9 de marzo
Todos los gatos son teléfonos
Javier Cercas
El País Semanal, 8 de marzo
Camino por la terminal de un aeropuerto, sintiéndome irracionalmente feliz, cuando reconozco a lo lejos a A, un viejo conocido. A es periodista, es escritor; un buen escritor: lo conozco desde hace años, cuando él trabajaba en el periódico donde empecé a escribir; luego el periódico se hundió y, aunque en toda nuestra vida no nos hayamos visto más de dos o tres veces, ese hundimiento creó un vínculo invisible entre nosotros, o yo lo siento así, igual que si ambos fuéramos supervivientes de un pequeño naufragio. Me acerco a A; no le abrazo, pero le tiendo eufóricamente la mano. La reacción de A es extraña: por un momento parece desconcertado, como si no me reconociera o como si me reconociera y dudara si estrecharme la mano o no; pasado el desconcierto, A me estrecha la mano con una mano blanda, indecisa. Luego echamos a andar juntos hacia las salas de embarque. Mientras caminamos parloteo sin control: pregunto a A por su familia, a la que no conozco, y por su vida, de la que no sé nada; después recuerdo que no hace mucho me crucé con otro superviviente de nuestro pequeño naufragio, quien me contó que A acababa de publicar un libro y de recibir un premio por él, y felicito a A. “Sí”, dice A sin mirarme, mientras llegamos al control de seguridad. “En el libro incluyo nuestra polémica”. “¿Nuestra polémica?”, pregunto, quitándome el cinturón para pasar por el detector de metales. “¿Qué polémica?”.
Entonces me acuerdo: desde hace unos años, A y yo somos enemigos a muerte. ¿Cómo he podido olvidarlo? ¿Cómo he podido alegrarme de ver a A? ¿Cómo he podido saludarlo? Últimamente A se ha convertido en un gran defensor de la Verdad; eso está muy bien, si no fuera porque A defiende la Verdad de una forma un tanto enfática, un pelín vocinglera, y porque a veces parece considerar que se halla en posesión de la Verdad y que, salvo él, todo el mundo hace trampas y miente. Hace un momento, mientras desayunaba, he leído esto en un artículo de Félix Ovejero: “Lo primero que nos dicen quienes nos acaban engañando es que ellos no mienten nunca”. En fin: el caso es que hace años A me acusó de haber engañado a los lectores de una de mis novelas; la acusación es chocante, casi como si acusasen a un delantero centro de meter goles: igual que el oficio de delantero centro consiste en meter goles, el oficio de novelista consiste en engañar al lector; también es chocante que hubiera gente que aplaudiese la acusación de A, lo que no redundó, me temo, en beneficio de mi ya de por sí negra reputación. Por mi parte, cometí un error: contesté a A; a ese error añadí otro error: mi respuesta fue despectiva, maleducada, injusta. Con razón, A contestó de forma maleducada y despectiva; sin razón, hizo trampas, o eso me pareció, porque, aunque su respuesta reproducía la mía, comentándola, omitía las palabras fundamentales, unas palabras de Platón que son el abecé de la literatura. Dicen: “La poesía es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar, más sabio que quien no se deja engañar”. Mientras continúo desnudándome para pasar el control de seguridad, me pregunto otra vez cómo he podido olvidar todo esto, cómo he podido saludar a A, cómo he podido olvidar que es mi enemigo a muerte. Un hombre serio sabe tener enemigos: ahí está Michael Corleone, por ejemplo; o, sin ir tan lejos, Vila-Matas, en cuyo Dietario voluble –que me he traído para leer en el avión– confiesa que, cuando un enemigo lo ataca, no se da por enterado, y cuando el enemigo se retira, lo persigue “despiadadamente”. Me avergüenza no ser un hombre serio y, al pasar por el control de seguridad, me pregunto qué debo hacer para serlo: ¿pegarle una patada en la espinilla a A y después salir corriendo? ¿Perseguirle en pelotas por la terminal con el cinturón en la mano?
