20 de diciembre
El negacionismo, al fin entre sus pares
Pasé una tarde muy emocionante, el último sábado. En la Librería Europa habían convocado una conferencia de David Irving. Tenía ganas de conocerle y la cita me había cogido leyendo ¿Por qué creemos en cosas raras?, el libro de Michael Shermer que Alba acaba de publicar, y donde hay un completo retrato del personaje. Así que llegué a la calle Séneca, y unos policías me cerraron el paso
- La calle está cerrada por seguridad.
- Ya. Voy a la conferencia.
- ¿Qué conferencia?
Me pareció que el policía levantaba la ceja con un punto de altivez y que se hacía el tonto con excesivo realismo.
- A la conferencia -le contesté, tan secamente como en las novelas.
- Caporal… ¿Pasan?
Y abrió el paso. La librería estaba tomada. Y eso que no habían llegado los fotógrafos, arrinconados en la calle hasta que entrara Irving. Pagué cinco euros y me condujeron a un cobertizo trasero, donde se pronunciaría la conferencia. Me tranquilizó que para llegar a él hubiese que atravesar un patio al aire libre, y eché una ojeada a los distintos caminos de evacuación. No me senté, aunque había sitio: me gusta estar preparado. Cuando Irving y los fotógrafos se acomodaron hubo que luchar sin descanso por el lebensraum. La salita: porque no cabían más de 50 personas. Había mucho chiquito nazi y sobre todo mucho policía disfrazado de chiquito nazi. Se me puso al lado un honrado funcionario judicial. Pobre hombre, en sábado por la tarde.
- Me ha enviado el juez.
- ¿A ver qué dicen?
- Sí, más bien a levantar acta de que están grabando lo que dicen.
En efecto. Entre la multitud de cámaras destacaba la de la Policía. Hasta que no se instaló y empezó a filmar no habló nadie. El primero en hacerlo fue un Varela, catalanísimo, quiero decir racialmente catalanísimo. Yo diría que de la Terra Ferma. No dijo más que estupideces, pero para eso estábamos allí. Ahora bien, voy a detenerme en las estupideces. Sobresalían las vinculadas con los judíos y la crisis económica. Es decir, el presente histórico. Varela vino a decir que los judíos nos habían llevado (de nuevo: antes fue en los 30) a la ruina. Una estupidez, ya digo. Y con el peligro habitual: nos han llevado a la ruina en tanto que judíos. Pero eché un vistazo a la sala tomada, a la calle tomada… ¿Todo esto porque un catalán diga lo que está en el ambiente, cada día, en los diarios, en los foros internáuticos, especialmente después de lo de Madoff, al que nadie llama sinvergüenza porque basta llamarle judío, esto es, digo, lo que está en el ambiente, la especie, el conocido reptil, de que la banca judía nos arruina? Hombre, hombre, qué dilapidación.
Se calló Varela y empezó a hablar Irving. Mientras tanto su ayudante, una hosca y fría rubia, guapa y sobre todo sana, disponía sus libros en la mesa. Irving tiene una simpática apariencia de boxeador irlandés. Nada más empezar desgranó todos los asuntos de los que no podía hablar, Auschwitz y las cámaras de gas, entre muchos otros. En realidad demasiado había hecho con estar aquí. Según el libro de Shermer, Irving tiene prohibida la entrada en Alemania, Austria, Canadá, Italia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, y esto era a finales del siglo XX por lo que es probable que la lista haya aumentado. Con la enunciación de todo aquello que por orden judicial debía obviar el conferenciante y paladeado ya el ambiente, el objetivo estaba más que cumplido y me largué no sin dejar con un poco de lástima a mi secretario judicial, a merced de la insolencia de algunos fotógrafos y sus prepotentes cañones que amenazaban con sacarle un ojo a cada movimiento.
De vuelta a casa pensaba lo que ahora pienso: el acoso a Irving es un asunto ridículo. Y grotesco y lesivo que se le indiquen bajo apremio judicial cuáles son los asuntos de los que no puede hablar. Desde luego no creo que se pueda mentir impunemente. Y creo también que la misión principal de los jueces es intervenir en los conflictos sobre la verdad. Y que deben intervenir frente a Irving y el negacionismo y frente a cualquier otra petición fundamentada en la ofensa que causa una mentira. Pero la sentencia no debe ser el silencio. Los libros de Irving no deben prohibirse: simplemente deben llevar obligatoriamente incluidas las sentencias que dictaminan su falsedad. Sus conferencias no deben acotarse: sólo que alguien debe explicar obligatoriamente en cualquier sala donde Irving hable esas mismas decisiones judiciales. Lo sé, los preservativos son muy engorrosos: pero evitan muchos males mayores. En cuanto a la verdad no es cierto que se defienda sola. Montaigne nos enseñó que a diferencia de la verdad la mentira tiene mil caras: una clara superioridad numérica que hay que contrarrestar.
