24 de enero
Liberación, caída, genuflexión
Querido J:
El lunes se cumplen setenta años de la toma de Barcelona por las tropas franquistas. El 26 de enero de 1939. Recordarás perfectamente que nosotros hemos conocido dos denominaciones canónicas para aquel 26 de enero. Una fue: La liberación de Barcelona. Estuvo vigente hasta la muerte de Franco y tiene poco intríngulis. Los franquistas se veían a sí mismos como liberadores. Es algo incompatible con su visión la evidencia de que miles de barceloneses decidieran huir de la ciudad antes de su llegada, por si los liberaban demasiado. Más interés y complejidad tiene la expresión que sucedió a la franquista: La caída de Barcelona. Otra denominación bien extraña. Deja a un lado todas las consideraciones de política interior. Es algo más técnico: para que algo caiga ha de estar en pie.
(Cortesía de Manuel Trallero)
Barcelona no cayó. Durante muchos años ignoré esta cuestión. ¡Quia años! Una vida. En realidad lo ignoré hasta una tarde de lluvia y mucho frío en la biblioteca del Pabellón de la República. Había ido en busca de un libro del periodista Herbert Matthews, donde narraba su experiencia en la guerra de España, como enviado del Times. Casi al final me topé con un párrafo inolvidable. El periodista, después de haber aguantado en Barcelona hasta la víspera de la entrada de los franquistas, llega a Perpiñán. Allí se entera de que Barcelona ha sido tomada. Y se desata: «Por amor a la República y a la democracia se debió combatir por Barcelona. (…) Había razones suficientes para la caída de la ciudad y sin embargo suscita resentimiento que los catalanes, a diferencia de los castellanos de Madrid, de los polacos de Varsovia y de los rusos de Estalingrado no escribiesen una página heroica para consignarla en la historia».
Aquella tarde me perturbó leerlo y hoy me perturba todavía. Suscita resentimiento. ¡Claro que sí! Una gloriosa página de sangre para la prosa de Matthews, eso tuvo que ser Barcelona. Recuerdo que en un instante de sus lamentos afloraba casi una cuestión personal. «¡Me habían prometido que lucharían!» Por suerte Matthews siguió buscando su epopeya y la encontró, y victoriosa, en la Sierra Maestra cubana: pocos contribuyeron como él al nacimiento y consolidación del mito de Fidel Castro. Su observación es inhumana, romántica y repulsivamente literaria. Pienso ahora que hay muchas observaciones que comparten estas tres características. Pero adopta un tono muy particular cuando se pone en contacto con ese sintagma de nuestra juventud democrática. La caída de Barcelona. No hubo tal. En Barcelona los franquistas no tuvieron que aplastar un sola barricada. Ni desarmar a un solo francotirador. Barcelona fue una ciudad abierta, como el París rendido a los nazis. Un día me hablaba Joan Capri, el humorista, de aquella mañana. Salió a la Diagonal, era un crío, vio pasar los tanques y se puso delante de uno, levantando las manos, para rendirse y provocarlos. No le echaron cuenta y siguieron. Creo que ésa fue toda la resistencia. No sólo eso. Al día siguiente fueron a la plaza las multitudes, y la más hermosa sonreía al más fiero de los vencedores, en perfecta lírica hispánica.
Están las fotos. Es extraño que con las fotos de los desfiles y de las misas de campaña no se haya practicado nunca, que yo sepa, alguno de esos llamativos reportajes basados en la retrospección. Sólo he visto un intento de trabajo (digamos) sobre estas fotografías. Hace pocos días en el suplemento Quadern, del diario El País.
Reproducían una foto de la Gran Vía, con el Ejército de Navarra entrando, camino del puerto. A un lado y en la misma dirección de los militares, caminaba un civil. Las conclusiones que obtenía la autora de la nota eran puramente extraordinarias. La foto simbolizaría la caída: unos entraban y otros huían. La operación hermenéutica, claro está, necesitaba convertir al hombre de las gafas en un patético protoexiliado y el maletín (de médico o de filatélico, quién sabe nada) en una maleta donde iban sus pertenencias. La realidad nunca arredra a los hermenéuticos.
En relación a las fotos yo me conformaría con algo más empírico: observar detenidamente los retratos de la muchedumbre que saludaba a los franquistas y tratar de localizar a los supervivientes, que aún debe haberlos. Este periódico donde te echo las cartas, y que es valiente: que insertara retratos a toda página y encima la leyenda: «¿Fue usted alguno de ellos? ¿Estuvo aquel 27 de enero en la misa de campaña de la plaza de Cataluña, practicando la llamada genuflexión de Barcelona? ¿O el 21 de febrero, en el gran desfile, con Franco presidiendo en aquel balcón, tan barcelonés, de la Diagonal? ¿Puede contarnos su experiencia?» Yo animo al periódico al gran reportaje, y estoy seguro de que tú lo animas conmigo.
En su defecto siempre sería interesante saber qué hicieron el 26 de enero algunas familias barcelonesas. De la familia Maragall ya te hablé hace poco a propósito del libro de memorias que publicaron Esther Tusquets y Mercedes Vilanova. Aquel párrafo de los diarios del padre, escrito en 1941. Todo estaba muy tierno y en el 1941 aún lo llamaba liberación: «Pocos días después vino la liberación de Barcelona, que coronó con su extrañeza el cúmulo de cosas extraordinarias que nos venían sucediendo. Estuvimos varios días sin clara conciencia de nuestra situación y por fin el 3 o 4 de febrero de 1939, Basi [la esposa] y yo nos instalamos en esta casita de Ernest [hermano], en la que puede decirse que empezamos una nueva vida, con los dos niños y con gran paz y tranquilidad.»
