15 de enero
No acabo de entender el problema Kundera. Tenía poco más de veinte años, vivía en Praga y era comunista, cuando se enteró que un desertor del ejército checo llegaría a la ciudad. Como es natural, el joven Kundera se dirigió a la comisaría de policía más cercana y denunció la inminente llegada del desertor. La policía comprobó la veracidad de la denuncia y detuvo al desertor, que fue condenado a muerte. Es verdad que, luego, le conmutaron la pena capital por 14 años de trabajos forzados en una mina de uranio: pero en ese canje benéfico la responsabilidad del joven Kundera ya fue nula. Europa se escandaliza por esta historia, y no sólo eso: llama y pide explicaciones a Milan Kundera, que ha dejado de ser joven (ya tiene cerca de ochenta años), hace mucho tiempo que ha abandonado Praga por París, y suele escribir novelas (La broma, La despedida, La inmortalidad, La lentitud, La identidad, La ignorancia) donde los sujetos se exhiben sin mayor predicado.
¿A qué el escándalo? Kundera no hizo más que cumplir con su deber de comunista. Se verá muy bien con un ejemplo más o menos analógico. Un joven demócrata se entera mediante una confidencia que en una ciudad, preferentemente sudamericana, se esconde un antiguo oficial nazi. Como es natural, el joven se dirige a la comisaría más cercana y el oficial acaba preso y ahorcado. ¿Cuál es el escándalo? Los nazis merecen ser perseguidos, denunciados y ahorcados sin conmutación, y el joven demócrata sólo ha hecho que cumplir con su deber. Es verdad que la delación supone siempre un problema íntimo e intransferible, por más que se encare con la Historia y la ética de las multitudes. Pero, al fin, estas cuestiones no dejan de tener un mero deje estético: mejor que los delatores sean otros, aunque se aplauda su trabajo. También pasa con los basureros.
Por lo tanto el problema no es, o no debe ser, la delación en sentido estricto. Se verá muy bien con un ejemplo más o menos analógico. Imaginemos que el viejo Milan Kundera, habitante de París y de su libertad desde el año 1975, novelista crecido y Nobel in pectore (ya nunca jamás), en la recta final de su vida, y armado, bien armado, de memoria y documentos decide poner negro sobre blanco un largo y denso pasaje de su vida checa, donde aparece el comunismo, y no sólo él, sino los comunistas. Y no sólo los comunistas, sino aquellos especialmente firmes y devotamente capaces de denunciar desertores demócratas. Y no cualquier devoto, sino que entre ellos, insondable maravilla, un joven devoto ya llamado entonces Milan Kundera. Oh, delación. ¡Cuánto y con qué noble orgullo la habríamos aplaudido entonces!
(Coda: «¿Así que tiene usted la intención de denunciarme a la Gestapo como enemigo público?” Fue más o menos entonces cuando Von Hagen y Hirsch se echaron a reír, tratando de que todo quedase en una broma. Sin embargo, esta vez Holz les desbarató los planes. En voz baja y premeditada dijo: “Confieso que llevo algún tiempo preguntándome si no es ésa mi obligación”. Haffner, Historia de un alemán.)
Correspondencias / Juan José Areta
Estimado Arcadi:
En primer lugar un dato anecdótico: Kundera niega haber denunciado a nadie. Y afirma que esta noticia equivale a “asesinar a un escritor”. No parece que el protagonista de la noticia esté de acuerdo con la idea de que simplemente cumplió un deber cívico. No obstante, tampoco importa mucho la opinión de Kundera en este asunto.
En cuanto al asunto de fondo, coincido con usted. No deberíamos juzgar negativamente el comportamiento de alguien conforme al uso y las normas de su nación y de su época, menos aún cuando su comportamiento es aparentemente sincero. Tampoco, en consecuencia, deberíamos juzgar negativamente el comportamiento del anciano escritor que se adapta a los nuevos usos y normas (aunque tarde unas décadas) y juzga negativamente al joven que fue.
Le diré más, ¡no debemos juzgar negativamente a nadie! Ni siquiera al escritor de mediana edad que para reírse de la claque dice lo contrario de lo que piensa uno que piensa.
Un saludo.
Correspondencias / Carlos Gómez
Estimado Arcadi Espada:
Lamento estar en profundo desacuerdo con su post de hoy en el blog. Suelo estarlo en los temas relacionados con embriones y con la vida, como el aborto.
El problema del niño nacido con un objetivo concreto me parece menor; no discutiré sobre él, puesto que tiene usted razón en que muchos niños nacen con un objetivo concreto de sus padres. Este caso no es peor que otros en ese aspecto; quizás hasta sea mejor.
Pero la parte que me parece terrible es la muerte del resto de embriones. Al igual que en la fecundación in vitro y la investigación con células madre embrionarias, que me parecen igual de terribles, se está dando vida a seres humanos para luego matarlos, o experimentar con ellos. El embrión seleccionado al menos vive; me parece suficiente. Lo malo es lo que les pasa a los otros. Lo terrible de todo es que si el niño enfermo Andrés, de 6 años, fuera alguno de los embriones creados para curar, le habrían desechado. ¡Y ahora mueven Roma con Santiago para curarle!
