27 de abril
El día que mataron a Carmen Broto. Una conversación con Juan Marsé*
Pregunta. Comencemos, si le parece, por lo elemental. ¿Cómo conoció usted a Carmen Broto?
Respuesta. Yo tenía 16 años cuando los hechos del 11 de enero de 1949. En aquella época vivía en la barriada de la Salud, en casa de mis padres: en la calle Martí esquina con Escorial. Trabajaba en un taller de joyería de la calle San Salvador y aquel día, que era martes, salía de casa con el almuerzo debajo del brazo para ir al taller. Yo entraba a las nueve y por lo tanto debían de ser las nueve menos veinte o las nueve menos cuarto. En el camino, Escorial abajo, encontré un grupo de gente, una docena de personas que observaban con una cierta expectativa un coche, un Ford tipo Sedán, que estaba parado en la esquina de Escorial con Legalidad. Me acerqué y vi los vidrios manchados de sangre y la maza con que acababan de matar a Carmen Broto.
Ya habían trasladado el cadáver. Me quedé un rato, a ver si venía la policía o pasaba alguna cosa. Luego seguí el camino hacia el taller. El asunto me interesó de una manera muy circunstancial. Seguramente porque había pasado cerca de mi casa. Treinta y cinco años después se me ocurrió una idea para una novela cuyo tema central era la adulteración de la verdad. Una doble adulteración: por un lado, la versión oficial de las autoridades de la época y por el otro, la mitología popular. En la idea general de la novela introduje a Carmen Broto y su muerte. Dejé su nombre, además, aunque desdoblé su perfil: por un lado era una prostituta de lujo, la rubia platino de la época, vinculada con personalidades distinguidas, desde empresarios, militares, el obispo, incluso… Por cierto, que en la novela no me atreví a llamar al obispo Modrego por su nombre. Le puse Fermín, aunque ya he rectificado en versiones posteriores. En aquella época recuerdo que del obispo se decían dos cosas: una que era maricón y la otra que tenía una flota de taxis. Nunca lo puse en duda.
Lo que yo hice en esta novela está naturalmente a medio camino entre la ficción y la realidad. En ningún momento me interesó hacer la crónica exhaustiva y detallada de aquel hecho. Entre otras cosas porque entonces yo sabía de la misa la media. Sabía lo que trajeron los diarios durante tres o cuatro días. En La Vanguardia, sobre todo. Pero también eran crónicas bastante confusas. Recuerdo que la primera estaba firmada por J.F.Vila-San Juan. Las otras ya no. Y había muchas contradicciones. No por culpa del periodista, sino porque supongo que él trabajó sobre una información muy escasa, muy condicionada y muy controlada.
Bien: el personaje era éste, la época era ésta y yo era un chaval de 16 años. Quiero decir que la única cosa que me interesaba era divertirme, la verdad es ésta. En verano me iba a bañar a la Barceloneta o a Badalona. Y a bailar. Entonces no había televisión ni otras diversiones.
P. ¿Pero qué se sabe de la noche en que la mataron?
R. Para explicarlo es preciso que saltemos a otra época. Al año 1984. Hacía siete que la novela está publicada en España y entonces yo estaba en el hospital Los Camilos, de Sant Pere de Ribes. Había tenido un infarto y los diarios habían dado la noticia. Me figuro que fue por los diarios por lo que Jesús Navarro supo que yo estaba allí.
