2 de enero
La influencia de Darwin en la cultura contemporánea, desproporcionadamente baja respecto a la importancia y veracidad de su idea, se debe en parte a problemas menores. Uno de ellos, por ejemplo, es el de la eugenesia. Se le vincula con la abominación nazi, falacia lógica a la que Michael Shermer responde en su prontuario contra la superstición, el magnífico y pedagógico ¿Por qué creemos en cosas raras?: «Es lo mismo que responsabilizar a la imprenta de las consecuencias del Mein Kampf». Darwin no sólo resulta indeseable por esa asociación. Sus descubrimientos fijan las bases de la naturaleza humana, entre ellas las inexorables condiciones del pasado evolutivo que la genética, la neurociencia y disciplinas asociadas están rastreando con pleno éxito darwiniano. La existencia de una naturaleza humana es un grave inconveniente para todas aquellas utopías basadas en el convencimiento de que el hombre es un lienzo en blanco donde la experiencia va escribiendo sus versos: cierta izquierda combate a Darwin porque permite que la Realidad estropee la buena noticia de la Emancipación.
Problemas menores. Hay algo mucho más importante en la sorprendente falta de vigencia de la idea darwiniana: en realidad ni siquiera ha sido estrenada por grandes masas humanas, que viven al margen de la evidencia de que el hombre es producto de la evolución y guarda una relación de parentesco con todos los seres vivientes. Daniel Dennett acertó de lleno al aludir a la peligrosidad de la idea, la más trascendental que ha producido la mente humana. Es esa peligrosidad la que aún la aleja del conocimiento general. No es que Darwin proponga un mundo sin Dios. En esa propuesta han coincidido, antes y después, muchos filósofos. Lo perturbador en Darwin es que describe un mundo sin Dios. La peligrosidad: aún está por ver el aspecto y la continuidad de la sociedad humana bajo esas condiciones generales de conciencia y veracidad. Un mundo sin Dios es una hipótesis sin historia.
No sólo están las ideas. También el propio hombre debería convocar un interés y una fascinación muy considerables. ¿Cómo es posible que la vida de Darwin, y contando en esa vida épica y meditación: es decir su desgarro entre razón y fe y el iniciático viaje del Beagle, no haya despertado la atención cinematográfica, vara de medir de los iconos contemporáneos, y que haya sido preciso esperar a este año para que se anuncie Creation, un proyecto cinematográfico de Jon Amiel basado en La caja de Annie, la biografía del naturalista que escribió uno de sus descendientes? No hay duda que respecto a Marx o Freud, en parte sus contemporáneos y como él decisivos investigadores de la especie, su calado público es menos profundo.
Los aniversarios célebres tienen una cierta virtud de conciliación: pulen las aristas de los grandes hombres y su figura se adorna y envasa al gusto de la época. Esto no va a pasar con Darwin, a poco que se descorran las primeras pompas, siempre fúnebres. Su paradójica falta de vigencia es la del que anuncia una noticia insoportable, que buena parte de la Humanidad aún se resiste a leer.
El periodismo despide el año con un relato de miedo. En un momento de la otra tarde coincidieron estos tres titulares en la edición digital del periódico: «Lo peor está por llegar» (Gaza) «¿Quién ofrece la peor previsión?» (Economía española) «La gripe ya ha llegado y aún falta lo peor». Hace tiempo que tengo la sospecha de que el periodismo ha contribuido notablemente a la expansión y profundidad de la crisis. En realidad siempre lo hace, con el miedo y también con la euforia. Aunque ahora se añade un factor diferencial: la propia y objetiva crisis del periodismo. La capacidad de confundir los apocalipsis personales con los colectivos es un rasgo propio de la Humanidad. Sólo hay que ver el principal pronóstico de los viejos: esto se hunde. Y creo que el periodismo está ampliando el apocalipsis a fuerza de obsesionarse con el suyo privado.