Le pide a Lacadena que diga claramente que prefiere la posibilidad de un niño mortalmente enfermo antes que el tocamiento de genes. Si sólo se trata de eso, yo lo niego: prefiero tocar los genes que un niño mortalmente enfermo. El problema es que este caso no es solo tocamiento de genes: es creación de conjuntos completos de genes (o sea, seres humanos) a los que se da muerte.
Se lo comenté bajo mi seudónimo en los comentarios del post, y se lo digo también ahora. ¿Qué le parecen las tesis defensoras del infanticidio de Peter Singer, ideólogo del Proyecto Gran Simio? Él defiende que durante los tres primeros meses de nacido los padres deben disponer de la vida de su bebé. Y utiliza los mismos argumentos que apoyan la selección de embriones y el aborto. Hay unos seres humanos que valen más que otros, y hay otros seres humanos que pueden disponer sobre sus vidas.
Saludos.
Correspondencias / Antonio Donaire
Estimado Sr. Espada:
No puedo estar más de acuerdo con el comentario que hace hoy en su blog. Y no más, también, en desacuerdo con el comentario de Carlos Gómez. Dice Carlos Gómez: “El problema es que este caso no es solo tocamiento de genes: es creación de conjuntos completos de genes (o sea, seres humanos) a los que se da muerte.”
Topamos siempre con lo mismo: los motivos puramente religiosos llevan a pensar a ciertas personas que un “conjunto de genes completo” es un ser humano. Opinión respetable. Pero eso, no lo dice, en absoluto, la ciencia. La ciencia no entra a discernir qué es un ser humano. La ciencia describe los seres, química, morfológica, fisiológicamente. Definir qué son los seres humanos es cosa de la sociedad, que deberá (a mi juicio) apoyarse en lo que dice la ciencia (no la religión) a la hora de definir lo que es un ser humano. La ciencia puede ayudar y ayuda a discernir entre lo que puede denominarse “ser humano” y lo que no lo es. Por ejemplo, en mi opinión, es claro que un embrión de unos pocos días no es un ser humano, es, simplemente, un conjunto de genes. Yo no sé cuándo un ser se puede considerar “ser humano”: ¿a los dos meses? ¿a los cinco? ¿a los ocho? Hay científicos (sin cuño religioso) que consideran que cuando el cerebro empieza a tomar morfología, entonces ya podríamos hablar de ser humano. Es una posibilidad bastante razonable a mi entender. Desde luego, un conjunto de genes, no lo son o, al menos, (repito) la ciencia no dice nada de eso.
Por poner un ejemplo. ¿Cuándo una persona es mayor de edad? La ciencia (y cualquiera) dice que un niño de cinco meses no ha terminado su desarrollo, ni físico, ni psicológico. Sería absurdo decir “la mayoría de edad se da a los cinco meses”. La ciencia dice que, morfológicamente, una persona “en general” ha completado más o menos su crecimiento físico a partir de los 15-20 años. Y la sociedad, que tiene que legislar para todos y poner leyes para todos, dice que se es mayor de edad a los 18 años. Es una arbitrariedad. Como todo en esta vida. Pero legislada mayoritariamente y con una lógica basada en algo científico.
Correspondencias / Carlos Gómez
Estimado Arcadi Espada:
Podemos discutir hasta la extenuación sobre el asunto. Antonio Donaire tiene razón en que es difícil definir cuándo hay un ser humano y cuándo no, y que la ciencia no dice nada de eso, aunque ayuda a definirlo. Por eso yo utilizo un sencillo argumento científico (ninguno religioso, válgame Dios) para definir lo que es un ser humano: el ADN. Desde el momento que hay un cigoto (célula madre totipotente) hay un ADN humano, único y exclusivo.
El argumento del cerebro es flojo, porque los monos también tienen cerebro y no por eso los consideramos humanos. En cambio el ADN humano y el de un mono sí que son distintos. Muy parecidos, pero distintos. Bien es cierto que hay gente, como Peter Singer, que cree que los grandes simios deben tener más derechos que los embriones. Pero no hablamos de ciencia, entonces, ni de ADN, sino de si el embrión tiene conciencia o no, y de otras cuestiones espirituales, más propias de obispos que de científicos.
La cuestión de que la mayoría de edad es un consenso social es muy interesante. Si la mayoría de la sociedad pensara como Peter Singer, los padres podrían matar a sus bebés recién nacidos si así lo quisieran. Sería un consenso, desde luego. Pero un consenso equivocado, igual de equivocado que el actual, que acepta la fecundación in vitro.
Saludos
Correspondencias / Antonio Donaire
Estimado Sr. Espada:
Continúo con la discusión (término muy positivo a nivel científico) con el señor Carlos Gómez. Espero no aburrirle.
Dice el señor Gómez: ” Desde el momento que hay un cigoto (célula madre totipotente) hay un ADN humano, único y exclusivo”.
