22 de octubre
El psicólogo Steven Pinker, la periodista Esther Dyson y el profesor Misha Angrist son algunos de los diez primeros voluntarios que han accedido a hacer pública la composición de su genoma para el impresionante proyecto llamado Personal Genome. El objetivo es conseguir que miles de personas hagan lo mismo y mediante el estudio de los resultados (conocer es comparar) se avance en el descifrado de la premisa genética. Los promotores advierten que aunque los beneficios colectivos serán indudables la iniciativa puede acarrear trastornos personales, porque de momento no se pueden prever los efectos de un conocimiento público del genoma. Y concretan, ejemplificando, que a pesar de que ya hay leyes contra la discriminación genética probablemente no sean eficaces para evitar la cancelación de un seguro de vida o el abandono de una novia precavida. Un asunto muy interesante es que para participar en el proyecto no se requiere el consentimiento familiar, salvo en el caso de los gemelos univitelinos. Este punto ha merecido ciertas críticas, porque se considera, lógicamente, que en el genoma de uno puede haber información decisiva sobre una hermana o un padre. Las críticas me recuerdan, sin embargo, las que se dirigen a los verdaderos escritores de memorias por haber hablado de la fulanita o el menganito con los que se cruzó en su vida y ya no. ¡Qué derecho tiene a sacarme en su libro! Ninguno, claro. Salvo el supremo derecho del yo. El mismo que tiene a publicar sus memorias genéticas con independencia de que sus familiares puedan sufrir los inconvenientes de las deducciones de la vecindad. Un derecho, por cierto, que me parece injustamente negado en el caso de los gemelos idénticos, que al parecer sólo gestionarían un yo demediado.
El proyecto me parece fascinante, pero sobre todo modélico. Uno de los mantras de mayor éxito entre el gran número de pelmazos habituales alude a la creciente fragilidad de la intimidad. Oh, sí. Siempre me pregunto si esos cobistas de la conspiración habrán pensado en el valor real que puede tener el espionaje de su intimidad. Cíclicamente, por ejemplo, le reprochan a google que cada vez sepa más de nosotros. Forma parte de su estilo habitual decir nosotros cuando sólo se refieren a ellos. Aunque es obvio que google sabe cada vez más: gracias a ese conocimiento se ha convertido en una herramienta que ha cambiado el mundo. No es raro que uno de sus fundadores haya hecho público su genoma y con él su propensión a padecer el mal de Parkinson: el fundamento ético y epistemológico del proyecto Personal Genome no es distinto al del buscador. Ambos se basan en la evidencia de que la vida mejora cuando los hombres ponen su experiencia en común. Por supuesto no es un empeño sin riesgos. Pero sin él no hay progreso ni consuelo.
(Coda: “De los veinte mil genes humanos sólo unos mil trescientos han sido vinculados hasta ahora con un rasgo particular. (Herald Tribune, 20 de octubre)




