21 de enero
Un escritor de fama dice, textualmente, que Obama llega a un planeta destrozado. Repitan conmigo, si han podido pasar de la frase: un planeta destrozado. No se trata de un delirio singular y poético, que tendría poca importancia; sino del pensamiento dominante de una humanidad infantilizada y ridícula. ¡Un planeta destrozado! Un planeta destrozado son los 187 millones de muertos que el historiador Hobsbawm adjudicó a las utopías. Los 70 años fuera de la vida que atravesaron grandes masas europeas, de Berlín a Sajalin. Las consecuencias de los mil años de felicidad que le esperaban a China, según las previsiones del criminal aforista. Y el experimento jmer en Camboya. Pero no es necesario ir tan lejos. Un planeta destrozado es el millón de muertos de Ruanda, mayoritariamente tutsis, del genocidio en Ruanda. Fue en 1994 y presidía América Bill Clinton: su torpeza (manifestada en su misma resistencia a nombrar la palabra genocidio) facilitó la extensión de la matanza. Clinton: esa laja de bacon entre dos bushes: pocos aluden a su responsabilidad ante las medidas desreguladoras de la economía o a su incapacidad para detectar la conspiración del 11 de septiembre, que, evidentemente, no empezó a planearse el día 10. Un planeta destrozado es el Africa del Sida, que sólo en estos últimos años ha empezado a salir de su postración.
Nunca había vivido la Humanidad como en esta limpia tarde en la que escribo, y en la que Obama, después de su mediocre discurso, se dispone a dar sus primeros pasos como presidente. Es una mala noticia para la melancolía letraherida. Aunque cueste percibirlo estos son los auténticos tiempos dorados. Nunca hubo menos violencia en el mundo; nunca la salud llegó a un conjunto comparable de hombres; nunca la libertad amparó tantas vidas; nunca los hombres fueron más iguales; nunca el conocimiento unió a la especie en las internáuticas proporciones actuales. Nunca el mundo se sintió más alarmado y conmovido ante matanzas como las de Irak, Gaza, ante desastres de la naturaleza y la gestión como el tsunami del Índico o el huracán de Nueva Orleans. Nunca hubo más cumplida información (¡fotos y vídeos!) de un centro de tortura que con el infame penal de Guantánamo: nunca el mundo, en fin, insistió tanto en la necesidad de responder a la vileza de los bárbaros sin que nos envileciéramos nosotros, los buenos, los nobles y los felices.
Es obligatorio que el delirio apocalíptico no se convierta en delito. Esta tarde, en Washington y en Barcelona, sobra la propaganda: Obama llega para gobernar el mejor de los mundos habidos. Y es muy probable que lo mejore.
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Correspondencias / Daniel Gómez Cañete
Dickens fue un poco más prudente cuando escribió:
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la era de la sabiduría, era la era de la locura, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, era la estación de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperanza, lo teníamos todo frente a nosotros, no teníamos nada frente a nosotros, íbamos a ir todos directos al cielo, íbamos a ir todos directos al otro lado…”
Todo tiene un filo doble. Sin la tecnología no podría haber habido 187 millones de muertos, por muy utópicas que fuesen las causas. Sin la tecnología tampoco habría Internet, ni tampoco me habría enterado que hay 800 millones de personas que no comen correctamente, debido entre otras cosas, a los altos precios de la comida.
Y luego está la paradoja de que todas esas cosas maravillosas que mencionas son casi exclusivas de unos 1.200 millones de personas que consumen el 80% de los recursos del planeta.
Lo que introduce la cuestión de ¿por cuanto tiempo más? Pueden pasar varias cosas, que aprendamos a darle a 6.000 millones de personas lo que tenemos en el primer mundo por una fracción del coste actual, que seamos menos para repartir por causas naturales (las muertes por inanición, las guerras, las enfermedades, todas ellas causas bien naturales), o bien que acabemos todos malthusianamente pobres.
La esperanza es buena, la autocomplacencia, no tanto.
La OCDE, a través de la Agencia Internacional de la Energía ha advertido en su último informe:
“El sistema mundial de energía está en una encrucijada. Las tendencias actuales del suministro y el consumo de energía son claramente insostenibles, tanto desde el punto de vista ambiental como del económico y social. Estas tendencias pueden -y deben- ser modificadas; todavía hay tiempo para cambiar de rumbo. No es exagerado decir que el futuro de la prosperidad de la humanidad depende de la manera en que sepamos responder a los dos principales desafíos que se nos plantean en la actualidad en materia de energía: asegurar un suministro de energía fiable y asequible, y pasar rápidamente a un nuevo sistema de suministro de energía con bajas emisiones de carbono, eficiente y respetuoso del medio ambiente. Lo que hace falta no es nada menos que una revolución energética”.
No soy muy optimista, basta con observar como se queja la gente porque les obligan a circular a 80km/h (perdiendo 10s por km recorrido respecto a los 100km/h), y cómo algunos comentaristas afirman que no se puede perseguir al automóvil (otro maravilloso invento, aunque en exceso no es bueno, véanse los atascos…) porque o si no se perjudica a la industria del automóvil…
Saludos
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Correspondencias / Pablo Laborde
El País de 16-06-2008 titulaba en un reportaje sobre la Feria del Libro de Madrid:
187 millones de muertos en nombre de las utopías
Rafael del Águila analiza el papel de la gente de la calle en los horrores del siglo XX.>>
En la introducción del artículo, se lee:
«El historiador británico Eric Hobsbawm calculó que la cifra global de muertos de manera violenta durante el siglo XX era de 187 millones. Contaba ahí a los que murieron en los frentes de la Primera Guerra Mundial (8,5 millones) y a los que entonces cayeron en la retaguardia (10 millones), a los que fueron fulminados durante la revolución rusa y en la guerra civil posterior (cinco) y a los masacrados después durante la represión (el “archipiélago Gulag” liquidó a varias decenas de millones). En ese monto están incluidos los 35 millones de víctimas que costó la Segunda Guerra Mundial…, y se podría seguir la espantosa relación durante varios párrafos (Camboya, Corea del Norte, las dictaduras del Cono Sur de Latinoamérica, Guatemala, El Salvador, Ruanda, los Balcanes, Oriente Próximo…). El caso es que Rafael del Águila (Madrid, 1953), catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, considera en su nuevo ensayo, Crítica de las ideologías. El peligro de las ideas (Taurus), que Hobsbawm se queda corto.
Esto es, Hobsbawm habla de muertos de manera violenta durante el siglo XX y es el autor del libro (Rafael del Águila) o el autor del artículo (José Andrés Rojo) quien se los adjudica a las utopías. Me cuesta ver utopías en la Primera Guerra Mundial, o en las bombas de Hiroshima y Nagasaki, … o en las dictaduras de Latinoamérica si no es del lado de las víctimas. Y me queda la duda de si es legítima la operación de mezclar a los que mueren víctimas de las utopías con los que mueren en defensa de utopías.
Un saludo