Jesús Navarro fue uno de los actores de aquel drama. Era y es el único superviviente. Los otros dos se suicidaron. Eran su padre y un amigo, Jaume Viñas. Navarro me escribió una carta diciéndome que había leído la novela, que la novela le había gustado mucho y le había interesado muchísimo, pero que era una lástima que no nos hubiésemos conocido antes porque me habría podido dar una información mucho más fidedigna de los hechos. De cómo se produjo el asesinato, de los motivos, etcétera. Cuando salí de la clínica me puse en contacto con él. Nos vimos. Y le dije: “Mira, la novela hace años que está hecha. Yo no tenía intención de explicar la verdad. Es decir, yo me tomé la libertad, como se la toma cualquier novelista, de utilizar los materiales reales, lo que podríamos llamar la crónica ciudadana de la época, para hacer de las mías. Para hacer ficción, que es mi trabajo. Y por lo tanto ni te ha de extrañar ni te ha de enfadar que las cosas no fueran exactamente así. Lo único es que te he de pedir disculpas –le dije– por haber dejado los nombres” Aún no me explicó por qué dejé los nombres, tanto el de Jaume Viñas como el de él. Pero me dijo que eso no le importaba, que sólo le habría gustado que se explicase la verdad. Y entonces le dije: “Bien, pues explícame la verdad”.
P. Pues explíquenos la verdad.
R. Hay varias. Primero está la de la policía. Ellos dijeron que el móvil, que los móviles del asesinato eran el robo, el robo de joyas. Carmen Broto era alguien que tenía muchas joyas: las que llevaba encima y las que guardaba en casa. Esta fue la versión oficial y la que dio la prensa.
Luego está la versión del barrio y de la gente: era una mujer tan vinculada a personas importantes, que en algún momento podía comprometer el prestigio de muchas personas y a la que se le había de tapar la boca. Según esta versión, Navarro y Viñas habrían sido, tan sólo, los instrumentos del asesinato.
La tercera versión me la proporcionó el propio Jesús Navarro, que desmentía estas versiones. Según él, su padre, al saber que salía con esta señora, que tenía una relación muy intensa, muy íntima desde hacía tiempo, un día le llamó y le dijo. “Mira, esta chica con la que sales es confidente de la policía y está comprometiendo a muchos compañeros de un grupo que tenemos y con el que intentamos llevar adelante la lucha…” Es decir, el padre le confesó que estaba vinculado a un grupo de la resistencia antifranquista, clandestina, de la época, relacionada más o menos con el Partido Comunista y que de resultas de las denuncias que ella estaba haciendo a la policía estaban cayendo algunos compañeros y era cuestión de acabar ya con esta historia. Le dijo que tenía la consigna de eliminarla. Y le pidió a su hijo que lo hiciera. Jesús Navarro accedió y reclamó la ayuda de Jaume Viñas, que era amigo suyo y trabajaba en el taller de ferretería del padre de Navarro.
Le escuché y le dije luego que no lo creía. Que si a mí un día me venía mi padre y me decía, mira esta chica con la que sales nos compromete a todos y hemos de acabar con ella, yo le habría contestado mira, no jodas y liquídala tú si quieres. Me contestó que quería mucho a su padre, que él estaba en una situación apuradísima, que no tuvo más remedio que aceptarlo y hacerlo.
Yo soy partidario de creer que ella estaba relacionada con gente importante, incluso con asuntos, y esto lo hablamos precisamente con Jesús Navarro, de trata de menores… Asuntos muy sucios y muy gordos. Y que sí podía haber alguien interesado en cerrarle la boca. Pero yo, en principio, me inclino a creer la versión más prosaica y elemental, que es la de las joyas.
P. Pero aquella misma noche murieron otras dos personas. Demasiada muerte para que esa hipótesis sea verosímil.
R. Sí, en efecto. Su padre se suicidó aquella misma noche con cianuro. Y Jaime Viñas, también. A éste lo encontraron en una habitación de hotel, ya cadáver, con una nota encima de la mesilla de noche que decía: “No se culpe a nadie de mi muerte. Soy inocente. La vida es sueño.” Eso decía. O sea que debía de tener aficiones literarias.
Por supuesto, estos dos suicidios fueron muy extraños. Un robo de joyas no tiene este desenlace tan dramático. Además, luego se supo que las joyas que le robaron tenían muy poco valor. Pero, a pesar de todo, a mí me cuesta creer todas las otras historias, tan rocambolescas, tan de cine negro.