A me espera al otro lado del control de seguridad y caminamos juntos hacia el módulo B mientras yo permanezco callado, incomodísimo; A, en cambio, parece contento y vuelve a decir que en su libro premiado reproduce nuestra polémica. “Espero que esta vez no hayas suprimido la frase de Platón”, le digo con rabia. “¿Qué frase?”, pregunta A. A punto de decirle que atienda bien, porque es la última vez que se la repito, le repito la frase de Platón; subrayo la palabra engaño, la palabra honesto, la palabra sabio. “Ah”, dice A. “Ya no la recordaba”. La respuesta me desarma: por un momento se me ocurre que quizá A no la suprimió de su respuesta porque quisiera engañar o hacer trampas, sino porque no advirtió que era la solución [sino porque advirtió que no era la solución, Cercas; ¡siempre su fatuo melodrama contra la sintaxis!] del falso problema que él planteaba. Llegamos al módulo B. A dice que su avión sale de inmediato, se despide, alegremente me tiende una mano firme. Por un momento me pregunto qué debo hacer, qué haría en mi caso Michael Corleone, qué haría Vila-Matas, e intento con todas mis fuerzas odiar a A, con pobres resultados; además, en ese momento me acuerdo de una frase de Cortázar: “Aunque todos los gatos sean teléfonos, todos los hombres siguen siendo unos pobres hombres”. Pienso que A es un pobre hombre, pienso que yo soy un pobre hombre todavía más pobre hombre que él, pienso en nuestro viejo y pobre periódico muerto y pienso que los dos sólo somos dos restos de un enorme naufragio, al que no sobreviviremos. Me hubiera gustado abrazar a A, pero sólo le estreché la mano.
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Correspondencias / Verónica Puertollano
Félix Ovejero: “Lo primero que nos dicen quienes nos acaban engañando es que ellos no mienten nunca”.
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Bueno, es que, evidentemente, es la primera mentira que dicen los mentirosos.
La verdad da un estatus ¡y bien lo saben algunos!
Sintomática referencia, de nuevo qué más da si todos dicen lo mismo, punto en fin.
Esto de una entrevista de Justo Serna:
«Arcadi Espada: Yo creo que ninguna idea es respetable y todos los hombres lo son. Yo trabajo sobre textos. Y me peleo con ellos, porque en la pelea está también el conocimiento. Los textos son también los nombres propios. Otra cosa son los hombres. Me produce perplejidad los malos modos con que la gente recibe la crítica en España. Yo hablo de mis colegas, como es natural. Estamos en lo mismo, trabajamos en los mismo. ¿De quién coño voy a hablar? Un colega inteligente es Álex Grijelmo que deja una nota inteligente en el blog donde se le critica. Y un estúpido es este Suso de Toro que, en el propio blog, llama “linchamiento” a un comentario de texto. Pero Grijelmo y De Toro son, para mí, textos. Y nunca negaría el saludo a sus portadores. Me parece que se trata de una higiene intelectual básica.»
Buenos días, Arcadi.
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Correspondencias / Sergio Campos
Querido Arcadi:
Parece que Cercas, cuando dice en su artículo: “A[rcadi] acababa de publicar un libro y de recibir un premio por él”, se refiere a Diarios. El libro se publicó en 2002, por lo que no se entiende que Cercas escriba en marzo de 2009 como si el encuentro hubiera sucedido la semana pasada. A no ser que el artículo sea un “relato real” y el protagonista vuelva a ser ese sujeto un poco tonto llamado Cercas. Aunque todo apunta a que ha leído Periodismo práctico, en el que A vuelve a hablar de C, y le ha dado por desempolvar la caja de los rencores. Pues sí, pobre hombre.
Abrazos
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Correspondencias / Manuel Jabois
Querido mío:
Jo.
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Correspondencias / Chema Pascual
Querido Arcadi:
Posiblemente sea por el carácter de ‘relatos con personajes reales’ que tienen los “Diálogos” platónicos por lo que Cercas confunda a Gorgias de Leontinos con el Gorgias del diálogo homónimo y a éste con el mismísimo Platón.
La frase es de Gorgias:
Un saludo.
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Correspondencias / Ana Nuño
The devil comes in so very many disguises. Why did he have to choose a cat’s? Such lovely, faithful creatures.
Y sí, su texto es gatuno. Suave, elegante, hábil para trepar a la mesa.
