22 de marzo
A Josema y Alejandro Barreneche 1964 les pilló en París. Lo raro es que les hubiera pillado en Barcelona. En el escaparate de una pastelería había unos hojaldres con glasa muerta. Alejandro dijo que iba a entrar a probarlos. Josema se encogió de hombros. Cuando Alejandro salió de la pastelería le brillaban los ojos. ¡Y era glasa muerta!
–Podríamos estirar la pasta y hacer unos palitos, y ponerle unos puntos de almendra, ¡y comerlos, Josema, y comerlos!
Brillaba el sol en París cuando volvieron a casa. Allí mezclaron agua, harina de fuerza, mantequilla y sal, azúcar, clara de huevo y limón. No vale la pena detallar las propociones. El animalito sólo tiene un secreto y son sus pliegues. No lo reveló Alejandro. No lo revelará Josema. Ni sus descendientes. Yo comprendo, acato y aplaudo el secreto. Mi descarriada vida me llevó muchas noches por los salones. La avaricia catalana. A veces desplegaban los papeles crujientes y aparecían hojaldres de remotos establecimientos. No siempre pude marcharme. ¡Ustedes no saben lo que es comerse un plagio!, proclamé una noche en la casa de una simpática agente de información literaria.
La mañana de posguerra que Alejandro tuvo listos los primeros prototipos estaba en la tienda Carmen Mateu, hija de Mateu. Le dieron a probar y los encontró deliciosos, oye. Entonces alguien proclamó vertebrado:
–Pues los llamaremos diplomáticos. En honor de su padre.
Su padre, en efecto, fue embajador en París. Y alcalde de Barcelona. Y señor de Perelada. Tal vez por semejante profusión algunos clientes entran hoy en la tienda y piden una bandeja de generales o de cónsules o de embajadores.
Al padre también le llamaban Mateu dels ferros, que es como se piden los diplomáticos en las pastelerías de la competencia.