P. ¿Cómo circuló la noticia por el barrio, aquel barrio de sus 16 años?
R. La gente estaba convencida de que en aquel asunto había mucho marro, que había porquería bajo la alfombra y cosas, ya digo, muy gordas. El caso es que de manera sistemática la gente no creía lo que los diarios explicaban. Yo recuerdo a mi padre, en la mesa, diciéndome: “No pierdas el tiempo leyendo el diario que estos puñeteros diarios de hoy en día no te explicarán nada que sea cierto”. Y éste era el criterio general. Lo que sucedió, además, es que aquel asesinato se convirtió en una especie de imagen emblemática de la época, de la inmoralidad del régimen, de una situación donde la realidad se falseaba continuamente, donde lo blanco era negro y lo negro blanco. En consecuencia, la opinión pública siempre tendía a pensar que había mucho más de lo que en realidad podía haber. Claro, que a mí las hipótesis populares son las que siempre me suelen interesar más. Al fin y al cabo, yo soy un novelista.
P. ¿Quién era entonces Juan Marsé?
R. Un chaval que trabajaba en el taller de joyería de la calle San Salvador, muy cerca de donde vivía José María de Sucre, el pintor. Los chavales no lo sabíamos, entonces. Sucre era un señor que iba por la calle con las manos atrás, cabizbajo y que, de cuando en cuando, se par aba y nos decía: “Niño, por favor, ven aquí, hazme un favor. Dime cómo me llamo, dónde vivo y adónde voy. “Usted es el señor Sucre ?-el nombre nos hacía mucha gracia– y vive aquí en la calle de San Salvador y va aquí, al bar de la plaza Rovira a hacer un carajillo”. Nosotros veíamos la vida como si nos enfilásemos por encima de una tapia y viésemos parte de lo que estaba pasando. Porque ya digo que en realidad no sabíamos quién era Sucre. Un día lo vimos hablar con un señor que iba con él y le oímos decir: “Ayer vi a Dalí y, coño, si que ha hecho duros este tío. Es un caradura.” Recuerdo que iba con un amigo mío y le dije: “Fíjate el señor Sucre, ayer vio a Dalí”. Dalí sí que sabíamos quién era. Debía de ser el año 1947 o 48. Dalí ya había vuelto de Estados Unidos y él había ido a verle, seguro que era verdad, seguro que habRa ido a verle a Cadqués. Pero aquello resultaba como surrealista, imposible. Un señor que iba de aquella manera y que era de mi barrio, que viera a Dalí y todo eso…
P. Este tipo de cosas y de personajes son muy frecuentes en su poética. Recuerdo en El embrujo de Shangai aquel hombre que tenía el brazo…
R. Esto hube de modificarle porque la realidad resultaba mucho más increíble. Un día salí a la calle y vi un señor que estaba en una esquina, brazo en alto. Y pensé: “Coño, ¿qué está pasando un desfile o qué?” Me acerqué y observé que en otra esquina también había otro señor con el brazo levantado, pero en otra dirección. Entonces me di cuenta de que estaba escuchando el himno en la radio. En cambio, yo escribí que estaba cerca de un cuartel y que estaban arriando la bandera, que era menos increíble. En cuanto al otro, dejé entender que por mimetismo, por miedo o por lo que fuera se contagiaba del saludo y él a su vez saludaba, pero sin saber a lo que saludaba.
P. Sus dos padres eran antifranquistas, ¿no?
R. Antes de todo mi padre era un catalanista tremendo, tremendo. A mí me inoculó un poco de este antinacionalismo que tengo, creo que por las palizas, palizas verbales quiero decir, sobre la patria y todo esto. Era un buen hombre, era un hombre que creía verdaderamente en estas cosas. Había sido de Estat Catalá y después fue del PSUC. Y mi madre era la telefonista de la centralita del partido, aquí en Barcelona durante la guerra. Es decir, yo tuve una formación que yo no sé cómo he salido de esta manera que he salido. Y escribiendo en castellano, además.
