29 de marzo
La descripción más conmovedora y veraz que existe del amor conyugal la ha escrito Douglas R. Hofstadter en Yo soy un extraño bucle. Atraviesa el post scriptum de un sobrio capítulo de entrelazamientos y el capítulo siguiente, que es de una tristeza arrasadora y debe leerse con precaución.
«Una de mis fuentes de inspiración para la historia de Gemelolandia fue el pensar en el matrimonio como en una especie de “individuo de nivel más alto” compuesto por dos individuos corrientes. Muchas parejas casadas adquieren de forma natural esa noción a lo largo de años y matrimonio. En realidad, yo mismo había intuido algo así antes de casarme y recuerdo cómo, en las intensas semanas que precedieron a la boda, encontré esta idea en forma de implícito y conmovedor tema en el libro Matrimonio: Mantenerse juntos en la época del divorcio, de Francine Klagsburn. Por ejemplo, al final del capítulo sobre terapia y asistencia psicológica a las parejas casadas, Klagsburn escribe: “Creo que un terapeuta debe ser neutral e imparcial en relación con ambos cónyuges, los dos pacientes que integran la pareja, pero no estaría mal que practicara cierto sesgo a favor del tercer paciente, la pareja en sí”. Me impresionó la idea de considerar al propio matrimonio como un «paciente» sometido a terapia y debo confesar que, a lo largo de años, la verdad que subyace bajo esa imagen me ayudó mucho en los años difíciles de mi propio matrimonio. El vínculo creado entre dos personas que llevan mucho tiempo casadas es a menudo tan fuerte que, cuando fallece una de ellas, la otra muere también poco después. Y si la segunda sobrevive, es frecuente que albergue la terrible sensación de haber sido despojada de la mitad de su alma. En los días felices del matrimonio, ambos cónyuges poseen, por supuesto, intereses y formas de ser individuales, pero a la vez acumulan tal cantidad de intereses comunes que a lo largo de los años una nueva entidad va tomando forma.En el caso de mi matrimonio, esa entidad era Carol-y-Doug, un ente al que a veces llamábamos en broma Doca o Cado. Nuestra unidad-en-la-dualidad comenzó a emerger con claridad en mi mente ya durante el primer año de casados. Recuerdo una cena en casa a la que asistieron varios amigos y en la que, cuando por fin nos quedamos solos Carol y yo, nos pusimos mano a mano a lavar platos. Llevamos la vajilla a a cocina y mientras lavábamos, aclarábamos y secábamos platos y cubiertos, rememoramos juntos la velada, riendo encantados ante nuestras inesperadas y espontáneas interacciones y comentando quién nos había parecido contento y quién triste. Y lo sorprendente de aquella conversación post partyum fue que coincidimos en casi todas las apreciaciones. Había algo que estaba empezando a tomar cuerpo y en ese algo participábamos los dos. Recuerdo también el curioso comentario que alguna vez nos hicieron, cuando llevábamos varios años de casados: “Os parecéis tanto…” Me llama aún más la atención porque creo que Carol era una mujer hermosa, completamente distinta de mí en el aspecto físico. Y sin embargo, a medida que pasaron los años, empecé a ver que había algo en su mirada, en su forma de ver el mundo, que me recordaba mi propia mirada y mi propia actitud hacia aquél. Concluí que ese “parecido” que veían nuestros amigos no estaba localizado en la anatomía de nuestros rostros; era más bien como si algo en nuestras almas se proyectase hacia el exterior y fuera perceptible como una cualidad abstracta en ciertas fotografías en las que aparecemos juntos.»
Es cierto, cualquier pareja verdadera es cosa de tres. Yo he visto crecer la mía en estos años, con una lentitud de hierba. No hay otro amor así capaz de proyectarse. Ni el de los padres; yo, que he tenido la felicidad de conocerlo; ni el de los hijos, por el que uno iría al martirio; no hay hermanos ni amigos capaces de construir otra entidad en sí, a la vez siamesa y autónoma.
Las mañanas de los domingos, desayunando y mirándote, lo sé. Nunca, ni en el sexo las cenas o los viajes, nunca como entre el olor de café y el crujir de los hojaldres recién hechos, adviene la presencia del tercero en concordia y su plena posesión de los dos.