De acuerdo, pero aquí ya habla de un ADN humano, no de un ser humano. No es ni mucho menos banal la diferencia.
Luego dice: “El argumento del cerebro es flojo”.
Es probable, yo había puesto un ejemplo que, al menos para mí, es mucho más fuerte que el argumento del ADN.
Más: ” En cambio el ADN humano y el de un mono sí que son distintos”.
En efecto, son diferentes. Ambos son simplemente moléculas químicas (valga el pleonasmo), tan sólo ADN. ¿Quién habla aquí de seres? Ni mucho menos hablamos ya de seres humanos.
Y más: “Bien es cierto que hay gente, como Peter Singer, que cree que los grandes simios deben tener más derechos que los embriones.”
Si se refiere a embriones (lo que se dice en la frase), yo estoy de acuerdo con Peter Singer y que conste que yo no me destaco, precisamente, por ser un fundamentalista defensor de los animales. Otra cosa serían fetos en estado avanzado de gestación (vuelvo al argumento del cerebro). Yo ignoro cuándo se debe considerar a un conjunto de células “ser humano”, pero, en mi opinión, no a un embrión.
“Pero no hablamos de ciencia, entonces, ni de ADN, sino de si el embrión tiene conciencia o no, y de otras cuestiones espirituales, más propias de obispos que de científicos.”
Aquí discrepo. Si un embrión tiene conciencia o no, sí que es algo muy científico, y, a mi modo de ver, es obvio que no.
Y más: “La cuestión de que la mayoría de edad es un consenso social es muy interesante. Si la mayoría de la sociedad pensara como Peter Singer, los padres podrían matar a sus bebés recién nacidos si así lo quisieran.”
En primer lugar, no entiendo la relación entre pensar como Peter Singer (si se refiere a su frase anterior) y decir que los padres podrían matar a sus bebés. Ese salto se me escapa. Estábamos hablando de embriones, no de bebés. ¿Quién ha dicho que la mayoría de edad da o quita derechos de vida? Esos derechos los tiene el individuo por ser un ser humano, que es la sociedad quien determina cuándo. La mayoría de edad te da otros derechos (y obligaciones), pero no el derecho a la vida. La alusión no la entiendo o, en mi opinión, está muy mal traída. Ya he comentado que yo pienso como Singer (en su frase citada, que habla de embriones), y, sin embargo, me parece una atrocidad inmoral (hoy voy de pleonasmos) el que los padres puedan matar a sus bebés recién nacidos. Aquí, en mi opinión, sí que entramos ya en cuestiones totalmente morales.
Por útlimo: “Sería un consenso, desde luego. Pero un consenso equivocado, igual de equivocado que el actual, que acepta la fecundación in vitro.”
Comparar la fecundación in vitro con matar bebés, perdóneme, pero, siendo muy, muy suave, creo que no es comedido (moralmente hablando).
Finalmente, dice Vd. que existe un consenso equivocado respecto a la fecundación in vitro. Afortunadamente creo que su opinión es, hoy en día, minoritaria y, gracias a Dios (¿existe?), cada vez lo es más.
Lo que es equivocado o no, afortunadamente, lo decide la mayoría y, en mi opinión, la ciencia puede y debe poner algunos límites (por ejemplo, un ADN no es más que una molécula química), pero no es, ni mucho menos, la ciencia quien decide. Por otra parte, y afortunadamente, pasaron los tiempos en que lo que era equivocado se decidía en Roma.
Véalo, quizá, de otra forma. En positivo. Gracias a Dios (porque Dios quiere), que nos ha dado los medios necesarios para realizar la fecundación in vitro, existen muchas, muchísimas parejas que son felices hoy en día. Y esto enlaza con el título del post del Sr. Espada: es mejor quedarse con la felicidad y la salud que con la enfermedad.
Un saludo muy cordial.
Correspondencias / Carlos Gómez
Estimado Arcadi Espada:
La conversación está prácticamente agotada. Veo de nuevo que los aparentemente más partidarios de la ciencia en cuanto pueden se deslizan a filosofar sobre la conciencia y los sentimientos, en lugar de hablar de genes y de aminoácidos. El problema de los terrenos ambiguos es la dificultad de poner un límite exacto. El ADN es mucho más práctico y claro. Creo que la ciencia aún no ha dicho nada sobre si los embriones tienen conciencia o no (y por eso Antonio Donaire lo que único que puede hacer es dar su opinión). Sí ha dicho que su ADN es el mismo del adulto.
Sobre Peter Singer, evidentemente no me refería al Proyecto Gran Simio, sino a textos como este : “Infants lack these characteristics. Killing them, therefore, cannot be equated with killing normal human beings, or any other self-conscious beings.”
Me alegro de que Donaire coincida conmigo en que esta idea de Singer es una atrocidad. Pero no es una cuestión más moral o menos científica que las otras.
Al final Donaire renuncia del todo a los argumentos científicos y apuesta por la democracia. El pueblo, que prefiere hablar de conciencia que de genes.
Saludos




