¿Google nos vuelve estúpidos?
Correspondencias / Eugenia Codina
Querido Arcadi,
Es una muy buena pregunta porque yo misma me reconozco muy bien en las observaciones del escritor sobre el comportamiento lector de personas educadas en el mundo acádemico del texto y el razonamiento científico después de usar Google durante unos cuantos años. Tiene razón: como el dice cada vez me cuesta más leer textos largos para no mencionar libros de cientos de páginas. También me reconozco en la forma de leer fragmentaria: al cabo de dos pantallas, puedo pasar a otro vínculo y de éste al siguiente y no volver nunca más al primero.
Resulta alarmante la idea de que no solo son los estudiantes y alumnado de los colegios los que están leyendo así, sino que los científicos también están siendo guiados por Google en su selección de artículos. Google no llega a todos los archivos de todas las bibiliotecas, y a causa de sus algorimos de búsqueda, pone el artículo más buscado al principio de la página.
Si los científicos están influidos por Google de esta forma no me parece que la razón es que el buscador les haya vuelto tontos, sino simplemente vagos. Que un adolescente, cliente del Rincón del Vago se conforme con una búsqueda superficial en Google es aceptable (y le da trabajo a los profesores porque tienen que enseñar a los alumnos a buscar) pero que lo haga un científico entrenado en la duda metódica me parece más una carencia de conocimientos metodológicos que producto de la estupidez googeliana.
Sin embargo, la afirmación más trascendente del artículo está en la sugerencia del autor de que después de años de trabajar en línea con buscadores el cerebro se ha modificado. Es decir, no es ya ignorancia o vagancia sino que el cerebro ha hecho ciertas conexiones y ha dejado de hacer otras. Un argumento verosímil si vemos como funciona el aprendizaje en general: no es más que conexiones entre células. Y que si aprender a leer no es un proceso “natural” del cerebro, es lógico también que se pierda si no se usa.
Da un poco de grima.
Un abrazo preocupado.
Correspondencias /José María Albert de Paco
Arcadi, amigo
Respecto a Haider, tuve la impresión de estar leyendo el Interviú de Roldán, salvo que Haider había muerto o, por ser más precisos, se había matado. No es que muriera ni fallaciera, no. Haider, según decía el periódico, se mató tras una fiesta de cabaret. No hace falta mentar la socialdemocracia para oler el amarillismo. ¿Acaso se mató Senillosa tras una fiesta de cabaret? ¿Y Ferrer Salat? ¿Se mató Ferrer Salat tras una fiesta de cabaret? Lo crucial, en este predicado (¡voy a usted a sorprenderle a estas alturas!) no es el cabaret, sino ese pronombre reflexivo tse-tse que convierte a Haider en justa víctima del castigo que él mismo se ha labrado. Se mató. Para cualquier personaje público que no fuera un punching ball, reservaríamos las palabras morir o fallecer. Y ocultaríamos no sólo los porqués, sino también las conejitas play boy. El amarillismo: se mata tras una fiesta en un cabaret. Lo peor del amarillismo es que Haider apenas será un rastro de alcohol, conejita y cabaret. James Haider Dean. El malogrado.
Abrazos,
J.M.


