22 de febrero
En 1929, ya estaban casi terminadas las obras de la pastelería de San Sebastián. Diseñaba el gran Aizpurúa. Incluso el mobiliario. El dueño, Barreneche, estaba encantado con el diseño porque la tienda era lujosa, cómoda y práctica, y esos tres adjetivos no los junta casi nadie. También le gustaba el logotipo, un barco de tres velas, símbolo muy querido y muy corriente de San Sebastián, que se puede ver en las farolas del puente de María Cristina y en las baldosas de algunas calles.
Pero les faltaba el nombre.
Una mañana estaban Aizpurúa y el dueño frente al local discutiendo los últimos detalles cuando pasó un amigo de la época de África y saludó al dueño:
—¡Adiós, Sacha!
A Barreneche, que era de 1900, le tocó hacer el servicio militar en Marruecos, donde hizo muchos amigos que le decían Sacha. Y es que no sólo se llamaba Alejandro sino que, además, siempre estaba leyendo autores rusos. Parece que Aizpurúa se quedó clavado al grito de ¡Sacha! y dijo que la pastelería ya tenía nombre.
Cuando la pastelería estuvo inaugurada el arquitecto escribió un artículo en La Gaceta Literaria, la revista de Giménez Caballero. Un artículo muy influido por Sacha. No hay arquitectos, sólo hay pasteleros, decía Aizpurúa con fiebre.