(Post scriptum)
Cuando acabó de leerlo, me miró sonriendo y me dijo:
–Qué cosas empiezas a escribir… Estás entrando en decadencia.
No hará falta subrayar que era, exactamente, lo que yo estaba pensando.
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Correspondencias / Ramon Canet
Es un libro ciertamente peculiar. Uno puede admirar cómo el autor desarrolla la idea del yo/consciencia como bucle autorreferente, de una forma progresiva, pieza a pieza, peldaño a peldaño, como en una buena novela de intriga. Cómo mezcla, armoniosamente, conceptos aparentemente tan dispares como el Teorema y el número de Godel, la neurología, el conocimiento borroso…, temas iniciados aunque no completados en “Godel, Escher y Bach, un eterno y grácil bucle”. Al leerlo he tenido la sensación de completar un círculo, puesto que leí el primero de los libros hace casi veinticinco años. Me introdujo en estos temas, pero quedaba la impresión de que aún no se había acabado de solidificar (asentar..) la tesis central que en el último libro tan rotundamente explicada queda (se puede o no compartir la idea, pero no se puede negar que está intelectualmente bien trabada). Se lo he regalado a mi hijo universitario (magisterio musical en Barcelona) para que entienda la idea de que el universitario ha de tener una mente abierta a todo conocimiento aunque venga de áreas tan aparentemente dispares como la ciencia, la música, la psicología… (Además le regalé un libro para ayudarle a que analice las noticias, llamado “Periodismo práctico”, puesto que una profesora le aconsejó/obliga a leer periódicos y ver noticias en la televisión)
Pero entremezclada está la desgarradora declaración de amor y tristeza hacia Carol Hofstadter. Y no sé cual de los temas es mejor… Me ha sorprendido y a la vez alegrado que esté leyendo este libro y lo mencione en su blog.
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Correspondencias / Ledo Lemos
Estimado profesor:
Según parece, Platón no simpatizaba mucho con la institución matrimonial: no la consideraba apropiada para aquella clase dirigente de “filósofoi-basiléis” que prevé en su “República”. Y, sin embargo, si usted relee el Mito de Andrógino, recogido en “El Banquete”, se percatará de que la descripción que ofrece Hofstadter del matrimonio como un “individuo de nivel más alto” coincide plenamente con la situación de esos dos semicuerpos desgarrados violentamente y que buscan enloquecidos la unidad originaria. Bien es verdad que tal mito está puesto en boca del cómico Aristófanes, y es cierto también que con dicho mito se pretende demostrar la superioridad de la pareja homosexual sobre la heterosexual.
Nihil novi sub sole.
“En primer lugar, tres eran los sexos de los hombres, no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que era común a esos dos, del cual perdura aún el nombre, aunque él mismo haya desaparecido. El andrógino(hombre-mujer), en efecto, era entonces una sola cosa en cuanto a figura y nombre, que participaba de uno y otro sexo, masculino y femenino, mientras que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia. En segundo lugar, la figura de cada individuo era por completo esférica, con la espalda y los costados en forma de círculo; tenía cuatro brazos e igual número de piernas que de brazos, y dos rostros sobre un cuello circular, iguales en todo; y una cabeza, una sola, sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, y también cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás según puede uno imaginarse de acuerdo con lo descrito hasta aquí. Caminaba además erecto, como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera; mas cada vez que se lanzaba a correr rápidamente, del mismo modo que ahora los saltimbanquis dan volteretas haciendo girar sus piernas hasta alcanzar la posición vertical, avanzaba rápidamente dando vueltas, apoyándose en los ocho miembros que tenía entonces.