Los jueces deben intervenir, además, porque libros como el de Shermer no se recitan de carrerilla en los colegios. En los colegios se pierde la vida entre himnos y oraciones. Se trata de un clásico y hermoso catecismo para nuestra improbable patria. La primera edición se publicó en 1997 y hasta ahora no había sido traducida al español. Ya sé que casi nada, salvo las ruedecillas de humo de Auster, se traduce al español; pero en esa suerte de cánon de las ausencias la obra de Shermer, que es hoy una de las grandes figuras del escepticismo aunque ayer fue creyente, estaba en el primer lugar. Sí, de acuerdo: no hay traducciones de Elizabeth Loftus, de Susan Blackmore o de Patricia Churchland, y es muy grave; pero lo de Shermer es previo. Un catón: un libro indispensable para estudiantes, políticos, periodistas y pedagogos, que enseña a reconocer la verdad y a ejercerla.
El ensayo contiene la más sucinta y convincente refutación del negacionismo que haya leído jamás. Se centra, como es pertinente, en el argumento fundamental, que es la negación de las órdenes exterminadoras. Los negacionistas menos delirantes asumen que murieron centenares de miles de judíos, entre otras razones, porque les resulta difícil dar cuenta de su actual lugar de residencia; pero sostienen que murieron, sobre todo, a causa del hacinamiento y que las cámaras de gas servían para desinfectarlos aunque no de la manera traumática a que alude la propaganda judía. Shermer relata con gran parsimonia las pruebas (aportadas por los propios nazis desde Eichmann hasta Göring) de que el exterminio existió y fue consecuencia de las órdenes dadas por los jefes nazis. Cualquier argumento negacionista, sea de Irving, Cole o Weber, se deshace ante la prosa escalonada de nuestro escéptico. Sin embargo, y respecto a la verdad y su florecimiento, ni siquiera esto es lo más importante del libro. Lo realmente devastador es el tratamiento pragmático que recibe la negación del Holocausto. El mayor acierto de Shermer respecto a este asunto no ha sido, probablemente, el dedicarle un estudio completo al negacionismo, que lo ha hecho y se llama Denying History: Who Says the Holocaust Never Happened and Why Do They Say It? [Negando la Historia: quién dice que el Holocausto nunca sucedió y por qué lo dice?], sino el incrustar un capítulo de 100 páginas sobre el asunto en un libro dedicado a las pseudociencias. Creo comprender las razones por las que el combate contra el negacionismo adquiere un carácter político y sentimental. Y deben seguir activas. Pero, a mi juicio, nada más eficaz que la estrategia de Shermer. El negacionismo en franco diálogo con sus pares: la videncia, la ufología, el creacionismo, las brujas y la imposición de manos.
Y la Librería Europa, como una garita donde echan el tarot.
Sigue con salud.
A.
(Links: Verónica Puertollano)
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Correspondencias /Juan Abreu
Querido Arcadi, recién llegado a Barcelona hablé con un intelectual cubano (¿un oxímoron?); gesticulaba alarmado por la existencia de la Librería Europa. ¡Hay que cerrarla, nazis! Clamaba. Le asombró mi total desacuerdo. ¿Por qué hay que cerrarla? Los nazis tienen derecho a ser nazis, y a hablar como nazis, obviamente. Recordé el encuentro al leer tu artículo sobre el negacionista Irving. La parte literaria estupenda como siempre. Pero eso de la “verdad” me parece un poco inatrapable. ¿La verdad? Hoy están los titulares en los diarios, dice el presidente de la Generalitat que tenemos que hablar catalán para ser un sólo pueblo. Una mentira evidente. Y no sólo quedará impune sino que será celebrada. Habrá que prohibir a Montilla. Creo que la libertad de expresión está primero (dejemos a un lado el cine en llamas, etcétera) y acarrea inconvenientes: escuchar al racista Irving es uno menor a mi juicio, siempre que sea voluntario. Pero la Librería Europa tiene derecho a estar ahí y el nazi a hablar. Que se mande a la policía a grabar no es sólo ridículo es una muestra más del estúpido e hipócrita buenismo socialdemócrata que corroe y caracteriza a las autoridades. Sería más beneficioso para la población de Alemania, Austria, Italia etcétera si se prohibiera la entrada a esos países a muchos de sus propios políticos y banqueros. ¿Irving? Es completamente inofensivo comparado con algunos de coche pagado, dietas y subvención
Los jueces no deben intervenir jamás en los conflictos sobre la verdad. Deben aplicar las leyes. Cuando la ley se ocupa de la verdad estamos jodidos. Soy cubano y sé de lo que te hablo. En Cuba la ley se ocupa siempre de la verdad.
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Correspondencias /Conrado Salas
Dear Arcadi Espada, Estimado Arcadi Espada, Benvolgut Arcadi Espada
Cómo iba a dejar pasar esta ocasión para incordiarle un poquito. No he podido resistirlo, el nombre Michael Shermer me enciende más que a Júpiter los monolitos al final de la película 2010: El año en que hacemos contacto.
