6 de mayo
La Administración de la victoria
No serán los terroristas, el problema principal. Como máximo, los terroristas harán lo que han hecho en los últimos treinta años, es decir tratar de interrumpir la democracia con el crimen. En los primeros años de la transición esa interrupción se pensaba en los términos drásticos del golpe de Estado que iban a dar unos militares constantemente provocados por los terroristas. Pero desde hace ya mucho tiempo esa interrupción se limita, en términos políticos, al instante del crimen, de modo parecido, aunque obviamente más brutal, a como lo hace la corrupción. La interrupción podrá darse en el gobierno del presidente López; y es probable que las precauciones hayan de extremarse: pero siempre habrá de recordarse que la violencia terrorista no desapareció durante los treinta años de gobierno fieramente nacionalista.
El mayor peligro político del gobierno López no está en el terrorismo sino en la administración vasca; es decir, esa administración creada a la viva imagen de los nacionalistas hasta un punto que se confunde con ellos. No sólo es el tiempo, casi escandaloso en democracia; es que han sido treinta años iniciáticos, organizados por el nacionalismo; y treinta años cuyo final está siendo ahora insólitamente deslegitimado por todos los líderes nacionalistas. En esa deslegitimación cabe detenerse y ponerse a considerar, porque lleva pareja la legitimación de los terroristas; que, a tenor de lo dicho por el PNV derrotado, tienen todo el derecho a llevar en una mano la urna y en la otra la pistola.
Para calibrar la influencia que pueda tener la administración vasca en el saboteo tácito o explícito de los planes de la nueva mayoría no puede servir el ejemplo catalán, porque el de don José Montilla no es más que continuación, y empeoramiento, de los gobiernos nacionalistas; es decir, de un gobierno inserto sin roces en la administración heredada: sólo hay que ver qué han hecho los socialistas con la radio y la televisión pública catalanas. Aun anteayer, y en uno de sus frecuentes alardes de elocuencia, don José Montilla, que comparte militancia con el presidente López, dijo solemnemente que el Partido Popular es “un enemigo de Cataluña.” Por el contrario, la impresión dominante (aunque bien es verdad que puede confundirse con la mera esperanza) es que el nuevo gobierno vasco será una alternativa real a la desdichada deriva del partido de Ibarretxe. Si es así deberá gobernar en una estructura que es en buena parte un cargo de confianza nacionalista y cuya idea del pluralismo no rebasa los habituales términos de patria o muerte.
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Correspondencias / Germán Bunes
Querido Arcadi:
Permítame algunas consideraciones accesorias a lo que plantea. Desgraciadamente, no es que el terrorismo vaya a “tratar de interrumpir la democracia con el crimen”, es que, en buena medida, lo ha conseguido hace ya tiempo.
Usted sabe, como yo y tantos otros, que lo contrario del terrorismo no es la paz (estribillo insufrible del discurso nacional- político durante decenios), lo contrario del terrorismo es la aplicación sencilla de la Ley, el imperio uniforme del Derecho. En ese sentido, el terrorismo ha logrado muchos de sus fines en aquel territorio. Y es que el Derecho no rige uniformemente en el País Vasco en ámbitos de importancia más o menos reducida pero tampoco en otros de mucha mayor trascendencia. El ejemplo es sencillo. Anda estos días el Lehendakari electo intentando conformar gobierno y se ha sabido por los medios de comunicación que alguno de los candidatos consultados declinó la oferta; no porque no compartiesen interés en las políticas a desarrollar o se considerasen poco idóneos, si no porque sus familias no soportaban el anejo de vivir amenazadas de muerte. ¿Cabe mayor suspensión de los derechos políticos (individuales, por supuesto) que el riesgo para la vida sea corolario inevitable si se elige la actividad política y el partido equivocado? Esa situación se da en Euskadi de modo que muchos de sus habitantes viven en “estado de excepción”. El terrorismo y la levísima intolerancia con la que frente a él ha venido reaccionando buena parte de la sociedad vasca ya han conseguido eso. Claro que se celebran elecciones y que, por una vez, la victoria nacionalista no dará para formar gobierno. Mejor. Pero la democracia es más que la celebración periódica de elecciones.
