3 de octubre

Apocalipsis

La tendencia apocalíptica de cierta retórica izquierdista. Cuando no les sobra hipocresía sus portavoces reconocen que viven en el mejor mundo conocido; pero de inmediato añaden que por poco tiempo. Bien sea por el cambio climático o por la destrucción del capitalismo, lo cierto es que anuncian el fin del mundo en cuestión de horas. El paisaje contrasta de modo vivísimo con el de la guerra fría. Entonces reconocían que el comunismo no era el mejor de los mundos posibles; pero en el horizonte dibujaban la aurora, aunque fuera de sangre. Su general incapacidad para prever el cataclismo del comunismo está probablemente relacionado con este optimismo utópico que entonces les caracterizaba. La tendencia al apocalipsis tiene, a mi juicio, una clara matriz religiosa: no puede ser, vienen a pensar y a decir, que el Dios de la Historia no acabe empuñando el látigo.

El éxito del capitalismo está en su parecido con la vida: como la vida, es injusto y carece de sentido: y ninguna teleología lo asiste. Pero es dudoso que vaya a ser castigado por ello. Entre otras cosas, ¿quién iba a castigarlo? Cuando algunos izquierdistas examinan sus crisis, y sobre todo cuando lo hacen, como ahora, en medio de una, exhiben una profecía. De crisis en crisis hasta la crisis final, eso dicen. La imagen mental que los decora no es distinta a la que utilizan respecto de la crisis ecológica: tarde o temprano el sol explotará. Creo que experimentan un calorcillo reconfortante en estas exhibiciones, parecido al del savonarola que anuncia el fin de los tiempos. Y experimentan también idéntica avería en sus razonamientos. Las imprecaciones religiosas sobre el final apoteósico ocultan que el fin del mundo sucede cada día,anodinamente , para una gran cantidad de habitantes de la tierra. Del mismo modo el capitalismo aplica su inevitable capacidad de destrucción de modo homeopático, a cada hora: no le hacen falta grandes representaciones pirotécnicas para diseminar por anchas franjas del mundo una crisis veraz y letal.

No por laico el pensamiento ha de ser necesariamente panglossiano o puramente imbécil. La destrucción completa figura entre las probabilidades humanas y ahí estará siempre Auschwitz para recordarlo. Pero Auschwitz cuenta tanto como la razonable y cálida figura de la señora Merkel, levantada sobre el cadáver de Alemania, apenas sesenta años después. El físico Hawking no niega la probabilidad de una hecatombe terrestre; pero añade que para entonces ya habremos huido. Otra profecía, si gustáis. No está en el signo de las profecías lo que diferencia al laico del apocalíptico. Está en la indomable voluntad de éste, visible desde Eva, de que todo rapto de felicidad humana sea castigado.

(Coda: «Dentro de uno o dos siglos la mayor parte de la Humanidad estará al mismo nivel o por encima de los actuales estándares de vida occidentales. No obstante también creo que mucha gente seguirá pensando y afirmando que las condiciones de vida van cada vez peor». Julian Simon, 1997)


Correspondencias / Arcadi Espada

Senyors:

Amb data d’avui inclouen a la seva televisió les declaracions d’un senyor Miquel Sellarès on es diu: «Arcadi Espada es un hombre de las cloacas de este país. Siempre ha habido resentidos, personajes del auto-odio. Yo lo he querido centrar en él porque en aquellos momentos él estaba trabajando -si lo niega, me da igual que vayamos a juicio si quiere- con el señor Martí Jusmet y hacían unos informes especiales en contra del Gobierno de Convergència i Unió y también algunas cosas en contra de la policía de Cataluña, con otros personajes que ahora no vale la pena entrar. Pero este personaje que ahora nos dice “España” y nos dice no se cuántas cosas en discursos que nos hace, ya era un personaje nefasto al servicio de las instituciones del Estado».

La part fàctica d’aquestes declaracions és falsa i així cal que consti. Per la resta convindria, més que mediàtic, tractament mèdic.