Eran tres los sexos y de tales características por la siguiente razón: lo masculino era en un principio descendiente del sol, lo femenino de la tierra, y lo que participaba de ambos de la luna porque también la luna participa de lo uno y de lo otro. Y precisamente eran circulares ellos mismos y su manera de avanzar por ser semejantes a sus progenitores. Eran, pues, terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto de que atentaron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Oto y Esfialtes; se dice también de ellos, que intentaron ascender al cielo para atacar a los dioses. Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron lo que debían hacer con ellos, y se encontraban ante un dilema, ya que ni podían matarlos ni hacer desaparecer su raza, fulminándolos con el rayo como a los gigantes –porque entonces desaparecerían los honores y sacrificios que los hombres les tributaban-, ni permitir que siguieran siendo altaneros. Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: “Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó-, voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número. Caminarán erectos sobre dos piernas; pero si todavía nos parece que son altaneros y que no están dispuestos a mantenerse tranquilos, de nuevo otra vez -dijo- los cortaré en dos, de suerte que avanzarán sobre una sola pierna saltando a la pata coja”. Dicho esto, fue cortando a los hombres en dos, como los que cortan las yerbas y las ponen a secar o como los que cortan los huevos con crines. Y a todo aquél al que iba cortando, ordenaba a Apolo que le diera la vuelta al rostro y a la mitad del cuello en el sentido del corte, para que, al contemplar su seccionamiento, el hombre fuera más moderado, y le ordenaba también curarle lo demás. Apolo le iba dando la vuelta al rostro y, recogiendo la piel que sobraba de todas partes en lo que ahora llamamos vientre, como ocurre con las bolsas cerradas con cordel, la ataba haciendo un solo agujero en mitad del vientre, precisamente lo que llaman ombligo. En cuanto al resto de las arrugas, la mayoría las alisó, y conformó el pecho sirviéndose de un instrumento semejante al que emplean los zapateros para alisar sobre la horma las arrugas de los cueros. Mas dejó unas pocas, las que se encuentran alrededor del vientre mismo y del ombligo, para que fueran recordatorio de lo que antaño sucedió.
Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza, y morían por hambre y por su absoluta inactividad, al no querer hacer nada los unos separados de los otros. Y cada vez que moría una de las mitades y sobrevivía la otra, la que sobrevivía buscaba otra y se abrazaba a ella, ya se tropezara con la mitad de una mujer entera -lo que precisamente llamamos ahora mujer-, ya con la mitad de un hombre; y de esta manera perecían. Mas se compadeció Zeus y se ingenió otro recurso: trasladó sus órganos genitales a la parte delantera (porque hasta entonces los tenían también por fuera, y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras).Los trasladó, pues, de esta manera a su parte delantera e hizo que por medio de ellos tuviera lugar la concepción en ellos mismos, a través de lo masculino en lo femenino, a fin de que, si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie, mientras que si se encontraba hombre con hombre, hubiera al menos plenitud del contacto, descansaran, prestaran atención a sus labores y se ocuparan de las demás cosas de la vida.
Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de unos a otros innato en los hombres y aglutinador de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo individuo de dos y de curar la naturaleza humana. Cada uno de nosotros es, por tanto, una contraseña(1) de hombre, al haber quedado seccionados, como los lenguados, en dos de uno que éramos. Por eso busca continuamente cada uno su propia contraseña. En consecuencia, cuantos hombres son sección del ser común que en aquel tiempo se llamaba andrógino, son aficionados a las mujeres, y la mayoría de los adúlteros proceden de este sexo; y, a su vez, cuantas mujeres son aficionadas a los hombres y adúlteras proceden también de este sexo. Pero cuantas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha atención a los hombres, sino que se interesan más bien por las mujeres, y las lesbianas proceden de este sexo. En cambio, cuantos son sección de varón, persiguen a los varones, y, mientras son niños, como son rodajitas de varón, aman a los hombres y disfrutan estando acostados y abrazados con los hombres, y son éstos los mejores de los niños y muchachos, por ser los más viriles por naturaleza. Hay quienes, en cambio, afirman que son unos desvergonzados, pero se equivocan, pues no hacen esto por desvergüenza, sino por audacia, hombría y virilidad, porque desean abrazarse a lo que es semejante a ellos. Y una clarísima prueba de ello es que, cuando llegan a su completo desarrollo, los de tal naturaleza son los únicos que resultan viriles en los asuntos políticos. Y cuando se hacen hombres, aman a los muchachos y no se preocupan del matrimonio ni de la procreación de hijos por inclinación natural, sino obligados por la ley, pues les basta pasarse la vida unos con otros sin casarse. En consecuencia, la persona de tal naturaleza sin duda se hace amante de los muchachos y amigo de su amante, ya que siempre siente predilección por lo que le es connatural.