P. ¿Y sus padres qué opinaban de que Carmen Broto pudiera haber sido confidente de la policía y una víctima de grupos antifranquistas?
R. Es que esta versión, como he dicho antes, a mí me llega a través de Jesús Navarro. Él conducía el coche y su testimonio es el único que hay de los hechos. He de aclarar que actualmente Jesús Navarro es un gran amigo mío, al que he visto muchas veces… Él pagó su culpa: estuvo condenado a 30 años de los que cumplió 10, y ahora merece todo el respeto. Él iba al volante, a su lado iba Carmen Broto y detrás iba Jaume Viñas, que fue quien la mató. Pero insisto que ésta es la versión de Navarro, la que a mí me dio hace años. En la época de mi juventud, ni con mis padres ni con nadie se hablaba de todo esto.
P. De Carmen Broto, aparte de su muerte, se conoce muy poco.
R. Supongo que la policía debía de tener unos informes completísimos. Pero es verdad que trascendió muy poco. Un dato curioso es que en aquellos días no se vio ninguna fotografía de ella. Yo le pregunté a Jesús Navarro si guardaba una fotografía de ella y me dijo que no, hecho extrañísimo si es que eran tan íntimos. Después de escribir la novela mi interés ya no era profesional, sino estrictamente particular. Quería saber si había conexiones, sobre todo con gente importante. Esto me tenía fascinado: la doble vida que llevaba. Porque era una señora que podías encontrarla en un palco del Liceo o del Barça, o en una taberna, por la noche, con un limpiabotas. Vivía en el paseo de San Juan, esquina Padre Claret. Y frecuentaba el bar Alaska, que aún existe. De ella se sabe que era de un pueblo de Aragón, que vino a Barcelona a servir, que hizo de criada durante un tiempo, que al parecer era una señora guapísima y que acabó convertida en una prostituta de lujo. Tenía negocios. Negocios que tenían que ver, parece, con el traer a Barcelona a muchachas jóvenes de Galicia, a servir a las casas. Algunas de ellas derivaban fácilmente hacia la prostitución y quedaban colocadas a cargo de gente importante. Todo esto fue, en mi opinión, lo que la policía tapó.
Nunca salió en la prensa ninguna fotografía de ella. Y en las crónicas de prensa tampoco salió nunca el nombre de nadie. Y desde luego se sabía que había estado relacionada con Julio Muñoz Ramonet, aquel multimillonario que vivía en el Palau Robert y también con el empresario del Tívoli. Todo esto no sólo lo sabía Jesús Navarro, sino mucha otra gente.
P. Parece que también la conoció otro tipo de gente. Carlos Barral aseguraba…
R. Hubo un momento en que Carmen Broto se convirtió en una especie de mito erótico y todo el mundo querría haberse metido en la cama con ella. Es verdad que Carlos Barral me había dicho: “Yo estuve coqueteando con ella y estuvimos a punto, a punto, pero…” El Seni, Antonio de Senillosa, dijo haberla conocido también. Y Albert Puig Palau me habló bastante de ella. También recibí una carta de Carmen de Lirio, que guardo, en la que me decía: “He leído tu novela, me ha gustado mucho y si nos hubiéramos conocido antes, yo te podría haber explicado cantidad de cosas”. Esto sí que me supo mal, porque eran íntimas amigas. Aunque después he tenido ocasión de conocer a Carmen de Lirio y tampoco me explicó gran cosa. Me da la impresión de que Carmen Broto se convirtió al fin en un personaje importante y la gente intuía que estar de alguna manera en la estela del personaje otorgaba prestigio.
P. ¿Qué camino le parece que siguió Carmen Broto en su inconsciente desde aquella primera mañana hasta la escritura de Si te dicen que caí?
