28 de octubre

Padre adoptivo

Aunque oyéndolos bramar parece como si Ayn Rand (y su anarcocapitalismo) hubiese gobernado el mundo hasta hace dos horas lo cierto es que en ninguna sociedad libre el Estado ha sido tan poderoso como en nuestros días. Globalización es más Estado, y sólo estamos al principio. No sólo en la Economía, desde luego. Los avances biológicos harán más y más necesaria la regulación. No es probable, por ejemplo, que la selección del sexo pueda quedar siempre en manos de padres o empresas. Hasta ahora el Estado hace como si oyera llover (limitándose a no autorizar el diseño biológico), pero pronto deberá intervenir. La discusión sobre lo que el Estado puede y debe es realmente crucial en lo que afecta a palabras gordas como yo o libertad. Creo que es desde este punto de vista cómo deben juzgarse los cambios propuestos en el código civil de Cataluña que obligan a los padres de hijos adoptados a comunicar a éstos su filiación biológica. El gobierno catalán está siempre a la última en todo lo que suponga una reducción de la libertad del individuo: nada mejor que la izquierda nacionalista para elevar al cuadrado los intereses del grupo. Pero este asunto rebasa la pulsión provincial, porque la medida se aplica desde hace tiempo en otros países y simboliza muy bien la tensión creciente entre individuo y Estado.

Hay en ella graves asuntos implicados. Por ejemplo en nombre de qué intereses se toma. Se supone que son los del niño. Pero sorprende que el legislador no haya previsto la posibilidad de “no saber” que el adoptado tal vez quiera ejercer. Esta objeción no debedesatenderse con las paparruchas psicologistas habituales que pretenden hacer creer que siempre y en cualquier caso será mejor que el adoptado sepa. Auguro, por lo demás, que el derecho a no saber va a ponerse pronto en el centro de la preocupación contemporánea: sólo habrá que esperar la sofisticación y extensión deltest genético para que uno pueda decidir lo que quiere saber sobre su muerte. Luego hay otro asunto muy llamativo. Hay niños adoptados por los dos cónyuges. Y otros que lo son sólo por uno y, lo peor, sin que el cónyuge dos lo sepa. Probablemente Félix deAzúa exageraba una noche al asegurar con su radiante optimismo periodístico que medio barrio de La Bonanova ignora quién es de verdad su padre. Pero la cuestión moral no depende de que sea medio barrio o dos manzanas pecadoras. ¿Encarcelarán a la madre que no se apresure a confesar a suhijito que ése tipo no es su padre? ¿O es que acaso el concebido en el piso del vecino tiene menos derecho a saber que el concebido enBulgaria?

El Estado debe garantizar a cualquiera la posibilidad de la verdad. Pero sin consentimiento, la verdad es como el amor: muta en violencia.

Coda: «El anteproyecto obliga a los padres a comunicar a sus hijos si son adoptados, tan pronto como éstos tengan madurez suficiente para comprenderlo y, en todo caso, una vez hayan cumplido los doce años. El Mundo, 10 de octubre»

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