El mayor peligro político de López es no ser capaz de revertir una arritmia tan preocupante en el corazón político de la Comunidad que va a gobernar. Y sin duda que parte de la medicación deberá dirigirse contra la esclerosis que representan los “usos” administrativos secularmente complacientes con, digamos, el entorno del mal.
Sé que simplifico. Simplificar es una tentación irresistible cuando se ha debido soportar determinado discurso acusador, nacionalista pero no solo: nos decían que ante una situación como la vasca, poner el acento solo en el asesinato, en quiénes asesinan, en los apoyos con los que cuentan y en la corrupción primordial, decisiva que para la convivencia democrática supone semejante práctica, era simplificar un problema complejo.
(Los apóstoles de la complejidad, siempre interesados en las causas…)
Continúe cuidándose,
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Correspondencias / Claudio Ortega
Permítame un comentario al escrito del Sr. Bunes.
Aún estando en el fondo, como se dice habitualmente, de acuerdo con él, no comparto su precisión acerca de terrorismo y democracia. La falta de ley en el país vasco se daría en el caso de que los crímenes no fueran perseguidos, no en el del riesgo de ser asesinado por las ideas políticas. Entre las confusiones creadas por el actual recurso al los ‘derechos’, que muy a menudo merecerían el más apropiado nombre de ‘deseos’ (derecho a una vivienda, derecho al amor de los padres, …), se encuentra el de creer que un derecho garantizado por la Ley asegura de su disfrute. No es el caso. El derecho a la vida nunca asegura que a uno no lo asesinen, sino que señala que la Ley perseguirá a los culpables del crimen. El derecho a la propiedad no asegura contra el ser robado, sino…, y así sucesivamente.
Naturalmente que es de lamentar el dilema al que se han visto enfrentadas algunas personas a las que se les han propuesto cargos en el nuevo gobierno, pero de ello no se puede deducir ningún ‘estado de excepción’, que se daría en el caso de que las leyes estuvieran en suspenso.
Atentamente,
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Correspondencias / Iñigo Valverde
Querido Arcadi:
Hablando de Kimble, el radicalismo bibliófilo puede ser tan perjudicial para las neuronas (del propio bibliófilo que lo padece) como el papanatismo de los adoradores de la tecnología. Supongo que en esto también conviene mantener un sano equilibrio adobado con algo de escepticismo. Un conocido columnista del ABC dice que «Entre los libros y el cacharrito de marras que nos pretenden imponer existe, en fin, la misma diferencia elemental que entre la mujer amada y la muñeca hinchable que reproduce al dedillo sus facciones».
No parece que haya nadie, de momento, que quiera «imponer» el «libro electrónico». Que Amazón, Apple y otras empresas inventen gadgets para facilitar la lectura y los pongan a la venta no significa que se imponga un cierre obligatorio a los editores y a las imprentas. Ni que las librerías estén a punto de cerrar o vayan a desaparecer a corto plazo las bibliotecas. De hecho, los peligros que padece la «lectura» como actividad tienen que ver más con problemas de financiación (pública y privada) de editoriales y bibliotecas y con las políticas educativas que con un supuesto enemigo tecnológico. Los ditirambos que propina el columnista al libro son, con alguna simplificación de estilo, perfectamente aceptables: nos gusta el libro como objeto, qué duda cabe: un invento que tiene más de quinientos años de existencia y sigue utilizándose ha demostrado perfectamente su valor de uso. Es verdad que da más gusto leer en un libro bien encuadernado, con tipos bien compuestos y sin erratas, como las preciosas ediciones inglesas de los años veinte, pero ¿cuántos libros de esos se puede uno llevar de viaje? Hablo por mi experiencia: no vivo en España y viajo bastante. Hace poco tenía que pagar con cierta frecuencia exceso de equipaje o renunciar a comprar libros en un sitio para llevarlos a otro. Hoy no he dejado de ir de librerías ni de curiosear en bibliotecas, pero cuando busco algo concreto es en las páginas de las librerías de la red donde lo encuentro inmediatamente: ¿cómo encontrar si no libros españoles en Coblenza o Esch-sur Alzette? O libros ingleses