R. Cuando empecé a escribir la novela tenía muy pocos elementos de juicio sobre el caso. El aspecto que más me interesaba, ya lo he dicho, es el desdoblamiento del personaje. La memoria popular la había convertido en una señora extraodinaria y esto, a través de los ojos de un niño –por que la novela está explicada a través de las voces de varios niños–, me ayudaba a mitificarla. Aparte, Carmen Broto era también una pobre prostituta que convivía con la miseria del barrio chino. El desdoblamiento era lo que más me interesaba en la novela. Utilicé el personaje y el hecho porque los tenía a mano y porque tenía un recuerdo vivo de la imagen del coche ensangrentado. Fuera de esto no tenía ningdn interés por ir al fondo del hecho ni por saber qué había pasado. Si te dicen que caí es una novela donde se oyen muchas voces que, de repente, se contradicen. Por ejemplo: hay un niño que explica una historia que él ha escuchado, que le han explicado en casa, tal vez. Y después surge otra voz que desmiente esta versión y crea otra y sobre esta otra, otra voz… y así sucesivamente. De esta confrontación entre diferentes versiones yo esperaba que saliera una última realidad, una última verdad por decirlo así, aunque esta verdad también fuera de ficción. Era como si multiplicando las mentiras se pudiera obtener una verdad. Esto era lo que yo me proponía, trabajando con materiales muy personales. Si te dicen que caí es uan novela muy autobiográfica, en el sentido de que las aventis, los juegos en la calle, el erotismo primario de la adolescencia…, todo esto es verídico. El asesinato de Carmen Broto está allí y resulta que está basado en un hecho real, pero podía ser inventado. No es relevante que sea verdadero. Me gusta mucho una frase que escuché en una película de Woody Allen, que dice: “Detesto la realidad, pero es el único sitio donde puedes comprar un buen bistec”. Lo digo porque la realidad del asesinato de Carmen Broto, como hecho, la utilicé porque la tenía a mano.
P. ¿Antes había escrito sobre ella?
R. No. De hecho se me presentó en el libro en un episodio en el que un niño, aprendiz de joyería, se traslada al hotel Ritz con un paquete de joyas muy valiosas. Yo trabajaba en el taller desde los trece años. Durante aquél tiempo yo he llevado encima más pasta que la que nunca podré reunir en mi vida. Llevaba unas joyas de brillante y de platino… increíbles. Nos las ponían en una bolsa que se cerraba con un cordel muy fuerte, que nos anudaban al cinturón y que luego nos la hacían meter por dentro de los pantalones. Y estos recados los hacíamos colgados en los tranvías, yendo en metro, en una época en que todos los transportes iban muy llenos. Siempre ibas pendiente de que no te robaran. Uno de aquellos recados fue al hotel Ritz. Llamé a una habitación y me abrió una señora guapísima, rubia, que me recibió en desabillé y que tenía un bonito perrito. Vivía en una suite que le había un puesto un fulano y era una cliente habitual del taller donde yo trabajaba y le llevaba cada dos por tres unos brazaletes de platino y brillantes y unos collares y unos pendientes y unos anillos increíbles. Aún me acuerdo que me dio un duro de propina, que era muchísimo. Y recordaré siempre que dejó la puerta abierta, cogió el paquete y me dijo: “Espera un momento, chico”. Entonces fue adentro a buscar el duro. Aún la veo, caminando, con el perrito mordisqueándole los talones, con unas zapatillas rosas, el camisón y tal… Me dejó completamente fascinado. Y esta fue la primera imagen que relacioné con Carmen Broto y así la convertí en personaje de novela.