Pero no es un gato su autor. Los gatos no escriben ni hablan. Por fortuna: esto los redime, o nos regala la ilusión de su inocencia.
“Soldados de Salamina”, cuando lo leí, me pareció una impostura melosa. Un panal de miel para incautos. Por esas fechas aún no se había levantado la veda de la memoria histórica. Pero da igual, para el caso: incauto es siempre el que se acerca a recoger miel sin reparar en los aguijones.
De sus crónicas en El País, recuerdo la evocación de Carlos Fuentes presentando “Los años con Laura Díaz” en el Aula Magna de la UB. Tal vez lo recuerde porque a mí también me irritó aquel show. Y a mi acompañante, Antonio Gálvez. Después nos fuimos a cenar y a beber como Dios manda, cagándonos en Fuentes (amistosamente, claro: ya son muchos años de conocernos todos).
En mi recuerdo, lo que me había irritado de la columna de Cercas dedicada a la presentación del libro de Fuentes es el desprecio a los sudacas exitosos del boom de un muchachito escritor barcelonés con posibles. Ahora que lo releo, a la luz de su más reciente artículo, esto pasa a segundo plano: descubro, tras leer su encuentro max frischiano contigo en un aeropuerto, que la matriz narrativa es la misma: Yo, gatuno inocente y taciturno, me afilo las garras en la pelambre del prójimo exitoso que no ha querido reparar en su marfileño brillo.
Lo dicho: tremenda injusticia con los gatos.
Un abrazo
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Correspondencias / Enrique Bertrand
Estimado Arcadi:
Colgarlo en tu diario, tal cual… ¡No sabía que eras un tenista tan excelso! Vaya dejada en la red que le has colocado a Cercas. O un judoka tan sutil, si lo prefieres. Un simple gesto con la muñeca, que aprovecha toda la mala baba (del texto) de Cercas, para retratarlo (al texto) “comme en passant”, pero en toda su bobalicona extensión.
Por otro lado, ese estilo de ajuste de cuentas tan ”roman à clef”, tan trapiellesco, que usa tu impostado enemigo habrá caído en el vacío de la ignorancia (respecto a la polémica original) del 99’9% de los más de 1.200.000 lectores de los que presume el dominical de El País. ¡Qué pena! (de texto).
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Correspondencias / Carlos Gómez
Estimado Arcadi:
Me pierdo con sus batallas reales o imaginarias con Cercas. Me pierdo con Gorgias, el real o el imaginado por Platón. Sólo sé que Cercas sabe que la frase es de Gorgias; o al menos lo sabía hace tres años. También, que se repite, ¿pero quién no?
Saludos,
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Correspondencias / Bil
He pasado un buen rato con el *relato real* del aeropuerto y las cartas.
Me ha sorprendido que insistiera tanto con la frase atribuida a Platón. No sabía que la frase era de Gorgias pero es evidentísimo que no puede ser de Platón, el único inteleztual que conozco que escribió contra los relatos reales, en casi todos los diálogos y casi exclusivamente en La república.
Sin más. Copio unos trocitos:
-Aquellos -dije- que nos relataban Hesíodo y Homero, y con ellos los
demás poetas. Ahí tienes a los forjadores de falsas narraciones que han
contado y cuentan a las gentes.
-Borraremos, pues -dije yo -, empezando por los versos siguientes,
todos los similares a ellos:
¡Ay de mí! Por lo visto en el Hades perduran el alma y la
imagen por más que privadas de mente se encuentren
(Nota: Es de la Iliada cuando Aquiles se lamenta de que la sombra de patroclo elude su abrazo.)
Estos versos y todos los que se les asemejan, rogaremos a Homero y
los demás poetas que no se enfaden si los tachamos, no por
considerarlos prosaicos o desagradables para los oídos de los más, sino
pensando que, cuanto mayor sea su valor literario, tanto menos pueden
escucharlos los niños o adultos que deban ser libres
-¿Tacharemos también los gemidos y sollozos en boca de hombres bien
reputados?
-Será inevitable -dijo- después de lo que hemos hecho con lo anterior.
