3 de mayo

canelo.png    Subía sombrío la cuesta y al doblar la esquina me di de bruces con mi amigo JC. Era el mediodía de un domingo de julio y en la calle sólo estábamos él, Sacha y yo. Él llevaba aún los derrotes de la noche en la cara.

–Tú sabrás donde podría comer algo.
–Hum. Hoy, por aquí, todo basura. Lo que debes hacer es acercarte a Sacha y ver si les queda una bandeja de canelones.

Al plato de pastelería le falta la fuerza y la malicia. Pero los canelones tienen una propiedad untuosa, envolvente, un sopor que lo funde todo.

–Pero date prisa, porque deben de estar cerrando.

Me eché la siesta y en lo mejor sonó el télefono.

–Buenísímos, los canelones.
–Me alegro. Hay días que son prodigiosos.
–Pues ha sido uno de ellos. Ahora bien, lo cierto es que he estado a punto de morir.

En efecto, estaban cerrando. Ya no había ningún otro cliente, y una de las muchachas fue al obrador a por sus canelones. Empezaba a pagarlos cuando lo obligaron a tirarse al suelo con un cañón de pistola en la sien.

–¡Tú, puto pinche! Las llaves de la caja.

A Pepa, la cajera, bastión y guarda, fibra eminente de Sacha, aquella confusión debió de parecerle lo más intolerable. No cuesta imaginar que se dirigiera al tipo con desprecio glacial:

–¿Acaso no se da usted cuenta que se trata de un cliente?

Lo dejaron en el suelo, aunque sin reloj, y corrieron hacia el fondo en busca del dinero. En unos segundos ya estaban en la calle. Poco a poco se fueron incorporando las muchachas y mi amigo. Se sacudió, como había visto hacerlo en las películas, en medio de un gran silencio que rompió la voz imperturbable de Mercedes:

–Sus canelones, señor.

Al teléfono, JC parecía especialmente molesto por el trato delincuencial; más por el eufónico puto pinche que por la pistola en la sien. Yo, tumbado y absorto, trataba de animarle con la sopa de letras del que ve el mundo en forma de columna e incluso de columnata.

–Títúlala: «Por un puñado de canelones». O mejor: «De cómo pude ser canelón»

Al día siguiente pregunté si, mientras tanto, los malvados se habían llevado algo a la boca y me confirmaron que no, lo que me pareció esencial.

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