P. Antes ha habldo del obispo Modrego, pero sin dar detalles de por qué se le relacionó con el caso Carmen Broto.
R. Con esta historia se quiso hacer una película. La quería hacer Jaime Camino y quería que el guión lo escribiéramos Jaime Gil de Biedma y yo. Camino empezó a investigar y llegó a consultar el sumario. Y un día nos dijo que una de las cosas que había leído era parte de un interrogatorio a una persona vinculada con el caso. Le habían hecho una pregunta, no recuerdo cuál, y dio esta respuesta: “Esto que se lo pregunten al señor obispo”. Recuerdo que le dije a Camino: “Hombre, pero con esto no podemos montar una escena”. Pero yo lo confronté. Hablé con el mismo Jesús Navarro y no me dijo que no. Insistió en que había marro con el caso. No en relación directa con ella, pero sí que ella se dedicaba a proporcionar material a otras personas y era aquí donde estaba la cuestión. Yo no tengo más elementos. El caso era oscuro entonces y continúa siendo oscuro ahora. Es curioso: en aquella época los vendedores de prensa daban las noticias a gritos. Pero yo no recuerdo gritos del caso Carmen Broto. Es una cosa curiosa. Lo digo porque en el año 48, murió en un accidente de aviación el campeón del mundo de boxeo Marcel Cerdán. Y recuerdo que ese día, en la esquina –precisamente– del Palau Robert un vendedor chillaba: “¡Achicharrado, achicharrado, completamente achicharrado!” Cuando le miré me amplió la noticia: “El campeón del mundo, Marcel Cerdán, completamente achicharrado entre los restos de un avión”. Ningún vendedor, en cambio, gritó “¡Machacada!” para refeirse a Carmen Broto. No sé si es o no un síntoma.
(Con el público)
P. Hay otro libro que habla del caso.
R. Sí, de un tal Speratti, El crimen de la calle Legalidad. Es un reportaje…
P. Vaya, yo lo leí como una novela. Pero, en fin, Él habla de que uno de los personajes iba por las dos bandas, que era homosexual vaya. ¿Quién era: el Viñas o el Navarro?
R. Los dos. Speratti me vino a pedir información para escribir una novela y se la proporcioné. El todavía no me ha proporcionado su libro, por cierto.
P. Quizá yo no hable nunca con Navarro. Quizá usted sí hable. Querría que le preguntara. El estuvo condenado a muerte. Y estando en prisión se casó con una chica, digamos, de familia normal de Barcelona. Mientras llevaba una vida de crápula, seguía teniendo una novia, él. El suegro no quería, pero al final se casaron estando él en prisión. Cuando él estaba condenado a muerte, una persona le dijo a la chica: “Pronto te quedarás viuda”. Y ella le contestó, y esto es textual: “No, Franco le commutará la pena”.
R. Debía de tener la esperanza…
P. Pero es que luego añadió: “Y se estará poco tiempo en la cárcel”. Y en realidad estuvo, proporcionalmente a la pena, poco tiempo. Y yo pienso que esto liga con una de las versiones que ha explicado sobre la influencia en el caso de gentes importantes.
R. Yo puedo explicarle lo que el propio Navarro me explicó sobre esto. En efecto, fue condenado a muerte, le conmutaron la pena por treinta años y cumplió un tercio. En definitiva, tampoco nada tan extraño. Él tenía una novia que vivía en la calle Hospital o en Sant Pau, no recuerdo. Y cuando le condenaron él le dijo: “Mira, olvídame, porque lo contrario sería absurdo”. Y así fue. Después, cuando salió de la cárcel, en el año 59 o 60, rehizo su vida, encontró trabajo, se casó, tuvo hijos e, insisto, hoy en día es una persona respetable que ya ha pagado su deuda con la sociedad. En la cárcel, por lo que yo sé, fue tratado de manera normal y en fin, cumplió diez años, eh.
P. Querría decir que sí hay una foto publicada de Carmen Broto, que se publicó en El Caso, el año 1955. Yo la he visto. En cuanto al libro de Speratti hay varios errores. Dice, por ejemplo, que nació en Voltaña cuando en realidad nació en un pueblo de al lado que se llama Guaso. Ha hablado usted también de Julio Muñoz Ramonet, el que vivía en el Palau Robert. Yo creo que ella tuvo relación con su hermano, que era el amo del Ritz. Y me ha soprendido que cuando se hablara de la militancia antifranquista en relación a Carmen Broto se hablara del PSUC: yo siempre había oído que se trataba de gente más o menos vinculada al movimiento libertario. Puedo añadir algo y es que Carmen Broto tenía una hermana que vivía en la calle Príncipe de Asturias.
