4 de octubre
Querido J*:
Pocas veces habré salido del cine tan trastornado como después de ver la llamada Vicky Cristina Barcelona, la última película de Woody Allen. Es enteramente probable que no sepas nada de la película ni del pletórico cortejo que la ha acompañado hasta estrenarse. Verás que le han puesto nombre de yate, aunque título tan grotesco (las palabras parecen haber sido espolvoreadas antes que escritas) resulta adecuado para hacerse una idea rápida de la película y de su gramática de muñeco articulado. Pero querría empezar por explicarte el cortejo, en su parte más suculenta. El Ayuntamiento de Barcelona ha participado con un millón de euros en la película y la Generalitat con quinientos mil. Aparte, y según cuentan personas del sector, el ayuntamiento dio todas las facilidades posibles para el rodaje. Las razones de semejante participación son misteriosas, pero se supone que estaban vinculadas con la posibilidad de que Allen hiciera una película sobre Barcelona y Cataluña que pudiera redundar en la expansión de la marca o en la diseminación de la identidad, según qué nacionalista, moderno o retro, prefieras. Te diré, no obstante, que no hay que sufrir por la inversión pública. La película ha recaudado hasta el momento más de tres millones y se supone que el productor ejecutivo Jaume Roures dejará alguna migaja en el común. Por el contrario la cuestión interesante es preguntarse por lo que aporta la película en concepto de marca, dado que ha sido por la marca y no para cambiar de negocio (aunque vete a saber) que las más importantes instituciones catalanas se han convertido en productoras cinematográficas.
Una evidencia deslumbra: esta es la peor película de Allen. He tenido la precaución de no verlas todas, pero entre mi puñado y el de algunos amigos no ha sido difícil llegar a la conclusión deslumbrante. No sólo eso: hay la seguridad absoluta, entre los de mi círculo, de que Allen antes de hacer otra peor dejará de hacer películas. Y aún más: se trata de una de las películas más ridículas que he visto en mi vida. Dentro de algunos años la veremos como un ejemplo kitsch del régimen nacionalista, con la misma hilaridad y compasión que vemos hoy las películas de Juan de Orduña. En esas tenidas viejas y melancólicas nos apostaremos ante la inminencia del sagrado momento, ése en que la pobre Vicky (actriz excelente, cruelmente sacrificada) dice por vez primera que ha llegado a Barcelona para hacer un máster en Catalan Identity. Y estoy seguro de que a poco que nos lo propongamos acabaremos consiguiendo que el mundo coree «¡Ha venido a hacer un máster sobre identidad catalana!» cada vez que queramos ironizar sobre algún ejemplo de trabajo vacuo, absurdo, prontamente desviado hacia otros intereses, especialmente sexuales. Pero es que, además, la frase merece destacarse porque es la única marca de identidad de la película. En realidad es la única morcilla que el avispado independentista Jaume Roures ha logrado colocarle al indiferente y no menos avispado Woody Allen.
Varios críticos y comentaristas han hecho ya un divertido catálogo sobre la inutilidad patriótica de la película. Entre lo más grave están las vistas de Barcelona. Hasta yo mismo, que como bien sabes no he salido de aquí ni en visita de médico, que voy pasando el dedo por sus muros y a cada milímetro reconozco un suceso de mi vida y que siento con ella el matrimonial y cruel desgaste de la ausencia de preguntas me he sentido casi ofendido por la visión anodina y ramplona de la ciudad. Eso cuando la cámara sale de la habitación y las vistas se materializan. Comprendo que la chica del marketing, el guionista, el productor o el alcalde en persona, hayan tenido que imponerle al director la partícula Barcelona en el título: y es que de otro modo difícilmente se podría saber en qué ciudad están sucediéndose los magreos que conforman la anécdota y la categoría de la película. Pero ni siquiera esto es lo importante respecto a la inutilidad patriótica. Lo sorprendente, casi insoportable, es que el productor Roures, a excepción de su morcilla, y el resto de contribuyentes patrióticos han acabado pagando una película españolísima, tan eclécticamente española que un viejo asturiano, estragado desde siglos por el carbón y el cabrales, habla (y es el único) con un cerrado y pasmoso acento de Vic.
