19 de diciembre
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Las suspicacias poéticas en torno a la tecnología han llegado a tal punto que para describir y honrar la pureza de un artista se dice que no usa blackberry. Pásese por lo que respecta a la blackberry, que no deja de ser un artefacto rudo, propio de brokers, arquitectas, políticos y camioneros; pero me temo que serían capaces de decir lo mismo de un iPhone. La relación entre la tecnología y el arte, especialmente en los países ibéricos, es un asunto realmente pintoresco. Tan pintoresco que el escritor Marías ha sido capaz de (in)utilizar uno de sus artículos para explicar, a su edad y a la edad del mundo, cómo le fue la primera vez que se metió en internet. Tan trascendental evento tuvo lugar la semana pasada, y lo que aún es más noticia: el escritor descubrió la maldad. La forma actual del repudio tecnológico suele tener a los ingenios informáticos como protagonistas; pero el repudio es antiguo y sólo ha ido cambiando paulatinamente de cara. Una cara célebre y sostenida ha sido el coche. Aunque más precisamente que el coche, el carnet de conducir. Entre los poetas de mi generación fue empeño vasto el abstenerse de sufrir la humillación del carnet. Yo mismo, que sólo tuve de poeta mi negativa a conducir, resistí muy coquetamente hasta los 35 años. La resistencia sólo afectaba a la posibilidad de ser sujeto activo de la historia. Porque en pasiva no le hacía ningún asco al coche de los otros, cumpliendo al pie de la letra con la explotación de cónyuges, padres, hermanos, amigos y vecinos, todos ellos provistos de carnet de conducir para trasladar al pasivo de una a otra de sus coqueterías.
La razón del mal rollo entre el artista y la tecnología es una, clara y vieja: los celos. Artistas e ingenieros compiten de una manera profunda e intensa, aunque el artista (en fin: algo bueno habría de tener) es el único que parece haberse dado cuenta. Es completamente falso que la tecnología sólo procure respuestas funcionales a problemas funcionales. La tecnología proporciona respuestas mágicas y elabora programas de ilusión que entran directamente en competencia con la función del arte. Un coche deslizándose por una sinuosa carretera francesa, mientras sus ocupantes escuchan una sonata de César Franck, compite con un párrafo de Proust…. ¡y con el propio Franck!, que jamás habría imaginado para su música ese arco del cielo. En cuanto al cristal del iPhone, cima de nuestra civilización, poco hay qué decir: basta pellizcarlo para experimentar una metáfora.
La gente corriente, que está al margen de los celos histéricos y sólo disfruta, entiende mucho mejor la naturaleza y función de la tecnología. Ayer contaba Angel Jiménez en su Gadgetblog de elmundo.es que la gente pide ser enterrada con su móvil, dando continuidad a una práctica vieja como el faraón. Y no sólo eso: en un poderoso acto de amor y desconsuelo sus deudos llaman a la tumba y comprueban por qué al acto de morir se le llama hoy desconectarse.
(Coda: «La ciencia es útil, desde luego; pero eso no es todo lo que importa.» Richard Dawkins, Destejiendo el arco iris.)
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Correspondencias /harkaitz mendia
Querido Arcadi:
Leído (devorado como siempre) su Periodismo Práctico. Una duda. Yo soy músico, y me gustaría saber por qué considera imbéciles a los expertos musicales (o que abundan entre ellos). No es que no comparta su opinión, que lo hago. Pero me gustaría ver ampliado ese razonamiento “alla arcádica manera”. Por cierto, que si le apetece verme tocando flamenco puede acceder a estos links. Me sentiría muy honrado.
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Correspondencias / Señor Verle
Sr. Espada: A propósito de su noticia sobre Marías y su descubrimiento de la cibermaldad, supongo que Ud. ha ojeado el suplemento NYT de la competencia, donde se alarma muy alarmantemente del aumento de dicha maldad que campa a sus anchas por Internet. El artículo es un dejà vu, creo, y el suplemento no indica sus responsables de su traducción al castellano. Pero es curioso la oportunidad que han perdido con el último párrafo de dicho artículo de portada, donde un experto en seguridad (informática) afirma que actualmente se siente como si fuese un guardia. Y resulta que se llama Porras, Phillip Porras. Un saludo y feliz año.
