4 de febrero
Un locutor de televisión dice haber engañado a un competidor que se tomó en serio una representación de su mal humor proyectado sobre una becaria. Yo creo que se precipita, porque en realidad aún no ha podido demostrar que el citado competidor se lo haya creído. Al competidor le bastaría con mostrar una supuesta cola ignota del vídeo máster con un cartel que dijera: «Sabemos que, a pesar de las apariencias, no estás representando una farsa, y que, en el fondo, eres así de cabrón. Y hemos pasado una buena tarde divulgándolo.» Es lo que tienen las estupideces, que son como muñecas rusas.
Ahora bien, a las estupideces socialdemócratas las adornan siempre diversas plusvalías. Como al FC Barcelona. Según han informado ellos mismos, los farsantes quisieron hacer pedagogía con el competidor y desmostrar que no verifica sus informaciones. Es tan conmovedor que me mareo. ¿Pero qué es lo que habría de comprobarse? ¿No estaba acaso el locutor maltratando de suboca a una becaria? Para su desgracia, aunque es muy dudoso que los farsantes alcancen a comprenderlo, esa escena ha existido y es veraz. Y por otro lado: ¿acaso la empresa (perfectamente enterada y cómplice de los manejos) no remitía al programa y al propio locutor («esta noche hablará del asunto») como toda explicación? Mucho peor son los buenos sentimientos que exhibieron. En el momento de desvelar la farsa, la locutora del locutor vino a disculparse ante los miles y miles de personas que habían caído en el engaño. No pensamos que iban subirlo a youtube, argumentó con suprema y pálida candidez, como echándole la culpa al competidor. Igual que el bobo de Welles, pidiendo perdón por los muertos que ocasionó su marcianada. ¡Oh, no! Si hubiera sabido que iban a morir…, snif.
Pero entre las plusvalías, despunta la impunidad. ¡Te la colamos gordito!, reventó el locutor de risa. Gordito. Repítanlo, pero será inútil: no oirán el eco indignado. ¡Son socialdemócratas! Ahora piensen en la posibilidad de que el competidor cogiera a una periodista socialdemócrata y la llamara gordita. O bajita. O cardito. Oh, socialdemócratas, todas las tardes jugando en campo propio. Disculpen, añoro las codas. Esta descripción perfecta de Andrew Anthony, en El desencanto, del tipismo socialdemócrata, esta gente, mon semblable, mon frère: «Me veía a mí mismo como alguien que comprendía el mundo y para mantener esa percepción era indispensable que no intentara comprenderme a mí mismo.»
·
Correspondencias / Jordi Bernal
Querido profesor Espada:
Vaya por delante mi admiración por el genial Orson Welles y mi simpatía por el Gran Wyoming, que, gracias a Dios, no fueron ni son periodistas. Son dos grandes facedores de ficciones. En el caso del bulo de la bronca a la becaria (claro que existe, aunque normalmente la socialdemocracia no lo representa con bulla sino más bien con sibilinas y humillantes sonrisas) que comenta usted hoy discrepo en dos cuestiones: la primera es que el Gran Wyoming, con su notable pantomima, y hasta donde mi información alcanza, no ha provocado ningún infarto de miocardio ni ha abortado con su cavernosa admonición del Apocalipsis intergaláctico cualquier embarazo. La segunda entra en el apartado de la guerra de trincheras mediática a la que este país (¡ay!) es tan propenso, pues es bien sabido que es más fácil descalificar al oponente que patearse las calles y sobrevivir a los transportes públicos en busca de una crónica que llevarse a la boca. Llama gordinflón Wyoming al periodista Xavier Horcajo, cierto y lamentable. Pero, ¿cuántas veces el periodista Horcajo, desde la palestra del programa “Más se perdió en Cuba” ha insultado al humorista Wyoming? El paseo por google ha sido fácil. Más allá del “bufón” (recuerdo perfectamente con qué odio los nacionalistas –en aquella ocasión catalanes- se lo escupían a Albert Boadella), quede el “feo”, “progre gominas”, “H.P.” y así. De hecho, el propio Horcajo reconoció en el programa “El gato al agua” que no pocas veces se les había ido la mano con el insulto hacia el Gran Wyoming.
Dicen que donde las dan las toman. (Supuesta) Maestría española desde los tiempos de Quevedo. No sólo de periodistas, sino, como en el caso del Wyoming, de humoristas satíricos.
·
Correspondencias / Germán Bunes
Estimado Arcadi:
Pasa el tiempo pero usted persiste.
Agradezco su juvenil bullir periodístico, tan a contraestilo y tan saludable. Ya sabe, los toros a contraestilo siempre han servido para desnudar las miserias de los toreros acomodados.
A propósito de las plusvalías socialdemócratas, se ha celebrado estos días una ceremonia, la entrega de los premios Goya, trufada de ellas.
¿No le enternece a usted lo lleno de plusvalías que está el torpear discursivo de la profesión cinematográfica? Elija entre ellos uno al azar; probablemente se autodefinirá como subversivo, como amante perenne de la trasgresión, como francotirador…qué se yo…Pero eso sí, la mayoría de ingresos por actividad profesional del revolucionario en cuestión provendrá, por distintas vías, de los presupuestos de las Administraciones Públicas.
No seré yo el que achaque incoherencia a los héroes, todo lo contrario. Su discurso socialdemócrata ma tontamente revolucionario comenzará siempre con una salva de ordenanza: el mercado es culpable, usted, yo, el capitalismo, el primer mundo es culpable. ¿De qué? Bueno, sería largo de explicar. Digamos que bajo toda crítica a una subvención se esconde un facha taimado.
Uno piensa: si al menos se produjesen media docena de películas estimables al año. Mira entonces el plantel de las nominadas y sonríe, pero poco.
Y por cierto, que lamentable aroma se desprende del asunto del Goya hurtado y del papel de su periódico en el mismo.
Un saludo afectuoso.
Germán Bunes