La insobornable españolidad (lo único insobornable visto lo visto) te la explicaré, primero, a la manera sinestésica. Aparece Bardem y huele a ajo. Aparece Penélope y huele a nardo fermentado. El tema de la película es la enésima vuelta de tuerca al mito de la pasión española y su corazón loco, aunque no se habrá visto versión más chapucera: aquel cromo truculento pero seductor (La Sabina) que filmó Borau se recuerda a su lado como un profundo ejercicio intelectual. El tema se calza en un argumento construido sobre el enfrentamiento entre una doble pareja: dos americanas jóvenes, buenas actrices y muy simpáticas, y un hombre y una mujer españoles, real y globalmente abominables. Mientras que las americanas ofrecen una cierta densidad crítica, es decir, aun estando en una película de Allen, y en esta película de Allen, le dan alguna vuelta a la cabeza, el dúo patrio ofrece una rocosa animalidad donde sobresalen (punteado por la rumba inmortal de Paco de Lucía: cómo será todo que aquí incluso perece) el grito, la euforia y el asilvestramiento ibérico: el mal vino español. Los dos hacen de pintores y sobre ellos proyecta el director el tópico de la directa brutalidad del artista. Hasta extremos cómicos: hay una escena ya inolvidable donde se muestra a la llamada Pe (a la que espero algún día ver entrar en un salón y decir naturalmente: “Hola, buenos días”) que pinta furiosamente sobre una pacífica tela acostada; va vestida de un modo tan sucinto y cavernario que no pude menos que pensar (aunque sólo que pensar) en la Raquel Welch de Hace un millón de años, siendo Bardem su dinosaurio.
Te preguntarás ante esta descripción si todo eso no supone en el fondo una sutil victoria de Roures. Ahí es nada que haya logrado de Allen esta descripción de los españoles. ¡Quiá! También yo estuve suponiéndolo hasta los últimos estertores fotográficos. Pero no hay ninguna posibilidad de sostenerlo. La pareja de brutos ibéricos son, al cabo, los héroes positivos de la historia. Y la dulce Vicky, una cobarde bobalicona a la que espanta la sangre, que al dejar a Bardem y regresar a América con su chiripitifláutico marido le dice adiós a la vida con el mismo drama inconsolable de un caravadossi. No es de extrañar que contrariando las habituales costumbres del cine de Allen la película haya obtenido buenas recaudaciones en América, incluso fuera de Manhattan: las corridas españolas gozan de larga fama.
La película ofrece, por último, una lección veraz. Desconozco las circunstancias personales que habrán llevado a Woody Allen a filmarla, y a atreverse. Qué especie de crepúsculo. Pero lo cierto es que de principio a fin el producto lleva el acartonado olor de la subvención. Vicky entre brutos no es, al cabo, otra cosa que cine subvencionado, perfectamente encuadrable en los usos culturales que describen la decadencia de Cataluña. Cine con el famoso animalito ideado por Hitchcock, cine con macGuffin, donde la única y auténtica excusa argumental del creador es el dinero.
Sigue con salud.
A.
*Este artículo contiene información sobre el argumento y desenlace de la película Vicky Cristina Barcelona
(Links: Verónica Puertollano)
Correspondencias / José Antonio Montano
Querido Arcadi:
Concuerdo con tu opinión sobre la película de Woody. Y menos mal que, a diferencia de Santiago González, no elogias a la insufrible Pe. En mi blog también hablé de la película de Woody, en una entrada demasiado extensa, de la que entresaco esto:
Al pobre Woody le ha colado el magnate Roures esa estolidez de que Vicky esté haciendo un máster “en identidad catalana” (sic). Los nacionalistas nunca son conscientes del ridículo que hacen. Pero en este caso, además del ridículo en sí de la denominación, se produce un ridículo argumental. En efecto: la chica que estudia “identidad catalana” es justo la más pizpireta y puritana, la de mentalidad más convencional. Eso, de partida. Porque, gracias al contacto con el macho hispánico (que no es catalán, sino asturiano), la chica descubre la pasión y salta, siquiera por una noche, las bardas de su moral burguesa. De este modo, Vicky Cristina Barcelona se convierte en una involuntaria actualización de Últimas tardes con Teresa, con Bardem de nuevo Pijoaparte (dándole un buen pollazo a la “identidad catalana”).
Un abrazo,
José Antonio
Correspondencias / José María Madrigal
Estimado Arcadi,
Por afortunada coincidencia encuentro tu entrada sobre esta película apenas unas horas después de haberla visto en la sala. Aún estupefacto, estaba tratando de recabar por internet qué opiniones había suscitado entre la crítica y la afición, y ya casi me resignaba a elegir entre el arrepentimiento o la marginalidad cuando has venido a confortarme -que dios te lo pague. No añadiré coma a tus atinadísimos comentarios: los suscribo todos. Pero me atrevo a introducir una reflexión: tanto en el pretendido enfoque del tema del amor como en la pintura de los personajes -especialmente los masculinos, ridículos peleles- no puedo dejar de percibir ese enfoque pseudofeminista dominante en el mercado cultural que, aspirando a consagrar la pretendidamente superior sensibilidad y profundidad de una visión de género, cosecha pingües beneficios a base de incurrir en una banalización bobalicona, maniquea e insufrible de todo lo que toca.
Con admiración,
–
José María Madrigal

