23 de abril

 No, no podemos

Los tribunales norteamericanos habrán de decidir, si llega el día, de qué modo y con qué consecuencias la administración Bush violó la ley en su respuesta al terrorismo islamista. Y si el actual gobierno del presidente Obama tiene acceso a pruebas o indicios de esa ilegalidad su obligación, muy obvia, es presentarlas. Sin embargo no es eso lo que se ventila en el debate sobre el inmediato pasado norteamericano. El debate auténtico no es judicial, sino moral y político.

En lo moral se plantea un conflicto que implica con frecuencia a los historiadores: hasta qué punto se pueden juzgar las conductas del ayer en las circunstancias de hoy. La actual indignación demócrata  ante la exhibición del protocolo de torturas mal se compadece con la unanimidad herida y feroz de los días subsiguientes al ataque de las Torres Gemelas. Yo soy de los que piensan que el gobierno, dado que tiene el privilegio de la decisión, no tiene el de la histeria; y pienso también que la superioridad moral de los buenos y decentes obliga a demostrar por qué lo son. Pero comprendo que haya otros criterios: por ejemplo el de aquellos socialistas convencidos de que no se podría juzgar la actividad del Gal desde otro paisaje moral que no fuera el de los cien asesinatos al año de ETA.

En lo político la cuestión es más simple. Obama y los suyos debaten ahora, más que el pasado, el futuro. Es decir, si van a someter al republicanismo a la tortura —gota a gota— del recuerdo políticamente controlado. La política española también ofrece en este sentido una analogía interesante. El interés político de los socialistas respecto a la guerra civil se explica (aparte de su siempre vivo empeño en querer ganarla) por algo más nítido y prosaico: la posibilidad de seguir arrinconando, fosa a fosa, al Partido Popular. Sin embargo, en el caso de Obama hay algo que dificulta la estrategia y que justifica la firme oposición que mantiene frente a ella Rahm Emanuel, su jefe de gabinete. El discurso electoral. Obama ganó las elecciones, como Sarkozy, a fuerza de rassemblement, de transversalidad y de unidad civil. Es legítimo que alguien base su programa político en el ajuste de cuentas y que pida a los ciudadanos su venia. Así ganó José María Aznar las elecciones de 1996. Pero, desde luego, no es el caso de Obama. En nombre de América y de su nacionalismo sentimental (pleonasmo) Obama llegó a aplicar la comprensión de las circunstancias al propio esclavismo. Y de ello es esclavo. No, we can’t.

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Correspondencias / Corona

Estimado Arcadi:

Ciertamente, en un país es síntoma de nobleza moral y de responsabilidad el perdonar e incluso asumir como propios los abusos y crímenes que se cometieron en el pasado; aunque uno no haya tenido que ver con ellos, aunque  fueran nuestros adversarios quienes los cometieron.

Hay reproches con justificación real. Es el caso del GAL, o la guerra de Irak. Otros son falsedades;  demuestran la nulidad intelectual y la mala intención de quienes los formulan. Así, por ejemplo, cuando se asocia al PP con el bando ganador en la guerra civil.

De este último tipo serían las tonterías que tenemos que oír de vez en cuando aquí en el Norte: el abuso  de la invasión de Navarra y su toma por las armas; la consequente imposición del castellano que, por tanto, no es nuestra lengua propia. Hay que ser bastante tonto y bastante canalla para, al cabo de quinientos años compartiendo este proyecto de España , no haber creado un vínculo afectivo con los otros españoles y no sentir la responsabilidad de trabajar para tirar del carro de los demás.

Aunque no tiene que ver con este tema, como le interesa el tema de controversia entre ciencia y fe, quería recomendarle el libro del profesor Fernández Rañada “Los científicos y Dios”. Tal vez ya lo conoce, el profesor Rañada es catedrático de Física  en Madrid.

Ultimamente ha publicado una biografía muy bonita de Heissenberg. Heissenberg había hecho una formulación  de la mecánica cuántica alternativa a la de Schrodinger. Éste partía de la continuidad de los fenómenos físicos, y aquél de su discontinuidad. Asombrosamente, ambas teorías eran equivalentes matemáticamente. Resulta interesante conocer a Heissenberg en otros aspectos, a través de este libro.

Un atento saludo

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Correspondencias / Germán Bunes

Querido Arcadi:

Desde el punto de vista de la legalidad no podemos, tiene usted razón. Entre otras cosas, por la imposibilidad de trazar una línea que señale los límites temporales de la revisión legal que se hará del ejercicio del poder. Una línea basada en criterios objetivos, claro.

Descontemos los casos en que la desviación del poder se denuncia ante la Justicia por particulares y con pruebas, casos en los que ningún prólogo cabe anteponer a la acción de los Tribunales; pero cuando es la Administración entrante, en alarde de transparencia, quien decide tirar de la manta y revisar legalmente el pasado, suele suceder que lo que pretende revisar es solo una parte del pasado que afecta a periodos en los que el partido rival gobernó; y la arbitrariedad a la hora de poner en marcha a la Jurisdicción no puede justificarse seriamente, aunque se intente a menudo.

En lo moral, político e histórico sí podemos; nosotros, los habitantes de le península (más concretamente los socialdemócratas peninsulares) gozamos de una auctoritas ilimitada en esos terrenos. A veces, incluso abandonamos su ámbito y nos adentramos en el legal con la peregrina pretensión de extender la jurisdicción de la Audiencia Nacional al Globo.