Pienso que todos tenemos derecho a expresar ideas falsas, incluso a mentir. Como Vd., opino pues que los libros de David Irving no deben prohibirse. Si contienen falsedades, el tiempo y el debate y la investigación libre las sacará a la luz. Es muy peligroso empezar a prohibir opiniones sobre la historia: ello nos acercaría otra vez a los tiempos de la Inquisición en nuestra gloriosa nación, Una Grande y Libre, y también a los Nazis y al totalitarismo, más o menos moderno y Orwelliano.
Más aún, pienso que Irving y compañía dicen probablemente muchas verdades, y un buen amigo mío de Oregón, EE.UU., me ha enviado material que realmente cuestiona el que el susodicho “Holocausto” realmente existió, apuntando a la dificultad de asesinar a los famosos 6 millones de judíos en unos pocos campos de concentración, preguntándose dónde están los niveles esperados de cianuro (me parece que ése era el veneno, o si no otro parecido o su derivado químico) en los ladrillos de complejos como el de Auschwitz y todo eso.
Lo que está claro es que, hubo o no Holocausto de 6 millones de judíos, Stalin se cargó a 40 millones y se quedó tan pancho, y todo el tema del Holocausto se ha usado vilmente para convertir casi en delito de pensamiento cualquier crítica al Sionismo o el Estado de Israel. Amén de que toda la Segunda Guerra Mundial, como la mayoría de las guerras a lo largo de la historia, han sido manipuladas en secreto por las fuerzas de la banca que han sacado buena tajada armando a los dos bandos y luego financiando la reconstrucción. Pero eso es ya otro tema.
Michael Shermer. Lo que más admiro de este muchacho son, curiosamente, sus proezas de resistencia como ciclista en sus años más mozos. Participó en el Ironman de Hawaii cuando casi nadie sabía lo que era un triatlón, y los pocos que sabían en lo que consistía el evento de Hawaii pensaban que era sólo para locos. Ahora el señor Shermer es, sin duda, el Ironman del “Escepticismo” como movimiento organizado. Su resistencia a considerar y juzgar con ecuanimidad cualquier idea que desafíe a los paradigmas de la ciencia e historia oficial es, efectivamente, de hierro. Como lo es su tenacidad intelectual. Vaya esto por delante.
El señor Shermer, no obstante, me trató de una manera curiosa cuando yo, cabreado por lo que veía era el negacionismo, por parte de la ciencia oficial, a aceptar la abrumadora evidencia de que la consciencia humana sobrevive a la muerte del cuerpo físico (véase, por ejemplo, www.cfpf.org.uk ), insté al mago y famoso Escéptico James Randi a conceder su famosa oferta de un millón de dólares (cometí yo el error de reclamar un cuarto de ese premio para mi familia, pero bueno). Entonces, en junio de 1999, James Randi iba a hablar en la convención nacional de los Escépticos que tenía lugar en el California Institute of Technology de Pasadena (donde el año anterior yo me había graduado en Física). Pues bien, Shermer me invitó a que presenciase en persona el discurso de Randi, pues el mago iba a referirse en él a mi petición (que le sonaba a “amenaza” al pillo de Randi). Yo accedí y me presenté al auditorio, y el señor Shermer… ¡me palpó el cuerpo de arriba abajo para comprobar que yo no llevaba encima armas!
Ésta es la mentalidad que regía la cabeza de Michael Shermer: quienquiera que rete a los paradigmas de la ciencia e historia oficial tiene que ser un individuo socialmente peligroso y hay que vigilarlo. Por tanto, el tema no me trae mucho sosiego de espíritu, como podrá Vd. entender, aunque ya no me enciendo con todo esto como antes. Pienso, en definitiva, que todo lo intelectual está sobrevalorado. De todos modos, me estoy leyendo ahora The Borderlands of Science de Michael Shermer, y me parece un libro muy bien investigado e interesante, aunque me parezca como es lógico excesivamente conservador en hasta dónde accede a ubicar la “frontera” de lo que es “ciencia” y, por tanto, verdad o por lo menos mentira respetable. No sé si este libro lo han traducido o lo piensan traducir al español o al catalán. Lo que sí sé es que mientras españoles o catalanes no se familiaricen de una vez por todas lo bastante con el inglés como para leer en versión original los libros de Michael Shermer, o los de Elizabeth Loftus, o los de Susan Blackmore (por mentirosas que sean en mi opinión estas dos últimas), nunca estaremos como nación, país, estado o lo que sea, en el G-8 del pensamiento científico mundial.
La tesis de las falsas memorias, como la de las falsas experiencias extracorpóreas/cercanas-a-la-muerte, tendría, en mi humilde opinión, que ponerse en Franco y Hitleriano diálogo con sus pares en el negacionismo de todo lo que amenaza a nuestra cultura materialista, explotadora, tecnotrónica e hipócrita.
Tranquilo, de momento, gracias a Dios, sigo con salud,