-Volveremos, pues, a suplicar a Homero y demás poetas que no nos
presenten a Aquiles, hijo de diosa,
con ambas manos cogiendo puñados de polvo
negruzco y vertiéndolo sobre su pelo,
Hasta aquí, pues, lo relativo a los temas. Ahora hay que examinar,
creo yo, lo que toca a la forma de desarrollarlos, y así tendremos
perfectamente estudiado lo que hay que decir y cómo hay que decirlo.
-No entiendo qué quieres decir con eso -replicó entonces Adimanto.
-Pues hay que entenderlo -respondí-. Quizá lo que voy a decir te ayudará
a ello. ¿No es una narración de cosas pasadas, presentes o futuras todo lo
que cuentan los fabulistas y poetas?
-¿Qué otra cosa puede ser? -dijo.
-¿Y esto no lo pueden realizar por narración simple, por narración
imitativa o por mezcla de uno y otro sistema?
-Este punto también necesito que me lo aclares más -dijo.
-¡Pues sí que soy un maestro ridículo y oscuro! -exclamé-. Tendré, pues,
que proceder como los que no saben explicarse: en vez de hablar en
términos generales, tomaré una parte de la cuestión e intentaré mostrarte,
con aplicación a ella, lo que quiero decir. Dime, vamos a ver. ¿Tú te sabrás,
claro está, los primeros versos de la Ilíada, en los cuales dice el poeta que
Crises solicitó de Agamenón la devolución de su hija y el otro se irritó y
aquél, en vista de que no lo conseguía, pidió al dios que enviara males a los
aqueos?
-Sí que los conozco.
-Entonces sabrás también que hasta unos determinados versos,
y a la íntegra tropa rogó y sobre todo
a ambos hijos de Atreo, los ordenadores de pueblos,
habla el propio poeta, que no intenta siquiera inducirnos a pensar que sea
otro y no él quien habla. Pero a partir de los versos siguientes habla como
si él fuese Crises y procura por todos los medios que creamos que quien
pronuncia las palabras no es Homero, sino el anciano sacerdote. Y poco
más o menos de la misma manera ha hecho las restantes narraciones de lo
ocurrido en Ilión e Ítaca y la Odisea entera.
-Exacto -dijo.
-Pues bien, ¿no es narración tanto lo que presenta en los distintos
parlamentos como lo intercalado entre ellos?
-¿Cómo no ha de serlo?
-Y cuando nos ofrezca un parlamento en que habla por boca de otro, ¿no
diremos que entonces acomoda todo lo posible su modo de hablar al de
aquel de quien nos ha advertido de antemano que va a tomar la palabra?
-Claro que lo diremos.
-Ahora bien, el asimilarse uno mismo a otro en habla o aspecto, ¿no es
imitar a aquel al cual se asimila uno?
-En efecto.
-En cambio, si el poeta no se ocultase detrás de nadie, toda su obra
poética y narrativa se desarrollaría sin ayuda de la imitación. Para que no
me digas que esto tampoco lo entiendes, voy a explicarte cómo puede ser
así. Si Hornero, después de haber dicho que llegó Crises, llevando
consigo el rescate de su hija, en calidad de suplicante de los aqueos y
en particular de los reyes , continuase hablando como tal Homero, no
como si se hubiese transformado en Crises, te darás perfecta cuenta de
que en tal caso no habría imitación, sino narración simple expresada
aproximadamente en estos términos -hablaré en prosa, pues no soy
poeta-: «Llegó el sacerdote e hizo votos para que los dioses concedieran
a los griegos el regresar indemnes después de haber tomado
Troya y rogó también que, en consideración al dios, le devolvieran su
hija a cambio del rescate. Ante estas sus palabras, los demás asintieron
respetuosamente, pero Agamenón se enfureció y le ordenó que se
marchase en seguida para no volver más, no fuera que no le sirviesen
de nada el cetro y las ínfulas del dios. Dijo que, antes de que le fuese
devuelta su hija, envejecería ésta en Argos acompañada del propio
Agamenón. Mandóle, en fin, que se retirase sin provocarle si quería
volver sano y salvo a su casa. El anciano sintió temor al oírle y marchó
en silencio; pero, una vez lejos del campamento, dirigió una larga
súplica a Apolo, invo cándole por todos sus apelativos divinos, y le rogó
que, si al guna vez le había sido agradable con fundaciones de templos o
sacrificios de víctimas en honor del dios, lo recordase ahora y, a
cambio de ello, pagasen los aqueos sus lágrimas con los dardos
divinos». He aquí, amigo mío -terminé-, cómo se desarrolla una
narración simple, no imitativa.
