29 de noviembre

Un alumno español llega a Bolonia

Querido J:

Un calambre recorre el espinazo de los viejos. Hay movimiento en la Universidad. Desde Nanterre, y este año hizo cuarenta años, cada vez que un brazo se levanta en un aula y pide la palabra los cebolletas rejuvenecen. Es bonito. Y ya no te digo si se corta el tráfico, o como pasa estos días en Barcelona y en otras ciudades españolas, hay encierros en el rectorado. Querría habértelo contado de primera mano, sobre el terreno; ¡pero quiá!, yo no soy Manu Leguineche. Por fortuna me escribió una joven corresponsal y puedo darte el sonido de ambiente. Universidad de Barcelona, rectorado. Al atardecer, que todo lo ennoblece: «Hay una parada con recogida de firmas. Dicen que llevan dos mil quinientas, con octavillas, fanzines, y una hucha en una caja de galletas Fontaneda. Carteles: Autogestió. Ocupacions. Al pie de la escalera hay cinco o seis chicas sentadas. Dos están liándose unos porros. Otra está preguntándole a otra de más allá qué es el esperanto. Del segundo piso cuelga una ilustración hecha con espray: una niña sentada en un columpio, tipo Banksy. La antesala del despacho del rector está tomada por las colchonetas, los cartones y los sacos. Tres guitarras y un par de bongós. Ahí deben de poder dormir unos cuarenta, contando con las prestaciones de una considerable cama hinchable de matrimonio. La cocina está detrás de una barra improvisada. Tienen una bombona de butano, pero no han comido caliente, por problemas logísticos. Ayer trajeron la pasta ya cocida, de fuera. Hoy han servido pan untado con pellejos de tomate. De postre, arroz con leche en vasos de plastico. Pronto se hará de noche. Hay un par de muchachos que la esperan pasándose con los pies una pelota de tenis.»

Menos mal que no me atreví a aventurarme. A ciertas edades el deja vu es un insoportable pleonasmo. Para consolarme del carácter, tan analógico, de la protesta busqué el blog que diera fe y contraseña. Al fin y al cabo ahora los encierros tienen wifi. Está aquí, y se llama tancadaalacentral.blogspot.com. Lo encontré tan sumamente rudimentario que pasé un buen rato buscando otros. Sin mayor resultado. A veces me entra un deseo intensísimo de convertirme en eso que llaman, tan graciosamente, un periodista tradicional. Sobre la infrautilización de la posibilidad tecnológica para dar cuenta de algunos sucesos ya hemos hablado alguna vez en estas cartas. Pero qué duda cabe que el llamado periodismo ciudadano tenía en esta protesta una ocasión inmejorable. Si las redes sociales, si los twontys, si los blogs no proclaman su imperio en una protesta universitaria que implica a la Europa del desarrollo y que tiene como protagonistas básicos a los hijos de una clase media alfabetizada tecnológicamente, ¿cuándo y en qué circunstancia lo van a hacer? Creo firmemente que la protesta contra Bolonia ha inaugurado en España al periodismo 0.0.

Acaso sea, sin embargo, esta pobreza creativa el símbolo de un problema mayor. No comparto las visiones apocalípticas respecto a la instauración de los planes de Bolonia. Hay que andarse con cuidado a la hora de decretar el apocalipsis en la Universidad española, no vayamos a dar con otro pleonasmo. Es probable que los planes pretendan una universidad radicalmente alejada de la bildung, de ese turbador y desinteresado amor por el saber que se margina voluntariamente de toda forma de futuro y de toda cláusula laboral, que con tanta lucidez y delicadeza dibujó Robert Redeker cuando vino a hablar a Barcelona. Pero si eso existió alguna vez en España no habrá sido Bolonia el que habrá acabado con él. El argumento es una mera lanzada a un muerto. Lo realmente inquietante, desde el estricto punto de vista español, es el tipo de alumno que prevé Bolonia. Para bosquejarlo sumariamente: los planes prevén un alumno que llega con la facultad de pensar puesta y que conoce cómo funcionan las modernas herramientas de conocimiento. Más simple: que sabe leer y buscar. No quisiera hablar en términos demasiado abstractos. Hay un ejercicio muy fácil de hacer en un aula universitaria. Hacer leer en voz alta a los muchachos. Es un ejercicio que a mí me hace sufrir de veras. Es posible que una lectura correcta y semánticamente entonada sólo dé una apariencia de entendimiento. Pero estoy seguro de que nadie que no sepa construir esa máscara tiene la menor posibilidad de entender.

