21 de febrero
De cómo y por qué los catalanes son más calcáreos
Querido J:
En el Instituto Menéndez Pelayo de la Vía Augusta de Barcelona yo viví situaciones asombrosas, como cuando con catorce añitos ya le dije a un chico que quería escribir novelas, pero que fuesen de verdad. Sin llegar a tal grado de prodigio recuerdo también vivamente el día que el profesor Marchante sacó la pistola en clase y la dejó con frialdad encima de la mesa. Es probable que fuera en sexto de bachillerato y en el año 1973. Yo no lo vi, por desgracia, porque sucedió en el otro grupo y en el aula contigua; pero durante todo el curso no dejó de hablarse de Marchante y su pistolón, y digo pistolón porque fue creciendo y haciéndose más terrorífico a medida que se hablaba de él. Marchante era un hombre raro y feo y daba clases de Formación del Espíritu Nacional. Junto con las de Dibujo y Religión eran, más que clases, lugares de esparcimiento y gresca. Parece que aquel día los compañeros voceaban hasta tal punto intolerable, que Marchante sacó la pistola, apuntó desde la tarima al bulto infame y sin llegar a disparar dejó el arma encima de la mesa durante lo que faltaba de clase, en medio de un silencio duradero y presepulcral. En cuanto la enfundó, bajamos al patio y se corrió la voz, empezamos a gritar «¡Marchante dimisión, por fascista y por cabrón!», aunque no recuerdo bien si con éxito.
Tengo a Marchante siempre presente pero estos días mucho más, con la cata del libro de Pedro Antonio Heras, La España raptada. La formación del espíritu nacionalista, un análisis de libros de texto que utilizan los escolares catalanes y vascos. No me gusta el título. Parece que al profesor Heras no le bastaba con el secuestro de España y ha querido añadirle la violación. Pero es que ni siquiera «secuestro» es un término preciso. El secuestro presupone intimidad, aunque forzada. Y lo que emerge de esos libros es sobre todo desdén. Desdén a España. Es decir a la posibilidad de que entre andaluces, catalanes, gallegos, vascos, y los diecisiete, se establezca un imaginario común. En su capítulo sobre los textos vascos, Heras anota una serie de conclusiones que su análisis empírico ha dejado como irrevocables. Rescato unas cuantas:
1. Identificación entre la lengua y el alma del pueblo vasco
2. Mapa de Euskal Herria disociado de España
3. Expulsión de la palabra España, que se sustituye por Estado Español
4. Omisión de personajes históricos asociados con España y de las conmemoraciones nacionales
5. Omisión del terrorismo.
Salvo el último apartado las conclusiones pueden aplicarse también a Cataluña y a sus libros de texto, aunque sin el carácter casi violento de los ejemplos vascos.
Sin embargo, lo peor de este recuento ni siquiera afecta a España. Comprendo que España sea la herida y el propósito del autor, pero las peores conclusiones no afectan estrictamente al pleito del nacionalismo. No es la España raptada. Es algo mucho peor: es el pensamiento raptado. Y el porqué se comprende rápidamente: siendo el motor activo de estos libros la construcción nacionalista, la recaída constante en el mito es inevitable. En lo social se impone el mito del origen: somos porque hemos sido; en lo lingüístico, el mito romántico: la lengua es una cosmovisión. Estos eran también los mitos de Marchante y de sus libros. Pero necesitaba su pistola para imponerlos, porque tú y yo identificábamos entonces esos mitos con el atraso y la injusticia. Lo realmente extraño y fascinante es que tratándose de mitos idénticos y no habiendo superado la menor prueba racional sean hoy emblema del progresismo y la dignidad. Lo que impresiona es que en una Cataluña, nominalmente gobernada por los herederos de la Ilustración, los escolares lean cosas como la que sigue, firmadas, además, por un antiguo presidente del Parlamento catalán, el señor Coll i Alentorn. Se trata de un texto de lectura: La personalidad de Cataluña. Doy fe de que es una auténtica delicia, y lamento no poder ofrecértela completa:
«En relación con los elementos genéticos hay un aspecto poco estudiado y prácticamente desconocido que, con todas las reservas, me permito insinuar. Me refiero a la posible influencia de la composición química del suelo sobre la manera de ser del cuerpo humano, sobre enzimas, hormonas y otros elementos fisiológicos. Recordemos la importancia que actualmente los biólogos dan a los llamados oligoelementos, subrayando que la Península Ibérica está geológicamente dividida en dos grandes zonas: la granítica al oeste y gran parte del centro, y la calcárea al este. ¡Quién sabe lo que nos reserva en este dominio un conocimiento más profundo de la cuestión!»
¡Quién sabe qué! Y lamento no poder demostrarte cómo los catalanes practican el federalismo (asimétrico, por supuesto) desde las tribus pre-romanas.
Hay personas bienintencionadas que ante el panorama invocan a Marchante. ¡Si Marchante no pudo con nosotros a pesar de sacar el arma, menos podrá Montilla que ni siquiera habla! La invocación no sólo relativiza el factor de la educación en la formación del carácter, sino que pretende insinuar lo contrario, es decir, que una educación decantada hacia la irracionalidad puede producir por contraste hombres racionales. No hay prueba alguna de semejante paparrucha. Es probable que quepa relativizar la educación en su conjunto y su peso en el hombre. Aunque, en este sentido, no deben olvidarse las conclusiones de los estudios más modernos sobre genética y conducta: a medida que el hombre envejece se impone su naturaleza, lo que leído en clave escolar hace pensar hasta qué punto los niños y jóvenes son influenciables por sus padres, sus maestros o sus iguales; y hace pensar, asimismo, en los tiernos estragos del fanatismo nacionalista y religioso, siempre con tantos jóvenes dispuestos a todo. Pero al margen de la influencia real de la educación hay una enorme y sustancial diferencia entre los marchantes de ayer y de hoy. Aquellos se sabían retro, aplastantemente arrinconados por el presente. Eran peligrosos, como todo animal acosado, pero su gesto con el arma era sobre todo patético. Los de hoy, por el contrario, han logrado convencer a casi todos de que su convicciones calcáreas marchan en el sentido del mundo. Y no sólo eso. Han logrado convencer sobre la existencia del enemigo en una escala que ni el primer franquismo logró con su tríada de rojos, separatistas y masones. La construcción del victimismo ha sido su obra maestra, indudablemente favorecida por su identificación con los perdedores de la guerra civil. Como mi Marchante, también sacan el arma. Pero apuntan contra su pecho y amenazan histéricamente con dispararse al menor murmullo en el aula.
Sigue con salud
A.
(Links: Verónica Puertollano)
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Correspondencias / Xavier Burrell
Marchante, joder, no habia pensado nunca más en él.
El auténtico era el Santacruz o el Santa Cruz, el Santapera para todos. En primero y en segundo, seguro. Desde la ventana hacía las suplencias de Caballero y Pallí. Las disputaba con Lasheras: San Fernando, patrón de la juventud española… A Santapera le había visto entrar o salir de la academia Febrer en Guillermo Tell. Ya ves, tanta chulería y se dedicaba al pluriempleo. En tercero, sentado al lado de Pedro Cases, teníamos un profesor de FEN muy distinto, no recuerdo el nombre, pero sí su aspecto de obrero. Decían que provenía del sindicato, tal vez por su aspecto. Carecía de la chulería conocida. En cuarto teníamos un tontorrón que me sentó en la tarima para exponerme a la vergüenza pública por copiar en un examen, desde allí pude copiar mejor; en las primeras filas estaban los empollones.
Marchante apareció en quinto o sexto, no recuerdo. Tampoco encajo a un profesor que llamábamos Marguerito, muy arreglado, pañuelo blanco asomando por el bolsillo de la americana. Mientras pasaba lista tarareábamos la melodía de El Padrino. Marchante fue antes o después. Quizás antes. Dejó las clases después del incidente del pistolón. Quizás fue sustituido por Marguerito. En realidad, ¿se llamaba Marguerit? No recuerdo las clases de Marchante. Nada. Yo tampoco asistí a su exibicionismo y pensaba que amenazó con la pistola en una clase de nocturno, no lo recordaba tan cercano, en el aula contigua.. Después circulaban rumores que explicaban que fuese un profesor raro: la amargura que arrastraba por la muerte de su hija…
Marchante, el Obrero, Marguerito, Santapera, quizás no lograron formar nuestro espiritu nacional pero algún espiritu nacionalista, seguro. Más de uno pensó que ciertas actitudes iban más con las tierras que con las personas.
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Correspondencias / Francesc Parra
Apreciado Arcadi:
No dejan de sorprenderme, y eso que yo también vivo en esta tierra. ¡Ah, los nacionalistas y su comprobación de fuentes! Hace ya siglo y medio que el ingeniero Ezquerra del Bayo diseñó el primer mapa geológico de la Península, bastante (muy) aproximado a la realidad (lo he rastreado por la red, pero no lo he encontrado; sí, otros más actuales), con lo cual no cabe hablar, en este caso, de quién sabe lo que nos reserva en este dominio… Resumiendo, que esa “gran parte del centro” granítica de la Península no es tal. Por ejemplo, las casticísimas (calicísimas) Sevilla, Madrid y Fachadolid se asientan sobre terrenos terciarios, si no calcáreos, sí que emparentados con esa familia. Algo que no sucede, por ejemplo, con la muy paleozoica sierra de Collserola. ¡Ah, el acientifismo!
Un saludo.
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Correspondencias / Plaza
Estimado A.,
Informa un diario que Luis Sepúlveda ha ganado un premio por una obra acerca de la memoria. Uno no sabe si ha escrito sobre el mal de Parkinson o sobre Funes, el memorioso. Aunque, claro, tratándose del autor resulta fácil imaginarlo. Es la memoria sobre los acontecimientos en el Chile de la dictadura. Una sola memoria. Como si eso fuera posible, en un país, no ya en una familia. Estoy seguro que la memoria de aquellos anos, en el seno de mi propia familia, es radicalmente distinta. Y es algo que se puede rastrear en muchas familias chilenas, aún hoy. Yo recuerdo perfectamente que en el plebiscito de 1988, el susodicho obtuvo un altísimo porcentaje de confianza (no recuerdo bien, pero creo que fue alrededor del 47 por ciento). Ah, la memoria sesgada! Pues sí, eso. Y bueno, no vale la pena seguir comentando la información de El País que cuenta los años del joven luchador por la democracia del tal Sepúlveda, que, sinceramente, resulta bochornosa… Joder con los mártires!
Un saludo,