R. No sabría qué decir. En cuanto a las fotografías, yo tengo una. Posiblemente sea única y no sé de dónde ha salido. En el pie de foto dice: “Carmen Broto nos muestra sus joyas y su magnífica figura”. La participación en toda la historia de grupos antifranquistas, sean cuales sean, es dudosa y yo no me la creí en su momento. Jesús Navarro había escrito un libro sobre los hechos y tenía pretensión de que se lo publicaran. Yo lo leí y le dije que los motivos que daba de la muerte no me parecían verosímiles. Pero verosímiles desde un punto de vista literario. Con el resto no me quise meter. Ya eran razón suficiente los motivos literarios. Le dije “No me los creo, porque no están bien escritos. Pero podían ser verdaderos.” Aunque en el fondo, yo creo que no, que tampoco eran verdaderos.”
P. ¿El libro de Jesds Navarro está dedicado sólo a Carmen Broto o es una especie de autobiografía?
R. Empieza hablando de él, en un episodio fantástico, mucho más imaginativo que cualquier novela de Antonio Gala, por ejemplo. Se describe a sí mismo, en el Pueblo Español, bailando un bolero con Eva Duarte de Perón, el año 47. Lo digo seriamente, pero me explicaré. Navarro, en aquella época, trabajaba de chófer, siempre relacionado con gente importante. Cuando el homicidio el tenía 24 años y era el chófer de una señora que frecuentaba las autoridades. Cuando vino Eva Duarte de Perón, el año 47, le prepararon una fiesta en el Pueblo Español. El acudió con esta señora, de la que era chófer, guardaespaldas, una especie de sirviente. Jesús Navarro era un hombre joven y muy atractivo y parece ser que Eva Duarte se interesó por él, por quién era, porque quería hablar con alguien de la calle. Le hizo algunas preguntas y entonces él, cuenta que de manera muy natural, le dijo que si tenía ganas de bailar, ella le dijo que sí y se pusieron a bailar un bolero. En aquella época podía pasar de todo. Y esto también podía pasar.
P. Yo tengo una duda. En aquellos días, yo vivía al paseo de Sant Joan, antes General Mola, esquina con Rosellón. Y me parece recordar que el cuerpo había aparecido en una especie de descampado y no en un coche, como me ha parecido deducir de lo que usted ha dicho.
R. No, no. En el coche sólo quedaba la sangre. Le golpearon en el coche hasta casi matarla y después la remataron. En la calle Escorial, concretamente en una manzana que va de Escorial hacia Alegre de Dalt, entre las calles Legalitat y Encarnació, había un solar al que llamábamos Can Compte. Y todavía había restos de una masía que se debía de llamar igual. Solíamos saltar la tapia y entrábamos. Lo habíamos hecho muchas veces. Hoy en día hay un edificio de la Telefónica y la Caixa. Quedan unas palmeras, que habían estado siempre, y bloques de casas. Allí la enterraron. La sacaron del coche, aparcado en Escorial, y dejaron un rastro de sangre que fue lo que permitió descubrir el cadáver. La enterraron en un huerto, que era propiedad del padre de Navarro. Al intentar escapar, el coche hizo como un petardeo, que parecían unos tiros y aquello alertó a los visitantes y al sereno, que fueron hacia allá. Entonces, ellos escaparon corriendo y dejaron el coche abandonado. Luego, la policía sólo hubo de seguir el rastro de la sangre.