Ya llevo quince años dando clases universitarias. Tú debes de llevar una cifra similar. Sabemos que ese alumno es raro en España. En los claustros universitarios, al menos en el mío, se insiste en que la clásula boloñesa pretende una drástica reducción del magister profesoral. No me parece mal. Lo que el magister aporta es, básicamente, una organización del discurso. Se pretende ahora que los alumnos participen más decisivamente en su construcción y que busquen, bajo la vigilancia del profesor, pero de una forma autónoma, la información que ha de nutrirlo. No está ese alumno en mis clases, hablando genéricamente. En estos quince años habré tratado con ejemplares numerosos de lo que podría llamarse la generación tv. Es decir de jóvenes que han llegado al uso de razón en la época atronadora, triunfante  de la televisión. Muchos de sus vicios intelectuales delatan su filiación generacional; pero en especial uno: la mirada sin relieve sobre lo real que observo en muchos de ellos. Son chavales que no han vuelto sobre el párrafo. Y que tampoco han hecho clic sobre el ratón, indagando. Sus armas lógicas parecen a veces bloqueadas por la gramática de un serial convencional. Por ejemplo, son grandes fanáticos de la falacia que lo que sucede después de algo sucede a a causa de ese algo. Les cuesta comprender todo aquello que no pueda encarnarse. Su curiosidad intelectual no rebasa la de un aseadito plano medio. Y se sienten deslumbrados por los sentimientos. En cuanto a la ironía, qué decirte. El problema mayor no es que no practiquen la mirada bifocal. Es que no la reconocen. Tal vez haya un valle entre la generación que leyó y la que navegó, y estemos en él. No estoy seguro; ni siquiera estoy seguro de que no se trate de mis prejuicios.

En cualquier caso el alumno de Bolonia (o de lo que yo quiero imaginarme que sea Bolonia) no nace en la Universidad, sino mucho más atrás. También aquí hay noticias inquietantes. La otra tarde mis hijas tenían previsto un largo examen sobre el medio natural. Montañas, ríos y mares. Eché un vistazo a su trabajo y comprobé que lo estaban estudiando igual que lo hacía yo hace cuarenta años exactos. Recitando una larga serie de picos y afluentes, y en el mejor de las hipotésis posibles colocándolos luego en un mapa mudo. ¿Es razonable pensar que en la época de los ordenadores, cosidos a diversas maravillas tecnológicas, la geografía primaria debe estudiarse igual que entonces, con la misma monotonía de lluvia tras los cristales?

Y por otra parte. Toda la ceremonia escolar, tanto la que sucede en clase como en casa, sigue desarrollándose a partir del antiguo código magistral. Alguien habla y el otro escucha. No es que me parezca mal, por supuesto. Ya les llegará la hora de no escuchar a nadie. Ahora bien, el prodigioso cambio que la tecnología ha proyectado sobre el conocimiento consiste en la accesibilidad de una cantidad ingente de información. Todos estamos en el centro de una biblioteca universal. ¡Todos menos la escuela!. Quisiera hablarte hasta el final calmadamente. ¿No sería razonable que los niños dedicaran parte de su tiempo lectivo a indagar, ahora que pueden tan fácilmente, a experimentar ese suspense que acaba siendo uno de los alcoholes más adictivos de una vida adulta digna de así nombrarse y que a veces propicia, incluso, el rayo verde de la serendipity, la prueba de la existencia divina más difícil de soslayar para un ateo? ¿No sería razonable, digo y arrastro, que entendieran que el conocimiento es sobre todo conocer, el paso lento y cargado de ese verbo que en las ocasiones más memorables se da solo y con frío?

No sería España. Acaso una improbable Bolonia.

Sigue con salud.
A.

(Links: Verónica Puertollano)

Correspondencias / Iker Izquierdo

Estimado Arcadi Espada,

soy un lector asiduo de sus dos blogs desde hace bastante tiempo. Nunca le había escrito hasta ahora, pero es que su correo catalán de hoy me ha recordado mis experiencias como alumno Erasmus en la Universidad Nacional de Irlanda. Tengo entendido, aunque no estoy muy seguro, de que el plan Bolonia se parece bastante al modelo británico (que también se sigue en Irlanda) y quería comentar algo acerca de mi experiencia allí. En primer lugar, me sorprendió la multidisciplinariedad de los estudios. Todos los alumnos, con excepción de los euromediterráneos, cursaban dos carreras a la vez. En muchas de las asignaturas en las que me matriculé yo era el único alumno que sólo estudiaba una (Historia, en mi caso). Lo primero que me pregunté es ¿y por qué no en España? En segundo lugar, una vez explorada la oferta docente en Historia, me llamó la atención que no hubiera ninguna asignatura que explicara los rudimentos e instrumentos de la profesión, y que tampoco hubiese ninguna que tratara de un periodo histórico más o menos largo, al estilo de Historia Medieval Universal que se da en las universidades españolas. Todas las asignaturas trataban de periodos concretos, o de problemas históricos que tenían alguna relación con el presente, por muy alejados en el tiempo que estuvieran.

La docencia de las asignaturas tenía varias partes: dos horas de clase magistral a la semana; un seminario de número reducido con el profesor, una vez cada dos semanas, en el que se discutía un problema concreto de la asignatura, se trabajaba sobre un documento, libro o problema histórico al uso; el resto del tiempo asignado a la asignatura según el plan de estudios debía llenarlo el alumno por su cuenta estudiando la bibliografía recomendada y preparando dos ensayos, cuyos temas podían ser de su elección o previamente propuestos por el profesor. Todo terminaba en un examen final en el que se daba a elegir al alumno entre varios problemas históricos concernientes a la asignatura. Nunca se pedía redactar un tema, sino profundizar y dar argumentos propios o ajenos (pero necesariamente buscados individualmente por el alumno) para poder aspirar a aprobar el examen.

Cuando terminé mi año en Dublín, me di cuenta de que algo no encajaba, algo era diferente a España. ¿Dónde habían aprendido los universitarios irlandeses y de otros países noreuropeos a investigar por sí mismos y a utilizar las herramientas de investigación, comunes a muchas carreras de letras? No había sido en su primera año de universidad, ni en el segundo. No había asignaturas en el plan de estudios que cubrieran esos temas imprescindibles. Necesariamente lo tuvieron que aprender en secundaria. No me extraña que el plan Bolonia no guste a los alumnos españoles de hoy. Es mucho más cómoda la educación napoleónica a la que estamos acostumbrados. La que no requiere demasiado esfuerzo, la que no requiere poner en marcha las neuronas y dar rienda suelta a la curiosidad y el empirismo.

El plan Bolonia será un fracaso si no se reforma la primaria y la secundaria. Los primeros años de este plan van a ser traumáticos.

Muchas gracias por su tiempo,


Correspondencias / Enrique Bertrand

Estimado Arcadi:

Termino tu corrosivo y magnífico Correo Catalán de esta semana riéndome, pero con cierto desasosiego. Rastreo su origen y llego a lo que me parece una contradicción: si nosotros, que aprendimos los ríos y los valles (y los golfos, claro) con “le vieux métier”, somos capaces de entonar/entender con cierto salero ¿qué hay de malo en que nuestros hijos transiten por la misma senda? A la vista está lo que pasa cuando uno los aprende viendo exclusivamente documentales del National Geographic a baja resolución en YouTube.

Siempre con el aprecio por tu mirada inquisidora (¡qué placer, sobre todo sabatino, frente a tanto columnismo inane!)


