28 de diciembre

Madame Vol-au-Vent

 

imagen-5.png   Yo me fui de casa, muy joven, con un gran odio al burgués. En el bolsillo llevaba dos libros sobre los que reposé durante muchos años: uno era La función del orgasmo, de Wilhem Reich. El otro: 1080 recetas de cocina. Simone Ortega (1919-2008) era el original de la cocina de mamá. Y enseñaba cosas utilísimas: que los ajos debían golpearse antes de sofreírse, el punto en que la cebolla comenzaba a tornarse acre, o que lo que yo tiraba del tomate a la basura era lo único que servía para la salsa. El periodista, y niño, Salvador Sostres me informaba: «Le preguntabas a Ferran Adrià por cualquier receta de este libro y te daba su número de página». Con el libro de la señora Ortega (a la que tan fácilmente, y tan raramente en España, se podía llamar madame) el odio al burgués quedó perfectamente empanado; con lo que ese libro, a  lo mejor, acabó salvándome la vida: el odio al burgués, crudo, ha hecho mucho daño a mi generación.

Desde luego no dudo que las mujeres hayan padecido siglos de discriminación y se hayan visto borradas del escenario público. Pero siempre que pienso en estos graves asuntos me acaba llenando de incertidumbre mi historia, personal e intransferible. Yo hago tres cosas cada día: cocino, leo y escribo. La última por estricta obligación de supervivencia y las otras dos por placer. Podría renunciar perfectamente a escribir, si me pagaran como merezco. Pero renunciar a cocinar y leer me llenaría de una tristeza mortal. Sea como fuere, a leer me enseño la señora María, del colegio La Inmaculada Concepción del barrio de Hostafranchs; a escribir María Moliner, de la ciudad de Zaragoza; y a cocinar Simone Ortega, de la ciudad de Madrid. Para no pintar nada en la vida, vaya lo que han pintado las mujeres en la mía. Como esto no es una necrología (ya escribió una excelente Fernando Point en este diario, el día después de la muerte de Simone), sino una hoja de calendario, seguiré, y ya acabo, hablando de mí y de ese libro cabal. Creo poder segurar que fue más leído y practicado por chicos que por chicas. Un libro de hombres, vaya. Las mujeres de mi generación, falda larga y jersey sin formas, sólo se metían en la cocina para jugar al escondite (erótico). Así pues, como realizarse pasaba por no cocinar los muchachos tuvimos que salvar de nuevo la Humanidad, esta vez dentro de la cueva y no cazando fuera de ella. Sin la señora Ortega jamás lo habríamos conseguido. O al menos no con la elegancia que nos inspiraron sus maneras de vol-au-vent.

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Correspondencias /Harkaitz Mendia

Sr Espada: Creo poder afirmar con total seguridad que Karlos Argiñano es el equivalente a Simone Ortega para mi generación. Todo lo que sé de cocina (casi todo, Ama) lo he aprendido…en su página web, que le recomiendo vivamente. Yo creo que este hombre ha hecho más por la cocina que 2000 Adriàs, aunque claro, esto lo pienso yo y sólo yo.

Saludos.

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Correspondencias /Nicolás

Estimado Arcadi: A mí también me enseñó a leer una mujer, la madre Salvadora de las hermanas del Colegio de Jesús (¿puede ser un oxímoron decir “una mujer monja”?; espero ansioso una aclaración en alguno de sus artículos). Escribir no sé (aunque intento aprender cada día) y lo hago atrevidamente para mí y mis amigos; y cocinar es arte para mí desconocido. Pero sé leer en la cocina, incluso disfruto con ello, mientras mi “santa” maneja sartenes y cacerolas. Así que, al igual que usted, disfruto con dos de esas actividades (en mi caso leer y escribir). Por la tercera (cocinar) no me pagan pues no la laboro. Espero que a usted, por escribir, nunca lleguen a pagarle lo suficiente como para dejar de hacerlo. Si así ocurriera perdería yo uno de mis placeres.

Un cordial saludo.

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Correspondencias / Vidal

Si no hubiera mencionado la “ciudad” de Zaragoza, pero es que Paniza es muy bonito…, y tiene 741 habitantes que probablemente siguen su apasionante blog.., y no es plan.

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900.

Un saludo

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Correspondencias / Marina Pino

Madame Ortega, qué quieres que te diga. Una cocina burguesa, pero sobre todo demasiado francesa y colmada de cremas y vol-au-vents. Yo me hice culinariamente con el “Sabores” de mis falangistas, mucho más cercano a la cocina patria y mediterránea. He aquí una división interesante: la de “orteguistas” y “falangistas” culinarios.

Le debo una fideuá nada orteguiana, de Joan Roca.

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