28 de marzo

La conexión (y III)

Querido J:

Hace un par de años el director de Google auguró en una entrevista en el Financial Times que la política y los políticos aún no estaban totalmente expuestos al impacto de internet. Y que en poco tiempo la red les aplicaría, online, tests de la verdad, es decir, que los votantes serían capaces de comprobar si sus declaraciones factuales estaban siendo correctas. Eric Schimdt insinuó la posibilidad de que su empresa desarrollara un software aplicado a esta tarea, una suerte de google factchecking que comparara sus hechos de hoy con las promesas del ayer o, más sofisticadamente, las promesas de hoy con los hechos de ayer. Del software no ha habido más noticia pero la evaluación del grado de veracidad de las declaraciones de los políticos se ha convertido en una práctica habitual en la red. Y hay páginas como The FactCheck Wire, intensa y bellamente comprometidas en la cuestión. Hablar popularmente de política es hablar del crédito de los políticos. Y la pregunta es si ha cambiado internet la manera de hacer política. La respuesta española es no. El ejemplo, sin embargo, es irrelevante. España es un país cada vez más exótico. Es un país donde, como ha declarado la comisaria europea Viviane Reding  «los precios del acceso a internet suben y la penetración baja», exactamente lo contrario de lo que sucede en cualquier otro país. Aunque tampoco en América parece que internet haya aportado grandes novedades a la retórica y contenido del mensaje político. El carácter eminentemente emocional de la política sigue intacto. La elección de Obama es un ejemplo. El yes we can se inscribe en el ámbito tradicional de lo emotivo (la televisión) antes que en el periodístico. Internet no obligó a Obama, por ejemplo, a corregir la vaguedad e incertidumbre de su programa político. Al menos por el momento los cambios son dudosos en este sentido.

Ahora bien: no hay duda que la red ha facilitado de una forma desconocida la organización, el reclutamiento y hasta la financiación política. Permitirás que me empotre entre Obama y la red, sólo por un párrafo. Hace un tiempo, en el verano del 2005, un grupo de ciudadanos publicamos un manifiesto que llamaba a la constitución de un partido político en Cataluña. Eso fue después de un año de cenas. Sin internet hubiéramos seguido cenando. Y concluyendo, comme d’habitude, que hay que ver cómo está el mundo, Facundo. Pero en cuanto decidimos abrir una rudimentaria lista de correo para intercambiar ideas, propuestas y borradores el asunto se aceleró vertiginosamente. Un año después del llamamiento el partido celebró su congreso fundacional y poco después obtuvo tres diputados en las elecciones catalanas. Ese proceso está descrito en miles de correos electrónicos que algún día habrá que publicar por su carácter altamente pedagógico. Se aprecian en ellos algunas cuestiones de interés. Por ejemplo: cómo la velocidad en la circulación de ideas y propuestas debe matizarse con el hiperdebate que esa misma característica genera: en internet discutir es tan fácil y cómodo que puede confundirse fácilmente con la acción. Hay otra cosa vinculada con esta facilidad y muy llamativa: siendo internet para alguna opinión distópica el paradigma de la frialdad y el aislamiento el proceso de construcción del movimiento ciudadano me demostró todo lo contrario: nunca disfruté de una experiencia de lo comunitario que fuera comparable.

Comprenderás que esta pequeña memoria de la Conexión no concluya sin aludir a la consecuencia más directamente política que la red ha producido, y que está vinculada con mi oficio. En principio no habría tenido por qué ser una conclusión política. La desaparición del periodismo industrial a manos de la red no tenía que ir más allá de una conclusión económica, comparable a la que se deriva de la desaparición o reconversión de otros sectores industriales. Pero la centralidad del debate se está desplazando, con alegre frivolidad, hacia la desaparición del propio periodismo. La red celebra hoy con encantamiento viral las reflexiones de Jeff Jarvis o de Clay Shirky. Yo también, discrecionalmente. Pero me asombra su escasa capacidad de contemplar el mundo. Aunque no lo parezca, la primera habilidad de un visionario debe ser contemplar el mundo y no parece razonable obviar un hecho fundamental de la relación entre el periodismo y internet: un 1% (¡el periodismo industrial!) produce el 99% del periodismo que circula en internet. Nicholas Carr puntualizaba hace poco en Edge, con tanta elegancia como contundencia, un reciente post de Shirky donde se aludía al 1500 y a la invención de la imprenta como referente histórico de nuestro hoy: «Shirky habla del trastorno que se produjo tras la invención de la imprenta de tipos móviles. Pero un elemento importante de esa historia, del que él no habla, es la creación del copyright y de otras protecciones de la propiedad intelectual que sirvieron para restringir lo que las nuevas imprentas podían imprimir. La prensa impresa redujo drásticamente los costes de copia, pero eso no condujo a la aniquilación de la escritura y la publicación como iniciativas rentables. Todo lo contrario. La reducción de los costes de copia, combinada con las protecciones de la propiedad intelectual, dio lugar a la industria editora moderna.»