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Correspondencias /Enrique Bertrand
Estimado Arcadi:
No puedo estar más acuerdo con tus “Celos”. No sé si has tenido la oportunidad de leer el libro de Daniel Pink “A Whole New Mind”. Desgraciadamente, en España acaba de ser lanzado al mercado editorial como una mezcla de guía de autoayuda y prontuario para el éxito en los negocios, en la línea de la saga de los “Fish” & “Cheese”. No hay tal y por ello corre el riesgo de pasar inadvertido.
Allí se explica muy convincentemente por qué a los ingenieros que quieran sobrevivir en occidente a la avalancha de titulados chino/indios no les queda otro remedio que reconvertirse en artistas. Ni siquiera competir sino ser plenamente artistas.
También habla de la lenta agonía de los MBA frente a los MFA (“Master in Fine Arts”); y de las escuelas técnicas superiores americanas en las que las “Ecuaciones Diferenciales en Derivadas Parciales II” son reemplazadas por “Taller de Escritura I”.
Por aquí, ya sabes, preocupados por Bolonia.
Cordiales saludos
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Correspondencias / Juan Abreu
Mi querido Arcadi, como siempre abrevo en el puntiagudo remanso de tu columna. Buenos momentos: “La tecnología proporciona respuestas mágicas y elabora programas de ilusión que entran directamente en competencia con la función del arte. Un coche deslizándose por una sinuosa carretera francesa, mientras sus ocupantes escuchan una sonata de César Franck, compite con un párrafo de Proust…. ¡y con el propio Franck!, que jamás habría imaginado para su música ese arco del cielo.” Sí, pero ay, coche, sinuosa carretera francesa y ocupantes, ¡cuán efímeros! Sólo el arte permite la sobrevida. No creo que los programas de ilusión que elabora la tecnología compitan con la función del arte, son emanaciones que se complementan. Digamos que la música de Franck hace posible “ese arco del cielo”. Es curioso sin embargo el espanto de ciertos intelectuales ante la magia (poética sin duda) de las máquinas. Curioso y primitivo. Siempre me ha parecido paradójico que a muchos escritores españoles que me echo a la cara les falte algo que para mí es fundamental en un escritor: la curiosidad.
Abrazos.
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Correspondencias / Íñigo Valverde
Querido Arcadi:
Esto de meterse con internet ha dejado de ser nuevo hace ya un tiempo. No hace mucho, sin embargo, alguien decía, y buena parte de la “izquierda” mental se lo celebraba, que “Google nos hace estúpidos”. A propósito de eso a mi se me ocurría que cuando el hombre (o mujer) del paleolítico empezó a usar el hacha de sílex, alguno debió pensar que por culpa del invento se le iban a caer los dientes a la humanidad. Hay traductores que se toman las herramientas de apoyo, los chismes esos de traducción automática (cómo no, también de Google, aunque la Comisión Europea solía tener uno muy sonado…) poco menos que como un instrumento del diablo que va acabar con su profesión. También hay honrados pensadores que tratan de exorcizarlos haciendo juegos de traducciones poéticas de ida y vuelta: tampoco eso es nuevo, porque, hace más de diez años, cuando empezaron a salir a la luz, en Canadá, para ser exactos, hubo un surrealista francés que se burlaba de ellos con ese mismo sistema. En otras técnicas, me pregunto por ejemplo qué habría pensado el padre adoptivo de Jesús de Nazareth de la blackanddecker: espero que ningún ebanista actual le ponga demasiadas pegas…
De los escritores que desprecian el ordenador (parece que también le pasaba a Umbral), lo que en realidad siempre me ha extrañado es que hayan aceptado la corrupción tecnológica de las olivettis, olympias, etc. ¿No sería más coherente que escribieran con cálamo o pluma de oca?
Un cordial saludo,