Así pues, cuando se tropiezan con aquella verdadera mitad de sí mismos, tanto el amante de los muchachos como cualquier otro, entonces sienten un maravilloso impacto de amistad, de afinidad y de amor, de manera que no están dispuestos, por así decirlo, a separarse unos de otros ni siquiera un instante. Y los que pasan la vida entera en mutua compañía son éstos, que ni siquiera sabrían decir lo que quieren obtener unos de otros. Nadie, en efecto, podría creer que lo que pretenden es la unión en los placeres sexuales, y que es ése precisamente el motivo por el que el uno se complace en la compañía del otro con tan gran empeño. Al contrario, el alma de cada uno es evidente que desea otra cosa que no puede decir con palabras, sino que adivina lo que desea y lo expresa enigmáticamente. Y si cuando están acostados juntos se les presentara Hefesto con sus instrumentos y les preguntara: “¿Qué es lo que deseáis, hombres, obtener el uno del otro?”; y si, al no saber ellos qué contestar, les volviera a preguntar:«¿Acaso lo que anheláis es estar juntos lo más posible el uno del otro, de suerte que ni de noche ni de día os faltéis el uno al otro? Porque si es eso lo que anheláis, estoy dispuesto a fundiros y a unir vuestras naturalezas en una misma, de forma que siendo dos lleguéis a ser uno solo y, mientras viváis, como si fuerais uno solo, viváis los dos en común, y, cuando hayáis muerto, allí también, en el Hades, en lugar de dos seáis uno, muertos ambos en común. “¡Ea! mirad si es esto lo que anheláis y si os dais por satisfechos con conseguirlo”. Al oír esto, sabemos que ni siquiera uno solo se negaría ni dejaría ver que desea otra cosa, sino que sencillamente creería haber escuchado lo que anhelaba desde hacía tiempo, es decir, unirse y fundirse con el amado y llegar a ser uno solo de dos que eran. Pues la causa de esto es que nuestra antigua naturaleza era ésa que se ha dicho y éramos un todo; en consecuencia, el anhelo y la persecución de ese todo recibe el nombre de amor. Antes, como digo, éramos un sólo ser, pero ahora, por la falta cometida, hemos quedado separados por la divinidad, como los arcadios por los lacedemonios. Existe, pues, el temor de que, si no somos ordenados en nuestras relaciones con los dioses, seamos de nuevo divididos y vayamos de acá para allá a la manera de los que están esculpidos de perfil en las estelas, aserrados en dos por las narices, convertidos en medias tabas(2) .
Por eso todo hombre debe exhortar a los demás a mostrarse piadosos en todo con los dioses, a fin de que evitemos unas cosas y consigamos otras, teniendo a Eros como guía y caudillo nuestro. Que nadie obre contra él -pues obra contra él cualquiera que se enemiste con los dioses -, porque si nos hacemos amigos y nos reconciliamos con el dios, descubriremos y nos encontraremos con nuestros amados correspondientes, cosa que ahora logran sólo unos pocos. Y que no me interrumpa Erixímaco y se burle de mi discurso, pensando que me refiero a Pausanias y Agatón – pues tal vez dé la casualidad de que ellos sean de ésos y ambos varones por naturaleza – sino que, claro está, yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza. Y si esto es lo mejor, forzosamente, en las circunstancias actuales, lo mejor ha de ser lo que esté más cerca de ese ideal, esto es, encontrar un amado cuya naturaleza corresponda a nuestra índole. Por consiguiente, si queremos celebrar al dios causante de esto, con justicia celebraríamos a Eros, que en el presente es nuestra mayor ayuda, conduciéndonos hacia lo que nos es afín, y para el futuro nos proporciona las mayores esperanzas de que, si mostramos piedad para con los dioses, nos restablecerá en nuestra antigua naturaleza y nos curará, hasta hacernos dichosos y felices.
Este es, Erixímaco -concluyó Aristófanes-, mi discurso acerca de Eros, diferente del tuyo”.
(Platón: “ El Banquete”, 189-193)
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Correspondencias / Nor
Estimado Sr. Espada
Me temía que acabaría usted por escribir esta entrada. Casi llegó a hacerlo cuando se refirió a un libro de Boadella en el que cuenta su felicidad matrimonial. Allí calificaba usted de “siniestro” lo relativo a quienes no poseemos, o nos preservamos de tenerla, tal entrañable y perfecta relación. Yo soy un poco experto en mujeres casadas…; pero no conmigo. Así es que creo que debiera añadir un cuarto factor a su análisis tan bonito: yo, mi mujer, nuestra parejita (que somos como uno, tan dichosos) y quien hace que a veces el móvil de mi esposa esté fuera de cobertura o apagado inopinadamente. Por supuesto que no es nada personal contra usted, ya lo sabe de sobra. Admiro que quiera hacerse el cándido. Me entusiasma. Soy un gran seguidor suyo, pero en este caso, creo que usted patina.