Cordialment,
Arcadi Espada


Correspondencias / Benjamín Gomollón

No es sorprendente que la calumnia forme parte del utillaje intelectual del nacionalista extremo. Tampoco es un secreto que décadas de pujolismo han sedimentado capas de población que incuban fases juveniles alucinatorias hasta desembocar en la corbata y el abono del Camp Nou.

Miquel Sellarés se sienta en el diván del rencor y nos narra sus pesadillas, que él cree memoria precisa de vigilias heroicas. Ambiciona convertirse en santón de los radicales y exhibe sus credenciales: un martirologio de incomprendido, tal vez para llenar el hueco que Carod ha dejado en el imaginario victimista de los pirómanos de banderas y retratos. Esos domingueros iconoclastas de mechero precisan con urgencia imágenes que reemplacen las cenizas borbónicas, ahora que en las comisarías de los mozos de escuadra la alternativa laica al monarca es la foto de un triste portero de finca, que destroza la lengua milenaria. Y Miquel ambiciona su hornacina, creador que fue de las galerías subterráneas del poder pujoliano y reclutador de las mesnadas que esperan al libertador en la batalla final.

Pero para conseguir notoriedad y ventas, Sellarés, frustrado periodista y literato, que ha sacrificado en bien del país sus mejores años de prosista y politólogo pocero, necesita encontrar una imagen de lo que hubiera querido ser, de lo que cree que recupera ahora, al saltar a la arena literaria del memorialismo agraviado. Y la encuentra en Arcadi Espada. En la satanización calumniosa de quien personifica su alias invertido, su doctor Jeckyll secretamente envidiado. Como bloguero ávido de visitas, de esos que escupen comentarios en la bitácora que admiran inconfesablemente, lanza sus exabruptos y anatemas, sus fetuas y lagartos para llamar la atención lo suficiente. Y observemos el denuesto: Arcadi siempre ha estado en las alcantarillas del estado, alimentándose del fondo de reptiles. Sus discursos españolistas le delatan.

Pero reconstruyamos el negativo: Arcadi Espada tiene una carrera en la prensa libre, una trayectoria independiente y nunca sometida a los discursos dominantes, a la fabricación de la verdad periodística o política a partir del prejuicio y la propaganda amplificada desde el poder. Es alguien que siempre se ha situado en las suturas de la verdad convencional, para denunciar el remedo, la apariencia, el zurcido apresurado. Y es un debelador incansable de los mitos y la ortodoxia que impregnan el ambiente en Cataluña.

Sellarés, en cambio, no ha dispuesto de voz propia, de focos, siempre incómodo a la sombra del poder, a las órdenes, sin testosterona militar, de un Tarradellas, un Pujol o un Maragall, que se aprovecharon de su talento y lo dejaron caer cuando se revelaron sus prácticas de espionaje o de manipulación de la prensa. Y ahora puede contar la Verdad, el previsible evangelio radical. Y ya que no tiene adversarios para mostrar sus cualidades boxísticas, trata de llamar al cuadrilátero a Arcadi, busca el pugilato judicial que lo enaltezca a los ojos de los perpetuos adolescentes subvencionados del independentismo catalán.

Pero son puñetazos lanzados a las sombras, delirios de sonado que aspira a las listas de la no ficción en catalán. Para las ranas que piden rey en autos de fe y folclore, Zeus lanza al estanque del oasis este otro tronco, no reverdecido hacia la luz, sino amarillento de envidia. De autoodio, como él dice.


Correspondencias / Brian

Como hay que ahorrar y reciclar, le pego el mismo comentario que le hice a su amiga Mujer-pez el otro día (que también se despachó a gusto):

“Recurrir a la astracanada para ridiculizar a una izquierda de panfleto novecentista es tan fácil como sería hacerlo con una derecha de campanario”.

Salud

Coda: no hay mal que por bien no venga. Desde que ser progresista pasó de moda, todo va volviendo a su sitio.


Correspondencias / Ernesto Hernández

A propósito del catastrofismo apocalíptico de la izquierda, mírate esta caricatura de Arístides Esteban Hernández Guerrero (Ares), hoy, en la primera plana del Granma.

Saludos,
E.

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