Correspondencias / Eugenia Codina

Querido Arcadi,

tu acertada columna de hoy y la muy clara exposición de Iker Izquierdo de su experiencia en la universidad de Irlanda me ha recordado otras dos experiencias de mi vida académica. La primera fue en los años ochenta cuando yo misma cursé estudios en la universidad de Utrecht después de haber estudiado ya en Barcelona. Me sorprendió entonces, muy agradablemente, la profundidad con que se trataban ciertos temas y a la vez me asustó la responsabilidad e independencia que se esperaba de mí como estudiante. Otros compañeros españoles llegados de la Complutense de Madrid, me contaron haber pasado por la misma experiencia en la universidad de Amsterdam (Vrije Univeristeit van Amsterdam). Durante estos años descubrí el placer de aprender… y de pensar por mi cuenta.

Mi segunda experiencia fue ya como profesora en la Universidad Erasmus de Rótterdam ya en el siglo XXI. Los estudiantes que llegaban a mis clases eran muy independientes y responsables. La gran mayoría había hecho la primaria en colegios públicos (en Holanda toda la escuela ese pública) con alguna característica pedagógica: Montessori, Jennaplan, Dalton o Waldorf. En estos modelos pedagógicos es muy importante que el alumno aprenda a ser independiente, asertivo y que aprenda a colaborar con los otros. Pero además, en estos modelos el objetivo es que el alumno desarrolle sus talentos individuales.

No quiero decir con esto que es sistema educativo en Holanda sea perfecto, ni mucho menos. El tema que tocas en el artículo es una de las innovaciones que más atención está pidiendo en este momento. La cuestión es que los alumnos, como todo el mundo sabe, van muy por delante de los profesores en el uso de los medios de comunicación a su alcance. Te podría dar decenas de ejemplos de ello en los que los maestros están en desventaja ante los enanos que, desde su más tierna infancia, ya saben pensar en ¨menús¨.

Sin embargo, el hecho de que los alumnos sepan usar Google y Wiki no quiere decir que tengan el sentido común o la capacidad de abstracción para seleccionar y analizar la información debidamente. Este es el gran esfuerzo que se exige en este momento al profesorado. Ya hay escuelas de secundaria con protocolos y programas para localizar rápidamente la cantidad de copy- paste que hay en un texto.

En cambio, el profesorado de primaria es el que tiene más dificultades para adaptarse al cambio que las nuevas tecnologías están trayendo consigo. Un ejemplo: la pizarra digital, que es una gran aportación al input que el profesor puede ofrecer en el aula, tiene demasiadas veces el efecto de volver el aula al modelo clásico del maestro hablando frontalmente a los alumnos, con lo cual se pierden ocasiones para el trabajo en grupo o de búsqueda individual del alumno.

Los alumnos ya están acostumbrados a buscar información y a compartirla. El trabajo es para los profesores que tienen que cambiar el concepto de lo que es su trabajo: dirigir y apoyar a los alumnos en este trabajo de búsqueda. Es decir, ayudarles a aprender a pensar, tal como todos los buenos enseñantes han hecho siempre, pero ahora tiene que aprender a usar otros instrumentos. En definitiva, el cuerpo docente no lo tiene facil si lo quiere hacer bien, pero por otra parte, no tiene otra opción por que esto es lo que hay.

Un abrazo,


Correspondencias / Antonio Donaire

Estimado Sr. Espada:

Una vez más mis efusivas felicitaciones por su espléndido correo de hoy. Iba a escribirle unos comentarios ahondando sobre Bolonia (que me preocupa, también profesionalmente), pero el artículo hoy de El Mundo “El documento británico: pasaporte a la muerte” me ha recordado su reciente artículo “Por lo que somos”. Y creo que estaba Vd. equivocado cuando decía en él:

“La amenaza se funda en lo que el presidente es. En lo que somos. Su fondo queda a un sólo escalón del genocidio nazi. Si el judío no podía convertirse en ario, el terrorista islámico ofrece la redención a cambio de que calcemos voluntariamente la burka y hagamos saltar por los aires lo que quede de nuestra arquitectura infecta”.

Pues parece ser que no, que buscaban a los que tenían cierto pasaporte. Por lo que eran. El peldaño nazi lo han subido ya. Ahora ya sólo les diferencia el número.