Un saludo
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Correspondencias / Eugenia
Querido Arcadi,
Qué atrevida tu defensa de una institución aparentemente tradicional. Me ha recordado la revelación que tuve hace algunos años sobre lo que es una relación de pareja: no es una historia de amor sino una aventura. Una aventura á deux.
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Correspondencias /Santiago Navajas
Estimado Arcadi,
¿Has visto la entrevista de Punset al matrimonio Lipton-Barash? La monogamia y la poligamia, la oxitocina (te quiero) y la dopamina (te deseo), lo natural y lo bueno. La poligamia pertenece al ámbito del ser (humano) mientras que la monogamia se sitúa en el deber ser. O, dicho de otro modo, el sistema límbico (adicto a los chutes de dopamina) frente al córtex (Kant y sus imperativos categóricos). El combate es apasionante y hace falta la inteligencia de Ulises para sortear las sirenas. Una buena estrategia puede ser combinar los croissants con aquello que le sugería Nicole Kidman a Tom Cruise al final de Eyes wide shut, magistral investigación de Kubrick-Schnitzler sobre el reverso tenebroso de la cuestión que planteas.
Naturalmente, habría sido de muy mala educación que Punset le hubiese preguntado al científico matrimonio (ese tercero) cómo lleva el mito… (y luego haberlo comparado con lo que decía cada uno de ellos por separado al amor del calor en un bar)
Un saludo
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Correspondencias / Juan Abreu
Mi querido Arcadi, ¿el alma?; cuánto me gusta que ya la sobes. No discutiré yo que hay mucho amor en ese terreno domesticado. Pero son las virutas. Y que somos animales rutinarios. Por otro lado al martirio lo mandan a uno los genes. En lo tocante al sexo, ya hablaremos del advenimiento del tercero en corcordia.
La pareja es, como en el poema del gran Lezama Lima, el seguro paso del mulo en el abismo.
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Correspondencias / Vicente Carbona
Dear A:
True that. Yo estoy casado ya 29 años con “my better half”. Curioso que quizás mi condición de ateo cabrón me hace apreciar sinceramente la dulce y simple realidad de las relaciones que no exigen nada, que no ponen reglas, que no demandan. Yo a mi mujer no la engañaría, porque la admiro y la respeto. Mi relación con mi alma mater (en mi caso: meaning “Nourishing Mother of Life Studies”), me ha hecho un auténtico hombre, si eso es posible. Para esto no he necesitado ni leyes, ni religiones, ni ideologías, ni patrias. Ha sido, como dices, la suerte de adivinar “la presencia del tercero en concordia y su plena posesión de los dos”.
“Si alguna vez amé, si algún día después de amar, amé, fue por tu amor…” Kudos.
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Correspondencias / Ángel Duarte
Por una vez, y sin que sirva de precedente, déjese de hostias. No es decadencia, es lo más parecido que debe haber al sosiego, a la serenidad. O sea, que mi enhorabuena.
Alguien que no tuvo éxito en el empeño.
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Correspondencias / Caramueco
Lo que ha escrito sobre el amor conyugal es precioso. Le felicito y me alegro de su felicidad.
Abajo le copio una broma. El periodismo automático se queda corto al lado de esto. Hay gente “automática”. Afortunadamente, usted no.
A seguir bien.
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Correspondencias /Ana Nuño
Querido, encuentro por ahí estas palabras atribuidas a Candice Bergen. Que estuvo casada con Louis Malle. Ah, y es hija de ventrílocuo:
“I used to believe that marriage would diminish me, reduce my options. That you had to be someone less to live with someone else when, of course, you have to be someone more.”
Por eso fracasan tantos matrimonios: nada más fácil que convertirse en otro, ni más difícil, sin dejar de ser uno mismo, que ser alguien más.
Un abrazo
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Correspondencias /M.A
Estimado Arcadi:
Es muy hermoso y poético lo que ha escrito. Y uno, al que quince años de matrimonio aún no le han hecho perder su espíritu prosaico y urbano, a veces, acaricia el propósito de ser un gran hombre (casado).