Internet es la mejor herramienta que ha tenido la prensa en toda su historia. Nada ha facilitado tanto la precisión y la verificación, y son los dos sustantivos más preciados del periodismo. Pero internet ha permitido, indiscutiblemente, otra cosa que los múltiples jarvis (y ya no hablemos de sus débiles ecos ibéricos) parecen olvidar: y es el acceso directo de la fuente al receptor. Si la caída del periodismo industrial arrastra al propio periodismo el socavón no lo llenará una angélica e idealista pandilla de twitts: lo llenarán los departamentos de las grandes corporaciones, de los complejos militares (apreciarás el ardoroso léxico chomskyano que estoy utilizando), del establishment político y económico. Si algo he aprendido después de treinta años de periodismo es que el sueño intacto de la casta es este: comunicarse directamente con el comprador/elector sin la molesta aduana de los mediadores. Otra cosa es saber hasta qué punto los periodistas han pasado de aduanas a peajes. Otra memoria. Ahora es el momento de mi memoria conectada. Y de acabarlo con la evidencia de que algunos de esos gratuitos apogeos tecnocursis implican que a la democracia le sustituya la publicidad.

Sigue con salud
A.

(Links: Verónica Puertollano)

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Correspondencias / Ana Nuño

Querido Arcadi, leo esto en una vieja entrada (10 de mayo de 2007) de boston.com:

“Candidates want to tap into the uncontrollable citizen power of the Internet, but they also want to control their message. In a growing number of cases, campaigns are finding these efforts impossible to reconcile.”

“Imposible reconciliación”: el tag que mejor resume tu Correo Catalán de hoy. Y sí, sólo la publicidad nos reconcilia con cualquier cosa.

Anyway, we’ll always have Paris

Besos,

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Correspondencias / Bartleby

Estimado Arcadi:

Internet (mayuscula capitular, no hay mayor adoracion) sirve sin duda para organizar iniciativas politicas de ciudadanos, que para eso es un adelanto social. Pero tambien es un adelanto muy propicio a organizar la adhesion y rechazo directo de los clientes al producto politico. Es decir, dar rienda suelta a la emotividad del elector para aumentar y gestionar su dependencia sentimental de la oferta politica que lanzan al mercado los estados mayores de los partidos. Recurriendo al lenguaje que usted usa en su articulo del dia, aqui entran en juego dos utilidades del invento que el politico como vendedor esta aprendiendo rapidamente a usar en beneficio propio: primero, saltarse las aduanas de la representacion (de las instituciones) y evitar el consiguiente pago de dos peajes (control y estabilidad de esos mediadores), consiguiendo colar de matute algun contrabando importante como es la consagracion de la comunicacion directa con los electores. Es precisamente el arrinconamiento y condena de la mediacion lo que busca, publicitarios de los programas televisivos y de internet mediante. Del ya clasico Tengo una pregunta para usted al mas avanzado Obama tiene un mensaje para ti. La fuerza del cliente disperso por la red, aun organizado en nuevos partidos o asociaciones como la que cita, siempre es menor que la de las instituciones. De momento, claro, que ahi esta otra revolucion pendiente.

La segunda cuestion de este internet-atajo es el juego de la veracidad de la misma politica, dividido a su vez en la red como maquina de la verdad para control de promesas electorales y politicas en marcha, y la misma verosimilitud del politico. Y aparente paradoja, puede haber una relacion inversa entre ambas monedas de cambio: puede pillarse en mentira electoral o falta gestora al politico pero a la vez aumentar su credibilidad para el elector, ya que el atajo de la comunicacion directa es un artilugio de representacion esceenica paralela a la funcion de teatro clasica. Evitar esa impunidad que persigue el politico buscando la complicidad del elector al convertirlo en cliente es una empresa que tambien permite internet.

(Disculpe la falta de decoro que significa escribir sin tildes pero lo hago desde un teclado que representa bien ese atajo entre oferta y demanda, politica, periodistica y general).

Un saludo

Correspondencias /Lugar Fundamental

Miedo me da imaginarme un mundo donde Google valore la veracidad y presumible competencia de un candidato político. Espero que no se tome ese sendero reduccionista, porque muchos lo seguirían. ¿Qué habría sido de un Churchill, o de un Carlos III ante esa “máquina de la verdad” manejada por un Julián Lago? A un Stalin o a un Hitler les hubiera sonreído la fortuna. Creo que ya hay demasiadas burocracias interesadas como para añadirles una más en forma de ‘factchecking’.

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