en Villafranca del Bierzo, por poner otro ejemplo… En el «pincho» de 2 GB que tengo en el bolsillo y pesa menos de 50 gramos me cabe buena parte del Proyecto Guttemberg. Si lo conecto a mi portátil puedo leer cualquier cosa esté donde esté durante horas (mientras tenga un enchufe cerca, claro). Y puedo encontrar lo que ya he leido bastante antes que en un precioso libro «con aroma exhausto» del que por supuesto no tengo la menor intención de prescindir. Lo que estoy deseando es que, además de poder bajarme (pagando, por supuesto) de la Red todo lo que se publique, aparezca otro gadget que me permita sacar por una rendija del ordenador un libro bien impreso y encuadernado. Pero me temo que la cosa tardará en llegar. Mientras tanto, me gustaría recomendar al columnista que intente comparar cosas más cercanas. Un viejo disco de 78 rpm y su gramola con un archivo MP3 en los auriculares del Ipod, por ejemplo. Que no exagere con las comparaciones fetichistas: no se puede tener tres mil mujeres amadas en una estantería y dejarlas ahí esperando a que le apetezca a uno darle otro par de caricias…
Un saludo muy cordial
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Correspondencias / Germán Bunes
Querido Arcadi:
Permítame que agradezca las precisiones que el Sr. Ortega me hace en su comentario.
Desde luego que no es lo mismo el reconocimiento normativo de derechos que la garantía de su disfrute del mismo modo que no existe decreto alguno que suspenda, dentro del ámbito del País Vasco, la vigencia de las leyes. Tiene toda la razón el Sr. Ortega, el rigor nunca es ocioso.
Pero pensar (y seguimos, como creo dejaban claro su comentario inicial y el mío posterior, en el ámbito de la Comunidad Autónoma) que las violaciones de la ley que frecuentemente se han perpetrado por la radicalidad abertzale (amenazas, chantajes de toda clase, disturbios callejeros, apologías variadas del terrorismo en medios públicos de comunicación, infracción de las disposiciones administrativas referidas a los símbolos, etc.) han sido debidamente perseguidas allí por quienes estaban encargados de hacerlo es sencillamente insostenible. Para que una ley no rija de facto, no es necesaria ni su derogación ni su suspensión temporal expresa porque, del mismo modo que el reconocimiento de derechos no garantiza su efectivo disfrute, la vigencia formal de una ley no implica su cumplimiento.
Los no nacionalistas que en los últimos treinta años han hecho política en el País Vasco, ni han gozado de verdadera libertad para hacerla ni de igualdad de oportunidades frente a sus oponentes, aunque el Código Penal y otras leyes les amparasen formalmente, pensar lo contrario es pensar en lo excusado.
Un saludo cordial,
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Correspondencias / Corona
Estimado Arcadi:
Como usted dice, yo creo también que los terroristas no son el principal problema. Para mí, el peligro va a estar en el propio presidente vasco recién elegido y su partido. Es vital que este gobierno y el gobierno español estén a la altura de las circunstancias.
Porque el hecho preocupante es que nunca lo han estado. Desde hace treinta años, el poder central ha dejado a estas comunidades en la mayor de las orfandades. Abandonadas a su deriva, sin la referencia española, muy superior, han quedado a merced de unos mequetrefes que han creído que otra cultura y otra lengua podían inventarse en pocas generaciones.
Han creado un producto de extremada pobreza, algo que no seduce ni atrae ciertamente a nadie. El País Vasco no es otra cosa que una parte de España, y España es su única solución, su garantía de libertad. El Partido Popular nunca ha tenido la altura intelectual ni la firmeza suficiente para aplicar esta medicina. El PSOE ha sido y es un verdadero cáncer, aliándose con los dinamitadores de la nación.
Es preciso que la alta Inspección de Educación haga su trabajo, garantizando la enseñanza en la lengua materna española; que las leyes españolas se hagan cumplir aquí con contundencia. Nuestro gobierno tiene la obligación de protegernos de la barbarie que se ha ido edificando en estos treinta años.
Sólo con esta claridad de mente, el edificio caerá. Porque la alternativa es muy superior, y el edificio es más enclenque de lo que parece.
Un saludo:




