20 de febrero

Nunca se vieron tantos tontos

En cumplimiento del deber entro en un foro donde Nacho Abad, al que he conocido esta mañana en el periódico, responde a las preguntas de algunos internautas. Este hombre se ha hecho famoso por la entrevista a una niña que se relacionaba con el presunto asesino de Sevilla. Parece que le preguntó: «¿Tú sabes que has estado enamorada de un asesino?», una pregunta donde todas las palabras son basura. Pero en el foro están orgullosos con él. Y lo más excitante: lo ponen como ejemplo de periodismo. Es posible que el foro esté trucado y no deje pasar otro tipo de preguntas y consideraciones. Pero los halagos deben de ser ciertos. Ese tipo de personas que conocen y adulan al periodista Abad existen. Hay mucha gente sorprendida con el hecho de que existan. También hay mucha otra sorprendida con el paisaje de inteligencia juvenil que muestra, por poner un último y feliz ejemplo, La clase, la película de Laurent Cantet. Y mucha, mucha, abochornada por lo que se exhibe (sintaxis y sindéresis) desacomplejadamente en facebook. Nunca las cosas habían ido tan mal con nuestros jóvenes: así rematan su desánimo.

No lo creo. En absoluto. Mi hipótesis es que nunca los jóvenes, en términos generales, habían desarrollado un grado tal de sofisticación e inteligencia. El problema es otro. El problema es que los tontos jamás habían alcanzado un poder de exhibición semejante. Ni los tontos ni los crueles. Retomemos el ejemplo de Cantet. ¿Hace cincuenta años, dónde estaban los tontos y desestructurados? En la calle. Hoy están en el aula. Menos tontos, aunque, por supuesto, lejos de estar redimidos: puede que la educación sea una varita mágica, pero de movimientos lentísimos. ¿Qué hacían los excluidos de la sintaxis y la sindéresis? Cualquier cosa, menos escribir blogs: como máximo un grafitti con prosa de alquitrán.

Los tontos no sólo se ven más. También son muy vistosos. De ahí, por ejemplo, que los medios los protejan. Son una parte decisiva del negocio. Bastantes de los que observan las preguntas del tal Nacho Abad lo hacen desde un punto de vista similar (e igualmente relajado) al que adoptarían ante un documental sobre las maravillas de la naturaleza: ¡Qué instinto!, se van diciendo. Por lo tanto hay que hilar fino. El ángulo ciego de la Humanidad es cada vez más pequeño, y es positivo que lo sea. Hay que tener paciencia. Los tontos no pueden recibir tratamiento segregado, porque el tratamiento es, precisamente, la mezcla. Eso sí, hay que dedicarles la atención, la conmiseración y el tiempo justos, porque de lo contrario se corren riesgos.

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Correspondencias / Vidal

Dice usted en su columna de hoy que nunca se vieron tantos tontos. Debe de ser que soy muy tonto, pero mi impresión, a pesar de todo, quiero decir a pesar de todo lo que usted dice en su, por otro lado, acertada columna, es que los tontos se siguen viendo muy poco, que nos fijamos muy poco en ellos y que los respetamos menos todavía. Me refiero a los tontos de verdad, a los auténticamente tontos, a los que hasta el nombre de tontos se les va cambiando cada cierto tiempo para que sigan en el limbo invisible de los tontos. Lo hacemos a base de palabras como subnormal, retrasado mental, discapacitado psíquico, persona con discapacidad psíquica, y así todo seguido, mientras seguimos alegremente utilizando la verdadera palabra tonto y todos sus derivados, como imbécil y demás variantes, para denigrar e insultar a cualquiera, metiendo en el mismo saco a los tontos verdaderos y a quienes nos parecen torpes, altivos, ignorantes, necios, mequetrefes, mentirosos, ilusos, merluzos, pavos y cosas por el estilo.

Un par de ejemplos: hay una multinacional que basa su campaña publicitaria, con claro aspecto populista, en esta frase: Yo no soy tonto. Recientemente se criticó con dureza a un alcalde de la provincia de Madrid por llamar a los votantes de un partido político distinto del suyo tontos de los cojones. Pues bien, me llamó mucho la atención que la palabra que era impronunciable (supongo que por respeto a la audiencia) para muchas de las personas que hablan en la radio no era la palabra tonto, sino la palabra cojones. Decía: tontos de los…

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Correspondencias / Francisco Fuster

Al profesor Arcadi Espada:

La lectura de su columna me sugiere una reflexión, un matiz. Convengo en la tesis
que da título al texto: los medios de comunicación y la gente encargada de velar por
el sagrado derecho a la información – Nacho Abad incluído – se encargan de dar
visibilidad a esa cohorte de tontos de la que usted habla, a esos tontos anónimos
que, por múltiples razones imposibles de glosar, dejan serlo.

El problema, sin embargo, es que esos tontos siguen estando ahí y no desaparecen,
por la sencilla razón de que siempre han estado ahí y nunca han desaparecido
(“Stultorum numerus est infinitus” dicen que dice la Bíblia); ahora los vemos y los
escuchamos, algunos ríen -reímos- sus gracias cuando nos parecen graciosas, otros
nos sorprendemos, sin motivo ni razón para hacerlo, cuando comprobamos el daño que
pueden hacer cuando se lo proponen. Y es que no hay nada más perjudicial y dañino
para la salud que un tonto, que un estúpido. Alguien debería empezar a plantearse
seriamente la posibilidad de poner en algún sitio preferente – y al modo de los que
vienen en las cajetillas de tabaco -, carteles y anuncios del tipo: “Convivir con un
estúpido perjudica seriamente la salud”. Como dice Carlo M. Cipolla, “la persona
estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”. Si hay más peligroso que
una persona malvada, eso es una persona estúpida. Estas han existido siempre, dentro
y fuera de la aulas.

Conclusión (una de ellas): «Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima
el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo» (Carlo M. Cipolla “Las
leyes fundamentales de la estupidez humana”)

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Correspondencias / Vicente Carbona

Dear A:

Sobre el aumento global de tontuna te dirijo la atención al concepto de agnotología, o cómo “más información produce menos conocimiento”.

También, dicho de otra manera, y citando a Robert Proctor:

“… (E)n muchos asuntos contenciosos, nuestra usual relación con la información se invierte: La ignorancia aumenta”.

Yo tengo un hijo con síndrome de Angelman, que podría definirse como “persona con discapacidad psíquica”, pero que sin embargo, de tonto no tiene un pelo: sabe perfectamente manejar su medio y sus relaciones personales, mucho mejor que algunas personas consideradas “normales”.

Los tontos, como alegas, son muy vistosos, pero sólo entre los que asumen que lo saben todo. Como dijo una persona muy “normal” que se oponía a tener un centro de día para discapacitados cerca de su casa aquí en la Comunidad Valenciana: “No queremos a los tontitos demasiado cerca. Asustarán a los niños”.

Con más información improcesable, y más asunción de certeza, más ignorancia (tontuna) social. Quizá por eso, en España, la ciencia no vende ni agua en el desierto. Los españoles tememos descubrir que no lo sabemos todo. Eso sería insoportable. Que estudien ellos. Nosotros no somos tontos.

Abrazos

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Correspondencias / Corona

Estimado Arcadi:

Creo que soy un poco más pesimista que usted en el tema de los tontos. En España tenemos el problema de que los bobos, que son muchos, mandan. Los nulos, una vez en el poder, metieron a sus semejantes torpes en las aulas, para que convivieran con las mentes más afortunadas. Como eran estúpidos, no comprendieron que la mínima mejoría de sus afines no compensa ni justifica el perjuicio que éstos ocasionan a los alumnos inteligentes.

He aquí cómo un abanico de profesionales de la memez pasa a tener el sistema educativo en sus manos: psicopedagogos, psicológos, pedagogos, sexólogos…Alumnos de bachillerato pierden horas de física para aprender mediación en conflictos ; los profesores hacen formación no para actualizarse en su asignatura, sino para enseñar a alumnos de 16 años a subrayar lo importante, a hacer esquemas…Vienen sexólogos a clase para que los chavales conozcan la (según ellos) presunta homosexualidad de Newton, porque para un tonto eso es algo muy importante.

Cuando los ejemplares ( los poderosos) son los idiotas, la sociedad, como un espejo, se puebla de ellos. Los estúpidos proliferan, por simple resonancia con las fuerzas sociales. Para el inteligente, la atmósfera se vuelve irrespirable, un estercolero. Piensa incluso en emigrar. Porque no es cuestión de paciencia. Una sola generación con un porcentaje suficiente de tontos puede arruinar los logros culturales acumulados con esfuerzo durante siglos.

Y es que a los tontos les encanta derribar todo lo anterior, empezar de cero. No por rebeldía o “progresía” , como ellos creen; o para tener una “mirada virgen”; sino porque no tienen ni la capacidad intelectual ni la curiosidad o motivación para asimilarlo e integrarlo. Así, van desestructurando la sociedad y la moral, a la vez que ofrecen a cambio verdaderos disparates. Y, por supuesto, arruinan la economía, que, en la actualidad, requiere considerable inteligencia y preparación para ser manejada.

Como ha sucedido siempre, los talentos que hayan resistido esto y sobrevivan, tendrán que levantar las ruinas. Para que vivamos todos, los tontos también.

Un abrazo.

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Correspondencias / Germán Bunes

Querido Arcadi:

Leyendo su columna de hoy he recordado, por asociación obvia, al gran Santiago Amón (“En España, no cabe un tonto más”); y, por asociación menos obvia pero de igual peso, a mi añorado Felipe Mellizo.

Era idea de Platón que las personas inteligentes sienten necesidad de hablar cuando tienen algo que decir, mientras que los estúpidos hablan asaltados constatemente por la necesidad de decir algo.

A la luz de esta contraposición se aprecian mejor, si cabe, las diferencias entre el “periodismo Mellizo” y el “periodismo Abad”

Y es cierto, como dice en su columna, que lo que ha variado no es el número de tontos (los científicos dirían que es una constante del sistema) si no la facilidad con la que ahora pueden saciar su necesidad de hablar accediendo a tribunas que, a su vez, garantizan amplia y rápida difusión pública.

Desconozco si el sandio de Nacho Abad tuvo grandes índices de audiencia. A juzgar por lo que usted comenta sobre la visita a un blog del que él es la estrella, tal vez sí. Pero que el consumo de necedades sea crecientemente mayoritario no significa, insisto, que crezca el número de necios porque, desafortunadamente, el comportamiento estulto no es monopolio de ellos.

Y es que los listos a tiempo completo, se cuentan con los dedos de una oreja.

Debemos pues extremar la prudencia, conscientes siempre de los desalentadores imperativos del segundo Principio de la Termodinámica.

Cuídese.

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Correspondencias / N.

Estimado Espada:

¿Ha leído usted el soberbio ejemplo -empezando por la primera frase- de fantasma en la máquina que publica hoy el El País? ¡Qué época ésta en la que “pensar” es sólo un aburrido sinónimo de “ejercitar la mente”!

Un saludo

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