabo humano privar a los niños de tal contenido primario y fundamental de nuestra cultura, de nosotros mismos. Luego, cuando crezcan, que hagan como hicimos los demás: lamerse su propio pijo (con perdón, pero me parece para este caso el dicho popular más ilustrativo) y espabilar en un sentido o en otro, que para eso están la vida y el cerebro.
Dice Darwin que “todo cuanto hay en la naturaleza depende de leyes fijas”. Me parece una afirmación la mar de jugosa. Lo menos que cabe decir es que Darwin la hizo antes de saber nada acerca de las mutaciones, que se supone que no obedecen a ley fija alguna sino al azar. Lo que ocurre es que tal azar probablemente no es sino un apodo de todo algoritmo desnonocido. ¿Dónde puede estar el algoritmo de la evolución?: ¿en la naturaleza que presiona a los organismos -¡pero no puede obligarlos a mutar, y menos en dirección alguna!-?, ¿en el código genético, quiero decir en las infinitas combinaciones de todas sus mutaciones posibles? No quiero preguntar cómo llegó a evolucionar la materia hasta el código genético, sino algo más drástico: ¿cómo se generaron tales leyes fijas? ¿qué había antes de que tales leyes existieran? ¿qué había antes del bigbang? La Nada Bíblica, la Nada Cuántica, lo incomprensible, lo inabordable. ¿Qué causó la eclosión?: ni idea. Pero ni idea nadie y no sé si atreverme a decir que nadie nunca. Bien está despreocuparse de semejantes alturas que en poco influyen en nuestra prejubilación ni en nuestras pequeñas iniquidades ni en nuestras pequeñas hazañas morales. Pero si alguien nos sentimos un poco como Darwin y nos ponemos a preguntarnos, entonces ni dios sabe nada de lo que tranquilamente afirma Darwin: ¿qué o quién pusieron a funcionar tales leyes? Pues el Principio de que todo lo que es debía ser. Vale, pero eso, naturalmente, no nos saca de pobres ni valoriza en nada la afirmación de Darwin.
La denuncia de los sufrimientos humanos ha sido frecuentemente visitada. ¿Es Dios malo, por consentir el sufrimiento? Pero, en el rincón opuesto, ¿acaso no sería Dios dictador intolerable no consintiéndolo, lo que no le dejaría más remedio que eliminar el libre albedrío y la libertad individual? Bien, Darwin podría haber reflexionado un tanto al respecto, pero parece que no lo hace. Pena.
Alude Darwin a “la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; éste último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados,…” y continúa aún con un gran párrafo que ya no sigo, creo que no hace falta. Claro que el hombre mira al futuro y al pasado. Pretender eliminar de tal pasado la herencia cultural y moral parece precisamente lo contrario de “mirar”. Pero aunque Darwin excluya el concepto de Dios y de la Religión, no excluye lo que ambos transmiten, aunque lo nombra con un concepto absolutamente equívoco, pretendidamente científico: “los instintos sociales”. En fin, si yo argumentara ahora en torno a esto creo que redundaría en todo lo anterior. “Instintos sociales”, “impulsos más elevados”… Darwin era una excelente persona, lleno de los más respetables e incluso compartibles sentimientos y convicciones, pero yo mentengo mi distancia respecto a la explicación y justificación de tales convicciones, que me parecen un pelín primarias, un pelín -como ya he dicho al principio- adolescentes, que necesitan tirar por la borda al principio de autoridad aunque no se sepa cómo deshacerse -e incluso se refuerza mediante “instintos sociales” y etc- del auténtico meollo del asunto.
“No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas”. En lo que se refiere a todo aquello por lo que Darwin es hoy conocido, yo creo que Darwin, efectivamente, no cometió pecado alguno. Lo que dista de poder considerar su filosofía como la más madura y la más certera de las posibles. En todo caso me parece oportuno señalar que para él -para su tiempo, se fuera teísta o ateísta- al parecer no había perdido aún significado la palabra “pecado”, que hoy es simplemente una palabra vilipendiada. Ese vilipendio es un signo más del irracionalismo reinante, el irracionalismo que nosotros, buenos racionalistas, hemos ayudado y ayudamos a fundar y a consolidar.

