25 de febrero

Pánico en la nube

Ayer por la mañana pasó algo terrible y que nunca había sucedido antes: la avería, ¡por tres horas!, de gmail, el gestor de correo de google. Google es una empresa algo particular, y no sólo en lo bueno: su gabinete de prensa no sabe cuántos usuarios tiene gmail: decenas de millones se limitan a decir oficialmente. Tampoco saben cuántos resultaron afectados ni por qué. Pero fueron muchas personas. Millones en todo el mundo. Y con un coste económico fácilmente imaginable en términos de productividad. La de ayer es probablemente la avería más importante de la historia de internet. Nada que ver con las tonterías que le ocurren de vez en cuando al buscador. Ayer estaba en juego algo mucho más importante, y podía comprobarse con sólo atender al color de la voz de la gente que llamaba preguntando qué estaba pasando. Eran las vidas suspendidas en la nube, las que peligraban. La nube: Google ha convencido a millones de personas de que pueden almacenar su información en los servidores de la compañía y dejar de utilizar para ese fin los ordenadores particulares. Así la información está accesible para uno desde cualquier otro ordenador o teléfono móvil en cualquier otro lugar del mundo, con sólo conocer las claves de nuestra caja fuerte. El pánico de ayer nada tenía que ver con la utilización del correo o del programa de textos que también cayó, aunque por poco tiempo: eso sólo era irritante. El pánico era la pérdida. Sé perfectamente de lo que hablo porque yo soy un gran convicto por google: mi cuenta de gmail acumula ahora mismo 34.817 mensajes. Y en un alarde de inconsciencia estoy escribiendo la columna en google docs, aún con la herida abierta.

Semejante estado de las cosas es el fruto de la notable eficacia, sencillez y hasta belleza con que google gestiona las herramientas de trabajo de millones de personas. Desde luego ése es el primer motivo. Pero hay algo más, y mucho más interesante. La credulidad. En el fondo la mayoría de las personas creemos que la red es irrompible y que nunca le sucederá nada grave a nuestras memorias. Reconozco que a veces pienso sobre la cuestión con un cierto pesimismo kitsch: la confianza (ya no sólo en google sino en la general infalibilidad de nuestra vida tecnológica) puede que se parezca a los últimos bailes en los salones zaristas, donde imperaba la nívea fe del húsar. Pero el pesimismo sólo me acosa los martes. Durante el resto del tiempo la visión de la nube llega a tranquilizarme. Que la memoria y las cosas floten ahí suspendidas tiene incluso algo de espiritual. Un rasgo de orden y limpieza zen.

Y de preparación.

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Correspondencias / Mon

Salud. Sólo quería felicitarte por la columna de hoy, en general, y el hallazgo de ‘la nube’ en particular. Tengo la impresión de que, exceptuando algunos especialistas en, ejem, tecnología -y no todos-, eres de los pocos periodistas que lo ha entendido. Por intentar el halago del siglo, te has convertido muy rápidamente en el mayor cabrón digital de España.

Otro día te critico, pero hoy no.

Un abrazo

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Correspondencias /Lugar fundamental

Lo que ha ocurrido con Google no es más que una metáfora de lo actual. Vivíamos con la placidez del confiado, gastábamos con la seguridad del optimista, pedíamos con la despreocupación del nuevo rico. Pero como pasó ayer con Google, resulta que sus servidores no son infalibles, su gabinete de prensa no puede informar, la economía retrocedió espantada ante el abismo y los recibos del banco nos hacen pensar que fuimos demasiado optimistas.

Ahora sólo falta que vuelvan las modas retro como intento de recuperar la esperanza ya perdida. Y ojalá se quede sólo en la estética.

Un saludo,

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Correspondencias / Ana Nuño

Lo siento, querido, pero te envío esto a saco, para que lo pongas donde y si lo estimaras conveniente. He querido depositarlo en el buzón de El Mundo por Dentro, pero repetidamente me dice “el sistema” que mi nombre ya está en uso. ¡Joder, si lo sabré yo! Otra ventaja de foros internéticos que descubro hoy: hasta pueden confirmar tu identidad. Aunque sea para luego negarte la entrada a la discoteca. ¿Qué más puede una pedir?

Aquí va, pues, mi comentario a uno de tus dos comentarios de hoy, ambos dos muy lúcidos, en tu plataforma francotiradora del diario:

Tus preguntas versionadas en ladino politicuence quizás puedan ayudar a comprender un poco (sólo un poco) el perquè de tot plegat:
¿Es razonable que los políticos hagan eso cuando cada día hay preguntas sobre su lugar en el mundo?
¿Debe un político, incluso tradicional, permanecer al margen de una avería que ha afectado a decenas de millones de personas en todo el mundo?
¿Haría lo mismo si se tratara de una avería mundial de agua, gas, electricidad o teléfono?

Tu coda, impecable, se aplica en ambos casos:
Detecto algo parecido al resentimiento en ese desdén.

Resentimiento. Desdén. Los dos líquidos corrosivos que tienen agarrotados por igual a los dos poderes: al primero (y único) y al (falsamente modesto) cuarto.

Un abrazo

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Correspondencias / A. Alonso
Querido,

dice en su disección mundanal de hoy: “Nadie describe la inmensa e íntima satisfacción (como de western protagonizado por James Stewart) que ha sentido viendo esas imágenes justicieras, pero sin sangre. Nadie y yo el primer nadie. Cuando tan fácil era decir: “Está mal pero me ha parecido muy bien”".

Debo confesarle que he jugado todo el día con la esperanza de que arremetiera contra el ‘why’, y la justificación reptante que esconden o muestran abiertamente los comentarios sobre la noticia del señor de la maza. Me temo que detrás de esa facilidad a la que usted alude se encuentra lo que uno no espera encontrar en el pensamiento diario de AE: el ‘why’ y la justificación del acto de un vándalo.

- Está mal.
- But think why.
- I don’t give a (bul)shit.

Saludos afectuosos

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