13 de marzo

Jóvenes armados disparan

Ayer fue un día muy extraño en los periódicos. En los periódicos suceden cosas en verdad muy extrañas, coincidencias asombrosas y asociaciones muy creativas. Pero lo de ayer… En Winnenden (Alemania) un adolescente empezó a disparar contra sus compañeros de escuela y mató a 15 personas antes de suicidarse. Al sur de Alabama otro muchacho hizo prácticamente lo mismo y acabó con 11 antes de acabar consigo mismo. En Murcia un jubilado entró en un hospital y disparó contra una doctora, un enfermero y un taxista. Y, como cada día, hubo los pequeños sucesos asociados que sólo emergen gracias a estos hechos de succión descomunales. Otro hombre armado que irrumpió en un hospital de Nevada, muerto por la policía, o la supuesta matanza abortada en un instituto de New Hampshire.

Estas coincidencias en el tiempo son nutritivas para los astrólogos y otros profesionales de la superchería. Para el periodismo son temibles. El orden del periodismo proviene de las coincidencias, de lo que coincide, y de lo que no, en un día. Es un orden frágil, por lo arbitrario, y este tipo de sucesos tremendos lo ponen demasiado en evidencia. Sucede algo más: el periodismo, tan parecido a los vecinos de Winnenden, anhela una explicación rápida, inminente de estos sucesos. La fast truth, a la que me he referido alguna vez. Desgraciadamente no puede ir más allá de las notas de carácter: taciturno, solitario, arrogante, asocial y la mejor de todas: un chico normal.

El apogeo del periodismo industrial coincide con un enorme optimismo epistemológico. Los periódicos están construidos sobre viejos armazones psicológicos o sociológicos, de la época en que las dos disciplinas se presentaban como desencriptadoras fetén de la vida. Hoy sólo son herrumbre. La pedagogía social del periódico pasa hoy por limpiar esa herrumbre. Y por exhibir la complejidad, sin caer en la flácida pesadumbre del relativismo cognitivo, de la religiosa imposibilidad de saber. Las causas por las que dos adolescentes destruyeron a 26 personas están fuera del alcance del periódico. No están tampoco en los chats de internet, donde la nueva ingenuidad manotea en pos de la verdad sin comprender el surtido arsenal de máscaras que la red procura. En días como ayer se aprecia mejor que nunca la triste aspereza de Sísifo que requiere este oficio: la obligación de ir llevando hasta la improbable cumbre del sentido datos, hechos, fechas, rasgos, trozos. El gesto del niño criminal de Winnenden que antes de dispararse en la cabeza se arrodilla.

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Correspondencias / Rubén González

Estimado Sr. Espada,

Poéticamente y como quien no quiere la cosa nos fustiga las conciencias, las esperanzas, los mitos. Ciertamente, la herramientas desencriptadoras a las que todavía acudimos desesperadamente son herrumbre. El problema de este tropiezo constante por conocer las razones del crimen, sospecho, se deben precisamente a que buscamos causas en el sentido literal del término. Sin embargo un acto así no es producto de una causa, ni siquiera de muchas causas mezcladas y trituradas formando una papilla causal que sea posible desentrañar. Me temo que un acto así es siempre una síntesis reflexiva (por rudimentaria que sea y por mecánica que pudiera parecer) que elabora la persona que dispara. Sí, la persona, porque no se nos debe olvidar que los que asesinan son siempre personas, ni siquiera los simios superiores pueden asesinar, ni siquiera, propiamente, los meramente humanos, solo las personas. Por esto la psicología y la sociología se oxidan buscando la verdad, porque al buscar analíticamente las causas nunca pueden llegar donde debieran, a la persona, a un animal con normas conflictivas, un humano en una sociedad abierta. Un asesino es siempre una persona, por más que nos duela. Y así se puede entender, quizás, solo quizás, el suicidio posterior como un cierto acto de virtud: la conciencia de lo inaceptable del hecho cometido, de la imposibilidad de explicárselo a la familia, a la sociedad, la aceptación de que el callejón no tiene salida, que no hay disculpa. El gran Spinoza decía: “El arrepentimiento no es una virtud, o sea, no nace de la razón; el que se arrepiente de lo que ha hecho es dos veces miserable o impotente”.

