2 de octubre

Después de mucho tiempo leo In cold fact, el artículo que Philip K. Tompkins escribió sobre las mentiras de A Sangre fría, y que publicó Esquire en 1966. El título es soberbio (aunque Verónica Puertollano que lo ha traducido en mi blog, tampoco se ha quedado manca: Los hechos a sangre fría) y el texto está escrito con una gran elegancia. Valga este ejemplo, casi doloroso: «Al describir a Perry [uno de los dos asesinos], Capote escribió: “Su propio rostro le fascinaba. Cada ángulo le producía una impresión diferente. Era un rostro cambiante.” Capote se describió a sí mismo en Newsweek: “Si se mirara mi rostro desde ambos lados se vería que son completamente diferentes. Es una especie de rostro cambiante.» Se trata de un texto que llega tarde a mi vida y que me habría procurado felices y descansados atajos. A pesar de su valor indiscutible, y contando con su ironía agazapada, aún es demasiado bondadoso con el autor y su presunto gran arte. Porque lo peor de A Sangre fría no es que Capote inventara la última escena de un libro que garantizaba la veracidad de cada palabra. Es la putrefacta cursilería de quiosco con que está escrita.

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