Sobre “Noticia de un secuestro”, de Gabriel García Márquez

Noticia de un siniestro
Ricardo Bada

 

El sustantivo “siniestro”, en el lenguaje de las compañías de seguros, significa “avería grave, destrucción fortuita o pérdida irreparable sufrida por causa de fuerza mayor”. ¿Qué avería, qué destrucción, qué pérdida ha sufrido (y por causa de qué fuerza mayor) la máquina de hacer literatura de Gabriel García Márquez para que nos haya propinado este siniestro que se titula Historia de un secuestro? Una máquina descompuesta hasta el extremo de cansarnos con nueve “había” en la página 151, ocho en las páginas 25, 261 y 329, y nunca menos de cinco en innumerables páginas más; con cinco “había” en solo seis líneas de la página 203; con quince “para” entre las páginas 108 y 109; con tres “había sido” en cinco líneas (página 51)… y la lista podría prolongarse, pero el espacio de que dispongo es limitado. Y además no es esto de las repeticiones lo más grave. Algún caradura hasta podría hacerlo pasar por un recurso estilístico. Detengámonos en fallos de mayor envergadura.

 

En la página 16 se nos dice que la rehén Maruja Pachón «a partir de entonces, durante todo el tiempo del cautiverio, no volvió a ver una cara de nadie». Pero lo cierto es que se pasa ese tiempo viendo al menos las caras de sus compañeras de desgracia (Marina Montoya y Beatriz Villamizar), así como las de toda su familia y las de bastantes amigos (en la TV), y también ve al menos una vez la de uno de sus secuestradores (reléase el episodio de la página 249).

 

Por un fallo de redacción (¡ah, los misterios de la puntuación!), en la página 36 se nos asegura que 1+4=6, con el natural incómodo revolverse en su tumba del compay Pitágoras.

 

La frase «No comió ni durmió una noche completa» (página 97) sólo cabe entenderla, una vez más problema de redacción, como que Hernando Santos dejó de comer, además de dormir, toditita una noche completa. Si Hernando Santos es un gargantúa irredimible, la cosa se comprende, pero si no, no.

 

En la página 100, el ex presidente Turbay recibe una casete grabada por su hija Diana como prueba de que aún vive. En la página 101 leemos: «El doctor Turbay decidió mostrarle el mensaje al presidente (Gaviria)». ¿Ho hubiera sido mejor hacérselo oír? Porque sencillamente mostrarle la casete, en un caso semejante, parece muy poco, ¿no?

 

Si alguien se toma la molestia de repasar con la mirada atenta las páginas 123 a 125 y contabiliza todas las vivencias de Hero Buss en su nueva prisión, se le hace un poco cuesta arriba pensar que todo ello sucedió en solo quince días.

 

Una frase de la página 126: «Los ojos le brillaban y esperaban una respuesta ansiosa». ¿Ansiosa la respuesta? ¿No serán los ojos los que están ansiosos de la respuesta?

 

Liliana y Orlando (página 128), «ambos por separado, habían decidido tener el segundo hijo tan pronto como se encontraran. “Pero había tanta gente alrededor que no pudimos ese día”, ha dicho Liliana muerta de risa».

 

Si hago la cita completa es para que quede claro que el verbo “tener”, usado por el narrador,
es un subproducto del realismo mágico: concepción, gestación y parto en veinticuatro horas. Laus Deo!

 

Otrosí : No se explica bien uno cuál es la normativa colombiana en materia de levantamiento judicial de cadáveres. Si a Marina Montoya la encuentran acribillada a balazos, «vestida con una sudadera rosada», ¿cómo es posible que a una testigo le llegue a impresionar el cadáver «por la buena calidad de la ropa interior»? (páginas 140 y 150).

 

En la página 154 : «Durante sesenta y un días mantuvieron en rehenes a casi todo el cuerpo diplomático». ¿”En rehenes”? ¿No sería más bien “como rehenes”?

 

Y una frase que no tiene ni pies ni cabeza, ni desperdicio, en la página 164: «La desesperación de Alberto Villamizar no podía ser menos. “Ese día fue el más horrible que pasé en mi vida”, dijo entonces»: Bueno, si lo dijo entonces, seguro que no dijo “ese día fue” sino “este día es (o ha sido) el más horrible que… etc”.

 

Más adelante, página 172 : «El presidente hizo entonces la sonrisa que Nydia no le vería jamás». Sabíamos que se puede hacer sonreír… pero ¿cómo se hace una sonrisa?

 

Y un episodio delicioso en las páginas 279/280: (el padre García Herreros) «no se dejaba invitar a restaurantes de lujo por temor de que creyeran que pagaba él. En uno de ellos vio una dama de alcurnia con un diamante…» pero alto, alto: si no se dejaba ver en restaurantes de lujo, ¿cómo es que vio en uno de ellos a…? ¿o fue por la ventana, desde fuera? No, puesto que el padre y la dama conversan, y no parece que lo hayan hecho hablando el sacerdote desde la calle.