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Correspondencias / Eugenia Codina
Querido Arcadi,

Leo lo que has escrito hoy y pienso que no os envidio a los periodistas. Tantos dramas coincidentes en un día claman por una explicación. Y francamente, no sé como se puede explicar lo que ocurrió ayer.
Me impresionó especialmente el niño alemán que fue disparando a sus compañeros de instituto en la cabeza. Primero pensé que era una forma de ejecución. Pero creo que esto es, de nuevo, un intento de darle significado a lo inexplicable. Pensándolo bien, si alguien armado con una pistola entrara en las oficinas donde trabajo y, sin mediar aviso ni palabra, fuera disparando a los presentes de uno en uno, el factor sorpresa sería tal que tendría tiempo de matar mucho antes de ser detenido. Es como el caso del hombre que entró en una guardería en Bélgica y mató a un bebé y a una cuidadora. ¿A quién se le ocurre algo así?. La incredulidad y el hecho de que no vivimos en un ambiente de violencia en nuestra vida diaria nos dificulta la reacción de defensa. Primero la incredulidad. Supongo que así han ocurrido las grandes tragedias de la humanidad como el Holocausto. Por la incredulidad de que esto me pueda pasar a mí.
Por último, tampoco os envidio a los periodistas que tenéis que comentar sobre la muerte en directo, filmada desde un teléfono móvil del niño de Winnenden. Morir en un párking urbano, un sitio tan frío y tan banal para realizar la última acción de tu vida. Un lugar a dónde uno solo va temporalmente, de camino a otro sitio, normalmente tan aburrido como del sitio dónde viene.

Cómo hacer algo con todos estos datos está destinado solo a los profesionales. Por esto te quiero dar las gracias por la honradez con que has enfocado el tema en tu columna.

Un abrazo,

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Correspondencias / Alberto González

Buenos días Arcadi:

Buceo en la red y encuentro estas palabras de Gus van Sant a propósito de su película Elephant, sobre la matanza de Columbine, en el 99:

“No cuento nada, no explico nada. Los chicos de la escuela hacen lo que hacen sin que se sepa por qué. Ni yo mismo lo sé, y por eso no he organizado las situaciones de manera dramática”. También dijo van Sant: “He buscado lo que estos chicos expresan a través de las idas y venidas, los rituales y los gestos que los definen”.

Y usted, diez años después, confiesa: “En días como ayer se aprecia la triste aspereza de Sísifo que requiere este oficio: la obligación de ir llevando hasta la improbable cumbre del sentido datos, hechos, fechas, rasgos, trozos. El gesto del niño criminal de Winnenden que antes de dispararse en la cabeza se arrodilla.”

Dos enfoques, dos aproximaciones a una verdad inasible. Y esa apelación pavloviana a la normalidad. Nada.

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Correspondencias / Luis Martín Arias

Estimado Arcadi: según André Breton, en su “Segundo Manifiesto del Surrealismo” (1929), “El acto surrealista más simple consiste en descender a la calle, con los revólveres en la mano, y disparar a bulto, mientras se pueda, a la muchedumbre”. Parece, por tanto, que el surrealismo ya no es algo propio de una vanguardia elitista vanguardia. Ha triunfo, es popular (y global). Eso, sí, en su versión más simple.

Correspondencias / Javier López Vivas

Querido Sr. Espada,

Creo que se equivoca cuando habla del “apogeo del periodismo industrial”. Más bien cabría hablar del “apogeo del periodismo mágico”, pues el periodismo contemporáneo busca repuestas instantáneas a preguntas que exigen un estudio más sosegado y dilatado en el tiempo. Y ese apogeo no se debe a la irrupción de la psicología y la sociología como disciplinas desencriptadoras de la vida, como si esas dos disciplinas fueran responsables de los estropicios conceptuales a los que recurren los periodistas cuando se enfrentan a esa gran pregunta “¿por qué?”. Por el momento, todavía no he leído ningún reportaje o crónica que intente enmarcar los hechos ocurridos en teorías sociológicas o psicológicas: así es como funciona el método de la ciencia. Así, por tanto, funcionan la psicología y la sociología. El periodista de hoy, en cambio, suele recurrir a explicaciones que provienen del conocimiento ordinario o mágico, no del conocimiento científico. La herrumbre, pues, es del periodismo, no de las otras ciencias sociales.

¿A qué se debe, entonces? Recuerde aquel precioso artículo de Umberto Eco, “El mago y el científico”, donde el semiólogo italiano hablaba de la divulgación de la ciencia en los medios de comunicación y denunciaba la mentalidad mágica instalada en los últimos, que confunden la ciencia y la tecnología, rompiendo así la barrera, bastante significativa, que las separa. “La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos”, escribía Eco, “y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando y volviendo a probar, si hay una relación entre causa y efecto. De ahí su fascinación, desde las sociedades primitivas hasta nuestro renacimiento solar y más allá, hasta la pléyade de sectas ocultistas omnipresentes en Internet. (…) Es inútil pedir a los medios de comunicación que abandonen la mentalidad mágica: están condenados a ello no sólo por razones que hoy llamaríamos de audiencia, sino porque de tipo mágico es también la naturaleza de la relación que están obligados a poner diariamente entre causa y efecto”.