-Ya me doy cuenta -dijo.
-Pues lo que yo quería decir era precisamente que resultaba necesario
llegar a un acuerdo acerca de si dejaremos que los poetas nos hagan las
narraciones imitando o bien les impondremos que imiten unas veces sí,
pero otras no -y en ese caso cuándo deberán o no hacerlo-, o, en fin, les
prohibiremos en absoluto que imiten.
-Parece, pues, que, si un hombre capacitado por su inteligencia para
adoptar cualquier forma e imitar todas las cosas, llegara a nuestra ciudad
con intención de exhibirse con sus poemas, caeríamos de rodillas ante él
como ante un ser divino, admirable y seductor, pero, indicándole que ni
existen entre nosotros hombres como él ni está permitido que existan, lo
reexpediríamos con destino a otra ciudad, no sin haber vertido mirra sobre
su cabeza y coronado ésta de lana; y, por lo que a nosotros toca, nos
contentaríamos, por nuestro bien, con escuchar a otro poeta o fabulista más
austero, aunque menos agradable, que no nos imitara más que lo que dicen
los hombres de bien ni se saliera en su lenguaje de aquellas normas que
establecimos en un principio, cuando comenzamos a educar a nuestros
soldados.
-Y además los poetas reciben sueldo y honras sobre todo, como es natural, de los
tiranos, y en segundo lugar, de la democracia; pero, cuanto más suben
hacia la cima de los regímenes políticos, tanto más desfallece su honor
como imposibilitado de andar por falta de aliento.
-Que no hemos de admitir en ningún modo poesía alguna que sea
imitativa; y ahora paréceme a mí que se me muestra esto mayormente y
con más claridad, una vez analizada la diversidad de las especies del
alma.
-¿Cómo lo entiendes?
-Para hablar ante vosotros -porque no creo que vayáis a delatarme a
los autores trágicos y los demás poetas imitativos-, todas esas obras
parecen causar estragos en la mente de cuantos las oyen si no tienen
como contraveneno el conocimiento de su verdadera índole.
-¿Y qué es lo que piensas -dijo- para hablar así?
-Habrá que decirlo -contesté-; aunque un cierto cariño y reverencia
que desde niño siento por Homero me embaraza en lo que voy a decir,
porque, a no dudarlo, él ha sido el primer maestro y guía de todos esos
pulidos poetas trágicos. Pero ningún hombre ha de ser honrado por
encima de la verdad y, por lo tanto, he de decir lo que pienso.
Por tanto -proseguí-, visto esto, habrá que examinar el género
trágico y a Homero, su guía, ya que oímos decir a algunos que aquéllos
conocen todas las artes y todas las cosas humanas en relación con la
virtud y con el vicio, y también las divinas; porque el buen poeta, si ha
de componer bien sobre aquello que compusiere, es fuerza que
componga con conocimiento o no será capaz de componer. Debemos,
por consiguiente, examinar si éstos no han quedado engañados al topar
con tales imitadores sin darse cuenta, al ver sus obras, de que están a
triple distancia del ser y de que sólo componen fácilmente a los ojos de
quien no conoce la verdad, porque no componen más que apariencias,
pero no realidades; o si, por el contrario, dicen algo de peso y en
realidad los buenos poetas conocen el asunto sobre el que parecen
hablar tan acertadamente a juicio de la multitud.
Y he aquí -dije yo- cuál será, al volver a hablar de la poesía,
nuestra justificación por haberla desterrado de nuestra ciudad siendo
como es: la razón nos lo imponía. Digámosle a ella además, para que
no nos acuse de dureza y rusticidad, que es ya antigua la discordia entre
la filosofía y la poesía: pues hay aquello de «la perra aulladora que
ladra a su dueño», «el hombre grande en los vaniloquios de los necios»,
«la multitud de los filósofos que dominan a Zeus», «los pensadores de
la sutileza por ser mendigos» y otras mil muestras de la antigua
oposición entre ellas .