Pero eso no es todo. Hay algo aún más sorprendente: ¿Apocalipsis del periodismo? ¿Estamos seguros? El periodismo se encara a la transformación más importante de su historia. Nació con Gutenberg y jamás ha sufrido una transformación como la de internet. Esta transformación es tecnológica, pero sobre todo moral: el periodismo ha dejado de gestionar en régimen de monopolio el debate sobre el conflicto social. Antes los ciudadanos discutían en los medios, siempre (en la radio, en la televisión o en la prensa) moderados por periodistas. Hoy lo hacen en millones de foros internáuticos, y los moderadores no son necesariamente periodistas. Se percibe también algún signo inquietante: como ese descenso (ligero) en el interés por las noticias de los jóvenes norteamericanos. Un instante de crisis, desde luego. Pero también podría decirse un maravilloso instante de crisis. Nunca hubo en el mundo tantas personas interesadas por el relato periodístico: nunca los periódicos soñaron con la audiencia digital. Y nunca hubo una posibilidad técnica comparable de hacer gran periodismo. ¿Apocalipsis, porque el trasvase de lectores de lo impreso a lo digital vaya más lento que el trasvase publicitario? Nada de apocalipsis; sólo lo de siempre: problemas.
Estoy leyendo un libro excepcional: Diario de Berlín, de William Shirer. Entre otros fragmentos maravillosos está el que describe el nacimiento de la radio como medio de comunicación real, en la crítica Europa nazi y con Shirer y Ed Murrow inventando a medias… ¡nada menos que la rueda de corresponsales! Hace sólo 70 años. No recuerdo qué alma cándida y ucrónica se preguntaba si con internet el watergate sería posible. El tipo de preguntas que ofenden con sólo formularse. Tiraba con poco vuelo el apocalíptico. Porque lo que pudo preguntarse es si el nazismo habría ocurrido con internet y contestarse de paso lo único posible: no.
Ahora bien: todo hombre vivo puede decirse sin equivocarse que le espera lo peor.
(Coda: «Que ha nacido, por así decirlo, el corresponsal de radio en el extranjero» William Shirer, Viena 12 de abril de 1938)
·
Correspondencias / Íñigo Valverde
Querido Arcadi:
Estoy en general de acuerdo con su texto de hoy.
El pesimismo está de moda: como hacer predicciones es muy difícil («sobre todo si se trata del futuro» como dijo Bohr, según unos, o un jugador de beisbol, según otros), lo más sencillo es ponerse en lo peor; así, cuando se verifique la profecía, nadie podrá decir que no habíamos avisado. Si no se verifica, como todo el mundo se sentirá muy aliviado, no nos van a pedir cuentas. Que se lo pregunten, si no, a la Sibila de Delfos.
¿Por qué los lectores se creen tan fácilmente lo que leen (oyen, ven) en los medios, sean profesionales o no? Parece que hay una credulidad de base en la naturaleza humana; que el escepticismo no es un impulso natural. Probablemente tenga también algo que ver en esto la pereza. También parece que hay una tendencia al colectivismo, inherente a la naturaleza social del ser humano; cuando unos pocos se creen algo, el grupo de creyentes aumenta muy deprisa. No hace mucho, después de desmentir un bulo absurdo generado por un chiste de tertulia de café, una de las personas que habían participado en la tertulia de origen me dijo: «Hombre, de todas formas algo tiene que haber, porque se lo he oído contar a más gente…». No quiero decir que la crisis sea un bulo absurdo: me temo que todavía no tengo datos suficientes para poner en duda razonable lo que leo cada día, pero no dejo de recordar lo que decía el gato del Perich: «Lo más seguro es que quién sabe».
También me temo que instar al individualismo, aunque sea mental, no esté ahora muy bien visto. Pero creo que es la única vía para tratar de reforzar el espíritu crítico de la gente. «No se crea usted todo lo que le cuenten, compruebe, verifique, estudie…». Esa debería ser una de las ideas en las que habría «educar para la ciudadanía». No hace tantos años que esa era una idea fundamental del pensamiento «de izquierdas». Y por ahí es por donde se llega a la verdadera independencia: si vamos a ser pobres, al menos que seamos libres…
Un cordial saludo.
·
Correspondencias / Juanjo Jambrina
Querido Arcadi: escribo mientras el Atlántico juega con mis pies en una playa canaria. Excelente análisis el ke haces de los temores ke asaltan al periodismo. Te falta decir que tampoco la literatura aguanta bien los embates de la red y la proliferación de blogueros. Mira que venir un ejército de intrusos a competir!!! El tema, no obstante, se pone feo: ya hablan de suprimir los blocs (soyimka,estefania…) Esa hostilidad tan gauche caviar hacia la felicidad… de los demás. Por mi parte espero con ansiedad que la psquiatría sufra la misma crisis, tan saludable. Y que puedan ser declarados psicoterapeutas aquellas personas que tengan sentido común tal y como demuestran varios estudios.
Un abrazo.
Enviado desde mi iPhone