Un saludo


Correspondencias / Manuel Arias

Estimado Arcadi:

Coincido plenamente con tu diagnóstico sobre Bolonia y sus asechanzas imaginarias. Desde hace un tiempo, por desgracia, basta ver a un grupo de estudiantes protestar contra algo para intuir que la reforma ha de ser
necesaria: no saben acertar. Pero ese aire romántico…

Yo llevo apenas ocho años dando clase, pero lo hago en las trincheras: primer curso de Derecho, sin nota de corte, en la Universidad de Málaga-Andalucía, en fin. Bayoneta calada y barro hasta las rodillas. También
tengo experiencia suficiente en otros sistemas educativos y aun contacto directo -por mi relativa juventud- con su juventud: un mundo de diferencias. La ignorancia e infantilización generalizadas de nuestra juventud no dejan de asombrarme, tal es el orgullo y la desenvoltura con que se muestran: en la mejor tradición nacional. Según los críticos, la reforma privará a estos muchachos de la áurea posibilidad de ser mañana un
Spinoza, un Voltaire, un Darwin. Menudo chiste.

Hay mucho que comentar, pero me limitaré a un solo temor, convertido ya en certeza. Y es que, so pretexto de llevar a término la transubstanciación que va a convertir a esta muchachada en vanguardia intelectual -del cocido de mamá a mediodía a las noches de insomnio en la biblioteca- parece que el futuro es el pasado: la adaptación psicopedagógica. Hay cursos de formación, se habla del aprendizaje horizontal, del fin de los exámenes. La Logse llega a la Universidad. Y, curiosamente, el profesorado, sobre todo el más joven, asiente; compruebo, asombrado, que tienen fe.

Conmigo que no cuenten.

Consérvate bueno.


Correspondencias / Jesús Vicioso

Ojalá te llegue a tiempo para ponerlo en tus correspondencias:

Apreciado Arcadi: Me has dado de lleno. Nadie habla de esto en los medios, por eso tu Correo catalán es de agradecer. Salen de vez en cuando ésos que no quieren Bolonia. Dicen que en chiquitito, pero salen. No lo hacen, sin embargo, los que aún en las últimas andanzas universitarias, queremos Bolonia antes de que se llamase así, antes de que se firmase y se idease. No hay nada más que me haya defraudado en la vida que la universidad. Yo, que había leído, que había soñado, me he encontrado solo y desamparado. Como cuando una novia te deja antes de tu primera cita. Cinco años después, y no sé si porque quizá mi facultad es de Ciencias Sociales, todo se resumirá en una relación hipócrita. Los alumnos no piden más porque, a cambio, los profesores les dan un aprobado fácil. El otro día, con la pseudo-huelga, no me dejaron entrar a clase. Ni siquiera a la facultad. Había piquetes, como en las películas. No estoy casado con Bolonia, pero sí con cualquier cosa que quiera revolucionar esto. Pero yo no quería hacer huelga. Incluso me llegaría a dar igual Bolonia y toda su santa madre. Pero los piquetes se me abalanzaron. Me tiraron el periódico, era El Mundo, pero lo hubieran hecho con cualquiera; un bufón lo hizo, como haciéndose la Juana de Arco de la Universidad Pública. Fascista me llamaron los rastafaris porretas. Qué sabrán ellos. Qué derechos tendrán ellos para decir esas cosas. El decano debería de estar muy a gusto en su casa. Y mientras, a mí, llamándome facha de mierda porque quería entrar a clase. Mejor lo hubiéramos hablado. O debatido, o yo qué sé. Pero me tiraron un euro al suelo y todo lo demás que era mío. Así, ya me encuentro licenciado por la vida universitaria. La desazón cultural no sabía yo que era la bajeza moral hipócrita.

Un fuerte abrazo.


Correspondencias / qtyop

Querido,

No sé si te has enterado pero hace unos días hubo aquí un socavón. Muy selectivo él, se tragó enterito y en solitario un quiosco con su prensa, coleccionables y promociones. Y, afortunadamente, sin su quiosquero y familia. Los técnicos han decido que el quiosco se queda. Sepultado y cubierto por una capa de hormigón y para ayudar a compactar el terreno. No pretendo hacer metáfora; era sólo para que tú, amador de diarios, supieras… por si pisas alguna vez la calle Almirante Lobo.

Un abrazo

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