“Y todavía hay, aquellos que dicen: las mejores canciones, las de amor. ¡Va, llaman amor al desamor! Porque todos sabemos que no hay vínculos inquebrantables. Nada es perdurable. Nada es lo que antes parecía ser. Quien cree tener el amor perfecto, una amistad perfecta, una confianza perfecta, sólo lo cree porque aún no ha llegado al conocimiento: que toda relación humana es precaria. Podría morir con la ilusión de la felicidad, pero sólo serviría para demostrar que la muerte se adelanta a la traición. Si vives el tiempo suficiente, inevitablemente llega la traición.”
Recuerdos.
Un saludo.
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Correspondencias /Marta
Estimado Arcadi
Ayer mismo estaba leyendo a Sandor Marai, sus Diarios (1984-1.989). Este sentimiento de Marai y el tuyo sobre la pareja como tercero en concordia, me llena de esperanza. Claro que seguro que ninguna revista de las que nos dan lecciones de comportamiento de parejas, “comprarían”, estos sentimientos.
Marai, tú y yo, y muchos más, somos unos decadentes. Claro que como decian los espartanos en Axteris en los Juegos Olímpicos…. Decaigamos, decaigamos
Besos
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Correspondencias / Germán Bunes
Querido Arcadi:
Qué bonito es el amor; máxime si, mediante el uso de las más modernas técnicas hipostáticas, posibilita el advenimiento de un tercero en discordia al que vemos crecer con la lentitud de la hierba o, en el peor de los casos, de una película de Rohmer.
Seamos razonables, cómo no va a chocar a un joven solterón como yo la lírica inopinada de su entrada sobre el amor conyugal. Y no porque no haya yo detectado lirismo en su prosa en ocasiones anteriores, al contrario, la claridad de su palabra escrita y la inusual combinación que a veces consigue entre ideas lúcidas y expresión precisa me emocionan intelectual y estéticamente (en la medida, claro, de mis modestos alcances). Pero la emoción sentimental de antes de ayer, esa ha sido todo un descubrimiento. No hay belleza comparable a la que decae cuando de mujeres bellas se trata, ni sentimentalidad más contenida que la de los hombres inteligentes que alcanzan la (decadente) edad provecta.
Un abrazo
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Correspondencias / Maite Díaz
Querido Arcadi,
hay un verso que se me ha quedado grabado desde mi adolescencia, no sé de quién es: hipostasiarse en àngeles. Evoca una transformación, idílica, alquímica o química realmente, si hablamos de la pareja como “un extraño bucle”. En tu precioso post del domingo, està esa luz ideal rebosante de serenidad y sosiego, el amor a tu mujer, y luego hablas de un tercero en concordia poseyéndolos a los dos. Y yo he pensado en la forma geométrica del triàngulo, la estructura perfecta de las composiciones renacentistas y en la armonía de la asimetría. El retrato sería como el gran vidrio de Duchamp y, el tercero como un recipiente en ebullición en el que fusionarían las diferencias, se lograrían los acuerdos, se establecerían las luchas y sería el espacio de los “demonios” y a la vez, tras todo ésto, se destilaría la serenidad y el amor conyugal para dejarnos esa hermosa instantànea con vocación de eternidad (posible) y fondo del crujir de hojaldres. Me gusta leerte porque nos dejas la sensación durante días, y es precisamente en ese principio ligero intangible de debilidad en el que el amor y sus abismos nos mantiene entre la estabilidad y la decadencia.
Besos
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Correspondencias / Manuel Fernández-Valdés
Querido, Arcadi,
¡Qué papelón hablar del amor adulto! Precisamente la semana pasada, mi amigo, y alumno suyo, Enrique Baró me hizo un regalo que está relacionado con el tema. Es una curranda dedicada a la pareja estable. Una verdadera excentricidad para un grupo de música: ni sangre, ni pasión, ni girones de piel, ni gabardinas mohídas y tal y tal. Espero que la disfrute tanto como yo.
Estos chicos en concierto animan al público a que suban al escenario y canten sus propias currandas. Es una maravilla. Si se atreve aquí tiene ejemplos: uno y dos.
Finalmente, y cambiando de tema, espero que se haya enterado de que en Galicia el resultado de la guerra civil ya no es incierto: finalmente, ganamos.
un abrazo