El periodismo es un relato inacabado. Difícilmente podrá captar la complejidad del mundo: un día, querido Espada, no da para mucho. Para evitar la visión derrotista de Eco y, por ende, para deshacerse del periodismo mágico o de fast truth convendría, primero, una cura epistemológica de humildad. Es decir, como usted bien señala, dejar a un lado los porqués. Ese sería el primer paso para limpiar la herrumbre que ha dejado esa modalidad de periodismo. Por lo que hace a las explicaciones y porqués, dejemos a los científicos trabajar. Eso llevará más tiempo.

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Correspondencias / Alfonso Giral

Querido Arcadi,

Permítame que, además de manifestar mi acuerdo con su acertada y dolorida columna de hoy (le asisten muy cabales y viejas razones), conteste brevemente al Sr. López Vivas, que parece no haber superado el estadio psicológico-sociológico de los dos primeros tercios del siglo XX. Las pretendidas “ciencias” sociales que defiende no han dado ni una sola respuesta verdaderamente científica a los vacíos de conocimiento que se han propuesto explorar, por más que el acierto en algunas predicciones o diagnósticos hayan hecho pensar lo contrario. Durante siglos se ha tenido la certeza de que la cicuta mataba o el sol daba calor, pero sin la más remota idea de por qué. De forma análoga, hoy en día tenemos infinidad de descripciones, muchas muy certeras, de la manera de conducirse de los seres humanos, ya sea como individuos, como grupos, a través de la historia, o como se quiera. Pero seguimos sin saber por qué alguien, en un momento dado, empuña un arma para perpetrar una masacre y luego liquidarse a sí mismo, por qué no ha hecho algo tan razonable como proceder en orden inverso, por qué las pasiones nos arrebatan para, con igual facilidad, engrandecer o envenenar nuestra vida consciente (quizá la única “humana”); por qué la llamada “voluntad” parece estar mucho más despierta en unos individuos que en otros, con las consecuencias morales que eso acarrea, qué llevamos dentro y qué aprendemos… en fin, la lista produce escalofríos. Y ¿qué decir de los comportamientos colectivos…? ¿Puede el Sr. López Vivas explicarnos “científicamente” por qué ciertos líderes arrastran masas y otros, perfectamente equiparables según los raseros más extendidos, no salen de la medianía? O ¿por qué los sentimientos nacionalistas o religiosos (quizá estos últimos sean más fácilmente comprensibles) nublan la razón de pueblos evolucionados y prósperos?

Llevamos siglos con las consabidas explicaciones del hambre, el sexo, el ansia de poder, la notoriedad, el dinero… muletas mentales que casi siempre nos hacen salir airosos, aunque a la hora del rigor fracasan estrepitosamente. En el fondo da la impresión, salvo mejor parecer, de que en el terreno de las tan aireadas “ciencias sociales” desde Platón y Aristóteles no hemos avanzado gran cosa.

Un saludo afectuoso

Correspondencias / Antonio Donaire

Sr. Espada:

¿Cómo explican las ciencias sociales o la psicología actuales que una adolescente de 14 años, supuestamente normal (o, precisamente, normal) no declare inmediatamente el conocimiento de un asesinato? Y, mucho más, ¿cómo lo explican el que, la madre supuestamente normal (o, precisamente, totalmente normal) de dicha menor, conociendo que su hija sabe de un asesinato, prefiera llevarla a televisión?

¿Por qué la tele (la fama) va por delante de una mínima moral hoy en día? Yo no lo entiendo. Pero siempre que hay cualquier noticia-tragedia (accidente de Barajas, asesinato en Sevilla…) proliferan los que quieren contar su tragedia en la tele.

Una pequeña anécdota. Hace unos meses volvía de Madrid en tren (viaje de  unas cuatro horas). Una chica joven, pero en absoluto adolescente (unos veinticinco años) bastante atractiva, llamaba por el móvil a varias amigas consecutivamente. Había estado todo el día en Madrid “invitada” por tele5 (tele5 le pagó sólo la comida, el viaje se lo pagaba ella). Ella, nerviosísima y contentísima, llamaba a sus amigas contándoles un día inolvidable. Había estado con los protagonistas de una serie de televisión y describía, con mucha ilusión, cómo eran todos los/las protagonistas. El protagonista principal “estaba bueno” y, además, muy a menudo la tocaba disimuladamente por todas partes (no recuerdo qué expresión usaba exactamente, pero venía a decir eso). Ella, en parte sí, en parte no, le quitaba la mano, pero no del todo. Todo este tipo de conversaciones las mantenía con el móvil con sus amigas. Más adelante, se puso a hablar con otra madre e hija en el tren. Volvió a contar lo mismo. También dijo que, obviamente, lo del protagonista no se lo iba a decir al novio (se iba a casar pronto). La madre e hija, también se emocionaban al oirla o, por lo menos, así lo expresaban. Por cierto, cuatro horas oyendo la misma canción y cada vez que lo contaba se emocionaba más. Eso es lo que hay. Lo que no sé es cómo hemos llegado a esto. Por favor, me lo expliquen.

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