1 de octubre

Joan Carles

El lector Antonio Fernández protestaba ayer de que un instituto de Mahón hubiese llamado Joan Carles de Borbó a Juan Carlos de Borbón. «¿Es que puede cambiarse el nombre el monarca a gusto del consumidor?», se escandalizaba. Un día antes el periodista Trallero reprochaba en su blog al corresponsal en París que hubiese llamado Juan a Joan Pons. El tratamiento onomástico (y también de los topónimos) es una de las pruebas más llamativas de hasta qué punto las querellas nacionalistas son capaces de pervertir la realidad. Lo he escrito más de una vez; pero insistiré tanto como insistan. Que el rey Juan Carlos sea llamado Joan Carles es un privilegio. Bien lo saben TV3 y los diarios escritos en catalán, que también lo llaman Joan Carles y nunca llamaron a Aznar Josep Maria ni Josep Lluís a Zapatero. Contra lo que haya podido diseminar el necio analfabeto nacionalista traducir no es traicionar sino estimar. Sólo lo que cuenta merece traducirse. Era la familiaridad (con el obvio añadido del menor contacto entre lenguas) lo que en el pasado permitía hablar de Guillermo Shakespeare. En este aborregado tiempo español cualquier zarcillo se agiganta exigiendo cortante que le llamen Ricard a quien se le había dado el trato de Ricardo. La prueba del afecto sólo la superan personas inteligentes como aquel futbolista Hadzibegic que en Heliópolis fue Pepe.

Lo mismo sucede con los topónimos. Llamamos Varsovia a Warszawa, pero dejamos Wroclaw congelada en su amniótica denominación de origen. Y es que pocas veces hemos necesitado llamarla. Mastrique fue Maastrich en cuanto la abandonaron los Tercios de Flandes, y resultó muy cómico que después de unos cuantos siglos sin nombrarla algunos tercios quisieran, de repente, hablar del tratado de Mastrique en sus periódicos. Castellanizamos Donostia, porque sólo faltaría, pero no sentimos ninguna necesidad de hacerlo con Gaztaintxabal. Es un deshonor (sobre todo para Girona o Lleida) que no se pueda escribir Gerona o Lérida. Y ni que decir tiene que a este ternero sentimental a veces le alegró ver en las carreteras de Italia esa Barcellona, un poco más gruesa que la original. Como le disgusta (aunque con suma moderación) que este diario también se llame EL MUNDO DE CATALUNYA. La clave para entender rectamente esta cuestión la daba, sin saberlo, el lector protestado. Porque no es solamente que Juan Carlos sea Joan Carles; es que la reina Elisabeth es Isabel, y Beatrix der Nederlanden es Beatriz de Holanda. No creo que nadie pueda disputar a la aristocracia un conocimiento secular de lo que es (y supone) el privilegio.

Ahora bien, es cierto que esta norma española de acogida no tiene su equivalencia en el mundo anglosajón, donde ni mandando un Felipe se haría Philip. Digamos que allí son harto más relativas las necesidades de importación.

(Coda: “Uno de los principales atractivos de una lengua local es que los forasteros no la entienden”. Ian Buruma, El camino a Babel)


Correspondencias / Pedro Murga
Admirado Arcadi,

Lamento tener que corregirte, aún estando de acuerdo contigo en parte de tu argumentación, si bien se me hace harto complicado entender por qué la “intelligentsia” catalana (y no sólo catalana) traduce los topónimos castellanos (ahí están Ciutat Reial o Conca para demostrarlo) y no admiten que se haga lo mismo con Gerona y Lérida cuando uno se expresa en castellano.

Pero a lo que iba. Tu afirmación de que “Castellanizamos Donostia…” no es correcta. Más bien “euskaldunizan”, también, San Sebastián, nombre con el que, según casi todas las fuentes, se fundó la ciudad.

Donostia no es sino una vasquización mala de San Sebastián, hecha a base de Don, señor en euskera, y Ostia, ciudad originaria de dicho santo.

Ahí lo dejo, para que conste,

Pedro Murga


Correspondencias / Chema Pascual

Según Luis Michelena (“Apellidos vascos”) la etimología del topónimo Donostia sería ésta:
*Donasa(b)astiai, *Donasastia, *Donastia, Donostia.

De dona- ‘santo’ y Sebastián. Sin más ostias, como dice Pedro Murga y la wikipedia (que cita a Michelena, pero no lo ha debido de leer).

Palabra de un donostiarra real (de San Sebastián de los Reyes).


Correspondencias / Lolo
Hola Arcadi. Tal vez te parezca irrelevante lo que te cuento a continuación, o tal vez no.

En la edición catalana de El País del domingo venía una noticia que creo que es un retrato perfecto de la decadencia de Cataluña:

En Puigcerdá, la Cerdaña, había tradición de collas de cabezudos. Una de las collas se extinguió por falta de interés de los indígenas. Un inmigrante uruguayo marchoso, junto a tres compatriotas, dos bolivianos y un par de argentinos, resucitaron la colla. Pero el Ayto., de ERC, envió a una especie de comisaria política a mangonear. A los marchosos latinoamericanos, naturalmente, no les hizo ninguna gracia y suspendieron sus actividades folklóricas. El Ayto. inició una infructuosa búsqueda de indígenas dispuestos a hacer el cabezudo a la desesperada y, ante el fracaso, en las últimas fiestas la colla salió a hombros de una brigada municipal de funcionarios. La comisaria de ERC hacía declaraciones: “Es que queremos una colla de gente de aquí”. “No nos importa que vayan tres o cuatro inmigrantes con veinte catalanes, pero no al revés”.

Un saludo.

Un saludo.
chema pascual

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