Mi interés por el 26 de enero viene de antiguo, te confesaré. Tengo arrinconado el guión de un libro que iba a llamarse Los anfitriones catalanes de Franco», y muchas notas tomadas al aguafuerte para él. Este párrafo tan lindo (¡tan colombiano!) de Josep Maria Junoy, el vanguardista, en una impetuosa revista del Frente de Juventudes: «El cocktail o combinado es una cobardía. Los líquidos o ingredientes de que se componen estos brebajes no dan nunca la cara. La esconden unos detrás de los otros, siempre arteramente, de una manera turbia, equívoca, freudiana (…) Los cocktails o combinados constituyen una verdadera injuria, una grave ofensa para el buen vino español, para el “buen vino” de nuestro Gonzalo de Berceo y para el vino sublime de la consagración, como dijo, en frase memorable, el gran Chesterton”. O el esbelto suelto de un primer Destino, tal vez atribuible a Ignacio Agustí: «Cheka se escribe con k. Debe ir desnuda e incorruptible, conservando esta forma de celda de tortura insensible y fría. No es posible olvidar tan pronto.»
Eso es lo que yo pienso, exactamente; que no se puede olvidar tan pronto. Entre los aguafuertes destaca uno sobre el arquitecto Oriol Bohigas –catalanísimo– del que hice un divertido descubrimiento hace años. Su primer artículo. De diciembre de 1945. Tenía 21 años y lo principiaba (que es verbo del paisaje) con estas palabras: «La furia marxista de 1936 se cebó también sobre el insigne monumento arquitectónico. Su valor artístico quedó olvidado ante las turbas…» Escribía sobre La Sagrada Familia. Defendiendo, con similar pasión, la continuación de las obras. Años después lo menos que llamaría a esa reconstrucción sería «engendro» y «marranada», que es también lo que le llamo yo. Lo de Bohigas, claro está, no tiene importancia. Ni lo de Maragall ni lo de Junoy ni lo de nadie, entonces. Lo único que tiene importancia es lo que ha venido después. La desaparición de la calle 26 de enero. Antes, en la ciudad, y muy cerca de donde nací, había una calle llamada 26 de enero. El nomenclátor municipal sitúa su origen en 1911. Muy probablemente recordaba la batalla de Montjuïc, del 26 de enero de 1641, donde parece que fue derrotado un marqués de Felipe IV. Los franquistas no vieron motivo alguno de cambio, dada la singular coincidencia. Confiaban, como así fue, que el pueblo no tendría dudas de qué 26 de enero se trataba. Desde 1980 se llama, puntillosamente, 26 de enero de 1641. Por si el pueblo tuviera dudas. Nunca comprendí el cambio. Al fin y al cabo hay una gran avenida que conmemora el 11 de septiembre, y derrota por derrota mejor la que alcance la vista. Pero es verdad que son raros.
Sigue con salud.
A.
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por Verónica Puertollano
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Correspondencias / Antonio Donaire
Estimado Sr. Espada: Me imagino que Vd. conoce lo que el genial Antonio Mingote llama su “conquista de Barcelona”:
«Cuando mi batallón (el 4º del Regimiento de Zamora n. 29) llega al Tibidabo, con Barcelona en sus faldas, pido permiso al Comandante Trapero para ir a ver a mi madre. Me lo niega, porque según los planes del Estado Mayor no entraremos en Barcelona hasta el día siguiente. Insisto en mi petición y el comandante me acusa de estar loco. Sigo insistiendo y me autoriza a hacer lo que quiera siempre que él no se entere. Acompañado de mi asistente, Miguel Flores, emprendo decididamente «la conquista de Barcelona». Bajo marcialmente por la calle Muntaner. La gente me mira extrañada, pero en silencio por mi uniforme e insignias que no le son familiares. Llego a la casa, y una mujer me dice que la familia Barrachina se trasladó a Sitges hace dos días. Sólo queda regresar a las bases. Así que, después de tomar Barcelona, la devuelvo, generosamente. (Cuento esto detalladamente porque esta fue «mi guerra»)
Saludos
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Correspondencias / Francisco
Apreciado Sr. Espada:
Supongo que en tal día como hoy habrá estado atento. No hay mejor epílogo, para la estupenda película del 26 de enero, que transcribir el espacio que dedica La Vanguardia (en su edición impresa) a la caída/hundimiento/rendición/liberación de Barcelona:
La caída de Barcelona cumple setenta años
BARCELONAHoy se cumple el 70. º aniversario de la toma de Barcelona por las tropas franquistas durante la Guerra Civil. El 26 de enero de 1939, el cuerpo 105 del ejército marroquí avanzó desde Sants y Montjuïc y se extendió por la ciudad sin encontrar resistencia. A primera hora de la tarde, se ocuparon la Generalitat y el Ayuntamiento. / E. Press.
Un saludo,
Ps: Ahora que lo releo, parece un parte de guerra.