Así, nos felicitamos ante la posibilidad de una causa general a los subordinados de Bush. Desbordante sería la euforia si acabase con el procesamiento del rústico ex inquilino de la Casa Blanca (y, ya puestos, de Aznar ¿Puede usted imaginar las eyaculaciones?) Eso no será posible en Estados Unidos pero estamos en el ruedo ibérico. Existe, sin duda, el inconveniente de la querencia de Garzón por viajar con alguna frecuencia a aquel país, y el no menor de la peripatética devoción que Zp siente por un verdadero socialdemócrata: Obama. Y a ese verdadero socialdemócrata la Audiencia Nacional parece que no termina de convencerle. Busquemos soluciones imaginativas. No hace tanto que Pumpido hablaba irritado de Guantánamos electorales en Euskadi y ahora parece un jinete de rodeo volteando frenético el lazo en pos de batasunos camuflados de becerras (lo cual, por cierto, está muy bien).

Se trata de poner el foco sobre aquello que contribuya a mantener el mantra de la legitimidad moral socialdemócrata (originaria). Porque hay motivo y cuando gobiernan quienes no son verdaderos demócratas invaden Irak. Ilegalmente (existe- hubo que formularla – una teoría socialdemócrata sobre el modo legal de invadir Irak).

Cuando lee uno con atención las declaraciones del presidente Obama al respecto, percibe que anda tocando el violín en el asunto de las torturas. Influyen sin duda en sus titubeos consideraciones que nunca frenarían a un progresista español. Ojo, que ya lo decía hace algunas jornadas Gabilondo, Barack no puede dar marcha atrás, las sociedades occidentales se juegan su resto en el envite.

Ni más ni menos.

Aún recuerdo el arrobamiento de los comentarios de Gabilondo cuando la fugaz aparición de Súper López, la trascendencia casi mística que otorgaba a las palabras de aquel individuo llamado, según él, a inaugurar una nueva época en el mundo empresarial.

Cuídese,

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Correspondencias /  Quique

Estimado Arcadi Espada,

creo que olvida usted algo muy importante en su análisis: Un aspecto que diferencia de manera fundamental a casos como el del GAL, del de las torturas que aprobó la administración de Bush o de la misma guerra civil española. Es cierto que hay una dificultad en juzgar las conductas del ayer en las circunstancias de hoy. Pero es que en el tema del GAL el problema no era exactamente ese. Si el GAL hubiese sido una práctica reconocida por el Estado, que la sociedad en ese momento hubiese aceptado, tal vez ( y sólo tal vez) se le podría aplicar ( a la sociedad de entonces y al gobierno) el “eximente” de los cien asesinatos al año de ETA. Sería un debate moral. Pero lo cierto es que la mayor parte de la sociedad de la época ya criticaba el terrorismo del GAL en el momento en que se realizaba. Es decir, ya se juzgaba el hecho en su momento histórico, aunque no se tuvieran todos los datos de hasta que punto estaba implicado el gobierno. En los GAL la parte del gobierno implicada no consultó a sus ciudadanos ni les dijo la verdad, luego creo que puede juzgárseles sin ningún reparo histórico, aunque fuese a posteriori. Se trata y se trató de un debate judicial, no moral.

 

Desde luego el caso de las torturas aprobadas por la administración Bush es otro y aquí si que se puede utilizar el “eximente”, si se quiere, del ataque a las Torres Gemelas. Yo no lo haría, porque no creo que las torturas a prisioneros tengan justificación ninguna, pero, como usted dice, comprendo que haya otros criterios. La diferencia es que ni las torturas, ni el esclavismo se ocultaban ni eran una sorpresa para nadie. Como demuestra Philip Gourevitch en su libro La balada de Abu Grahib, en febrero de 2002 el presidente Bush hizo público un memorando formal en el que se decía “…Por norma, las fuerzas Armadas de Estados Unidos seguirán tratando con humanidad a los detenidos y, en la medida en que resulte apropiado y consistente con las necesidades militares, de forma coherente con los principios de Ginebra”. Osea, que la adhesión a los principios de Ginebra ya no era la ley, sino una decisión del comandante en jefe. En 2005 Bush ya vetó una modificación de una ley aprobada por el Senado que rechazaba los malostratos a los prisioneros con la excusa de que “limitaría la capacidad del presidente como comandante en jefe [del Ejército] para llevar a cabo de forma efectiva su guerra contra el terrorismo”. Lo que equivalía en la práctica a autorizar la tortura. En febrero de 2008 Bush justificó, en una entrevista en la cadena BBC, el uso de la “asfixia simulada” en los interrogatorios a sospechosos de terrorismo. Eso, o el vacío legal de la prisión de Guantánamo, por ejemplo, ya era conocido. Sin embargo, una parte de la opinión pública decidió seguir apoyando a su presidente en estos aspectos. Lo mismo ocurre con el esclavismo, una práctica refrendada por el Estado y apoyada por muchos americanos blancos en su momento.

 

Es obvio que Obama tenga que apelar a la unidad civil. No se trata de criticar a un gobierno que mintió a sus ciudadanos (algo en lo que, seguramente, conseguiría apoyo absoluto) , se trata de juzgar todo un momento histórico, donde se pone en juego la permisividad de parte de la opinión pública y política americana en estos asuntos. Es, como usted dice, además de un tema judicial, un debate moral y político. Aquí sí que la dificultad de juzgarlo desde otro momento histórico es mayor. Por eso el esfuerzo de Obama para, además de críticar, entender y poder pasar página, es comprensible.

 

Un saludo

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