P. Hace 30 años que sigo el caso, porque es un crimen que me apasiona. Usted no ha explicado lo que pudo pasar antes del crimen. Los de los buicks negros, que tenían mucho dinero, cerraban el bar Alaska y allá hacían varietés. El champán corría a go-gó. A la Broto yo la conocí de muy niño, con siete años o así. Yo trabajaba de aprendiz en una tienda de lencería que había en la Ronda de Universidad. Ella iba mucho a La Luna, que estaba al lado. Su fotografía estuvo muchos años expuesta en una tienda de la calle Aribau.
R. (…)
P. ¿No podría ser, señor Marsé, que fueran unos vulgares chorizos y que sólo quisieran robarle?
R. Bueno, ya he dicho que ésta es la versión oficial…
P. Se lo pregunto porque yo soy del Front Nacional de Catalunya, casi desde su fundación en el año 1942, y creo que eso que le explicó el señor Navarro es delirante.
R. Sí, pero tampoco resulta demasiado verosímil que unas personas que le querían robar las joyas tuvieran necesidad de matarla y tampoco se acaba de explicar lo de los suicidios. Es un poco desmesurado el resultado en relación con el proyecto de robarle las joyas. Y por otra parte, ella y Navarro y Viñas tenían una relación muy íntima. Cogerle un anillo o pedírselo, podían hacerlo. Ellos sabían donde tenía las joyas y no las tocaron. En fin, no sé. Yo no tengo una teoría formada de manera absoluta. Tal vez algdn día Jesús Navarro me lo explicará.
P. ¿Qué recuerdo, genérico, guarda usted de la posguerra?
R. Desde un punto de vista emocional y sentimental podría hablar de alguna novieta, de alguna tontería así. No hay gran cosa. O sí: lecturas, películas. En un sentido sociológico no creo que contasen demasiado los sentimientos. No tenía un conocimiento ni una curiosidad sobre la época como los que tengo ahora. Uno se dedicaba a salir a la calle a jugar, a coquetear con una nena, a bailar o a ir a la playa. Lo que sí puedo decir es que la ciudad y el barrio me entraban por los ojos. Como aprendiz del taller de joyería me pateé Barcelona. A los catorce años yo me la conocía de arriba abajo. Por ejemplo, el barrio Gótico, donde estaban los clavadores o grabadores, que eran los que clavaban las piedras y hacían los grabados. Todos, curiosamente, vivían por allá. En pisos pequeñitos y sórdidos y mal iluminados. Trabajaban en su propia casa, sobre un mostrador, con unas viseras verdes. Yo tuve un conocimiento físico de Barcelona desde muy niño. Por las calles circulaba mucha gente mutilada, muchos cojos y mancos. La gente tenía cara de mala leche, una cara de mala leche espantosa. Había hombres y mujeres que de repente caían por la calle, por debilidad, o por lo que fuera. Se trataba de una Barcelona muy triste, muy triste. Se daban pequeños dramas en los tranvías: el pobre mariconcete que intentaba tocarte el culo… Un día yo iba en la plataforma del tranvía, que estaba muy llena, y uno de ellos se me puso detrás y se intentó aprovechar. Me entró un ataque de machismo y me giré y le dije: “Salta inmediatamente del tranvía, marrano”. El caso es que el tranvía bajaba a toda pastilla por la calle Salmerón y este hombre cuando se sintió acosado por todas las miradas saltó al vacío y vino de un milagro que no se matara. No quiero decir que me gustara que estuviera allí, detrás de mí, pero me comporté como un salvaje.
P. Estoy un poco emocionado. No sé si me recuerdas: soy Xifreu.
R. Ricard Xifreu.
P. Exactamente. Sólo quería recordarte que también habíamos pasado buenos momentos, que no todo fue tristeza.
R. Muchas gracias.
*Barcelona, Palau de la Virreina, 7 de noviembre de 1996. Conversación originalmente reproducida en “Dietario de posguerra”, Ed. Arcadi Espada. Anagrama 1998. Incluida como apéndice en “Si te dicen que caí”, Juan Marsé. Fondo de Cultura Económica, Biblioteca de Premios Cervantes, 2009.
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