 

Algo más peliagudo en el asunto de la cronología de la visita del mismo padre al gran capo Pablo Escobar. Si el padre sale el 14 de mayo de Bogotá (página 283) y duerme dos noches en La Loma (una antes, otra después de haberse encontrado con Escobar), no puede llegar de regreso a Bogotá el 15 de mayo a las 11 a.m. (página 289, y error que se repite en la 293).

 

Y en la página 290, por otro fallo de redacción, resulta que en la tarde del viernes 17 «los Extraditables emitieron un comunicado dominical».

 

La orgía cronológica que es el epílogo, finalmente, mejor la omito. Cualquier lector atento puede seguirla con el lápiz en la mano a partir de la última frase del capítulo 10: «el martes a las nueve de la mañana Villamizar debería estar otra vez en Medellín para la entrega de Escobar», página 290. Las fechas del epílogo, luego, no pegan ni con cola.

 

Omito asimismo otras fallas de redacción (páginas 27, 38, 56, 157, etcétera) que exigirían citas largas y una explicación detallada en cada caso. Eso para no hablar de la frase en alemán de la página 78, que es de alquilar balcones, si el atento lector domina el idioma de Goethe.

 

La impresión que resta al final de la lectura, digámoslo a calzón quitado, es que García Márquez debe haber trabajado teniendo a la vista las transcripciones de las entrevistas realizadas con todos los implicados en este secuestro. Unas transcripciones no hechas por él y en las que fue vertiendo, aquí y allá, sus aguaceros bíblicos y sus explosiones apocalípticas.

 

Hay páginas enteras que no superarían un benévolo examen de redacción en una escuela secundaria. Y lo que es el final, que no les cuento, por si acaso aún no leyeron el libro… el final, estimado lector, incluso si fuese literalmente verídico, es de un manido tal que uno se pregunta si es posible que este libro lo firme el autor de El coronel no tiene quien le escriba.

 

Y conste que estoy hablando, todo el tiempo, de aquello que los retóricos llamarían “la elocución”, el resultado verbal, que siempre ha sido, en el fondo, lo único relevante en la escritura de García Márquez: ese diáfano esplendor de su prosa.

 

En cuanto a la historia como tal, es más o menos apasionante: un colombiano la encontrará absorbente, un argentino no sé si llegaría a tanto, y en cualquier caso es pesada de más.

 

Por razones personales, yo sí me apasioné con la historia, a pesar de cómo está contada.

 

Pero creo que, inconscientemente, García Márquez ya sabía lo que nos iba a infligir a sus lectores, y no sólo a sus paisanos inocentes y culpables, a quienes lo dedica «con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro» (sic). Otro como éste, desde luego, no. Porfa, Gabo.

 

(Diario 16, 20.7.1996 )


dibuj.png  Correspondencias / Pablo Mediavilla

Estimado Arcadi:

Cinco de la tarde en mi habitación, en un hotel de Shiraz. Ando concentrado en la televisión, en unas imágenes bastante crudas de ataques israelíes, palizas a palestinos en los checkpoints, bombardeos y demás atrocidades -las veré varias veces ese día-. Siento un extraño alivio -que pronto se transformará en indignación- cuando empiezan los dibujos animados: miles de oscuros soldados, aviones y tanques se extienden como una plaga -¿Ejército de Israel?- por una ciudad donde la gente detiene sus risas, paseos y cantos -¿Palestina?-. Empiezan los crímenes de guerra: torturas, asesinatos, bombardeos indiscriminados, dolor y sangre. Finalmente, cuando todo ha sido arrasado queda un niño y su padre, escondidos detrás de un barril. El niño muere tiroteado, pero un caballo blanco -¿Irán?, ¿el Islam?- lo lleva al cielo en su lomo, donde el niño resucita y se reúne con otros niños -¿asesinados y resucitados?, es decir, mártires-. Fin.

No me costó recordar la escena real de Mohamed Al-Durrah, 12 años, tiroteado junto a su padre por soldados israelíes en el 2000. Me pregunto qué efectos pueden tener en el cerebro de un niño, unas imágenes, un argumento y un manoseo de la realidad tan aborrecibles.

Luego me di cuenta de que era el Día de Jerusalén, efemérides inventada por Irán para reclamar la propiedad musulmana de la ciudad santa, en el que los más convencidos salen a la calle a gritar “Abajo con Estados Unidos” o “Muerte a Israel” y pensé que, quizás, los niños de Irán sólo sufren semejante tortura psicológica una vez al año.

Comments are closed.

-->