La escucharemos, por tanto, convencidos de que tal poesía no
debe ser tomada en serio, por no ser ella misma cosa seria ni atenida a
la verdad; antes bien, el que la escuche ha de guardarse temiendo por su
propia república interior y observar lo que queda dicho acerca de la
poesía.
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Correspondencias / Weininger Z
Jajajajaja. Ejemplo de artículo made in El País, donde los trileros se hacen los ingenuos cara a la galería.
Saludos
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Correspondencias / J.A. Montano
Querido “pobre hombre”:
Como sabes, soy acérrimo arcadiano (¡un fan casi hooligan!), pero he de anotar que me sorprende la ingenuidad de Enrique Bertrand, que ha escrito más arriba: “Colgarlo en tu diario, tal cual… ¡No sabía que eras un tenista tan excelso! Vaya dejada en la red que le has colocado a Cercas”. Ha sido una dejada, sí… ¡pero para que la rematen tus lectores (¡fans ahooliganados como yo, sólo que yo esta vez me he contenido!), que están a la que salta! Pero me sigue zumbando lo de “pobre hombre”: ¡un disparo tan anti-Miralles! (Al final yo también he saltado!).
Un abrazo,
J. A.
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Correspondencias / Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst
Ya me imaginaba que el amigo Cercas se refería a usted. Pero no pude confirmarlo: metí “Cercas + Arcadi + Platón” en Google y no salió nada. Natural. Cuelgo aquí para su solaz y el de sus lectores esta otra cosa de J. ¡Entender al monstruo, dice! El aludido / elidido aquí es, claramente, Jon Juaristi, culpable como usted de escribir bien y sin complejos.
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Correspondencias / Microbolsa
En resumen: A. y J. participan de un cierto pasado, de una vaga atmósfera, de un sutil espíritu jacobino; deploran la injusticia, el dolor, la servidumbre; les indignan casi las mismas cosas y comparten sólidos principios irrenunciables, aunque se producen en periódicos distintos y enfrentados. Cualquier día J. o A. detecta una (esa) palabra, una (esa) inflexión sintáctica o una (esa) cita y es como si se le apareciera encima del escritorio una cucaracha zahína, viscosa y enorme. Asombra el grado de refinamiento al que ha llegado la cultura occidental.
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Correspondencias / Berta
Querido A.:
Me extraña que no hayas reparado en el reportaje de Yo Dona sobre todos los hombres de Leire Pajín. Desde el sábado, sé que este país tiene futuro si el partido en el gobierno tiene como secretaria de organización a una chica de la que dice el presidente Zapatero que le impresionó la soltura con la que leía los nombres de una comisión parlamentaria de la que ella era secretaria de la mesa. Acabáramos. Desenvuelta leyendo nombres. Y nosotros sin habernos percatado de semejante cualidad, indispensable sin duda para tejer desde la casa madre socialista el futuro de instituciones e ideas. Enternecedora, además, la escena relatada sobre cómo intimaron presidente y delfina: el hielo se rompió definitivamente una noche de tapas por León, cuando el recién elegido secretario general del partido se sacó de la cartera el testamento de su abuelo y se lo dio a leer. En fin, creo que voy a seguir leyendo novela pija inglesa mientras mi nasciturus hecha realidad echa los aires difíciles. Las Mitford, por ejemplo, una de ellas madre de Mosley y simpatizante nazi. Por cierto, la niña no ha sacado los ojos naziazules de la madre, pero la quiero igual. Un beso.
Ps/ Por cierto, en el Día de la Mujer Trabajadora, me pregunto por qué la ministra de Igualdad no ha lanzado ya una campaña a favor del biberón y en contra de la lactancia materna, porque, que se sepa, los hombres están muy tiernos dando el bibi y no pueden todavía dar la teta, aunque no dudo de que todo se andará. Mientras, aquí ya hemos fundado la Plataforma Pro Biberón para hacer frente a la Liga de la Leche. Siendo el Sur, deberíamos sacar dos tronos en Semana Santa y cruzarnos. Creo que la Teta Asustada ganó en Berlín.




