27 de septiembre

El thriller de España

Querido J:

Acabo de ver el cuarto capítulo de la serie de Victoria Prego y Elías Andrés sobre la democracia española que ofrece a los lectores este diario donde te echo las cartas. El aristócrata catalán moderno, sobre todo uno muy espectacular Conde de Güell, firmante de un libro, el muy incorrecto Journal d’un expatrié catalan, que guardo en fotocopias y que tal vez algún día sus correctos herederos permitan reeditar, esa dulce gente, digo, tiene una expresión muy adecuada para definir mi estado de ánimo. Estoy choqué. La serie es un lujo español, y no sería extraño que, dado el caso, los españoles cara de piedra la acogieran con relativa indiferencia. Es una serie puramente extranjera, anglosajona, sobria, precisa, veraz, donde no se oye otro grito que el de los hechos. Por cierto: oír a Victoria Prego es algo realmente especial cuando se tienen cincuenta años. Es la voz en off de una vida de actualidad y periódicos, y me gusta su español: hay acentos asturianos, hasta gallegos, y una lezna de Madrid que los perfora y los cose. Pero sobre todo está su tono que es el que usa el lechero cuando llama al amanecer. Como todo ejercicio de su rango la serie obliga a reflexionar sobre la memoria, el periodismo, la historia y la misma posibilidad de contar, estos enredos apasionantes. Rafael Mainar, en El Arte del periodista, un libro de 1906 que siempre llevo al lado del iPhone, estableció con su acostumbrada calidad sintáctica que el periodismo «es la Historia que pasa». Luego se ha dicho, plagiándolo, que el periodista es el historiador del presente, y no lo discuto, aunque debo confesarte que me llama la atención ese fatal aire manqué que tiene el periodismo, siempre necesitado de algún injerto (Historia, Literatura) que complete la identidad de su punto de vista. Pero por seguir en sus trece, y a la vista del trabajo que voy a comentarte, cabría invertir los términos y empezar a preguntarse por ese periodismo del pasado que practica alguna gente con fundamento, del que tal vez el máximo exponente sea Herbert Lottman y entre sus libros, La caída de París, fundamental.

En el mismo camino de investigación y conocimiento hay que situar los trabajos de Victoria Prego, en especial su primera serie sobre la transición política y ahora ésta sobre el conjunto de los años democráticos, de la que aún no puedo opinar globalmente, pero que ha arrancado con un poder excepcional. El desamparo académico en que malvive la historia o el periodismo audiovisual es puramente grotesco. Son muy extrañas las bibliografías españolas que incluyan repertorios audiovisuales. Se comprende, dado lo que han hecho el cine y la televisión con la historia de España; pero la penuria obliga a afinar. Y, desde luego, no puede escribirse nada solvente sobre la Transición sin echar el ojo, una y otra vez, y lentamente, a los trabajos de Victoria Prego. Lentamente. Lamento mucho que el periódico no haya realizado una prolongación digital de la serie. Está hecha para la lectura moderna, y ésta sólo puede darse a través de internet. Hemos comentado más de una vez que en internet las imágenes se leen y que sólo la red permite la apreciación de ese texto total (escritura, audio e imágenes) que creo que está en la raíz de todo lo que hace nuestra anglosajona.

Te daba anuncio, sin embargo, de mi estado de ánimo ante un capítulo concreto de la serie, donde se describe la España y el suceso del 23 de febrero. Puede que pienses que es un ejemplo demasiado favorable a la conmoción. Hummm…. Puede ser. La combinación de zarzuela, thriller y verdad es imbatible. Pero, por contra, tiene el baldón de ser una historia mil veces explicada. Pasa el vídeo de los hechos del Congreso y uno ve las imágenes con segundos de adelanto. No importa: la eficaz estrategia narrativa vuelve a ponerme el corazón en un puño. Y lo peor, aquello de lo que no hemos hablado nunca: veo a Tejero y está a punto, pero a un filo, de dolerme España, cosa que sólo me pasa ante un surtido de ibéricos donde Casas, en la muy noble Aracena. El capítulo tiene un arranque crítico, que da idea perfecta de la escritura utilizada: unos segundos del off/on tenso, inenarrable, que precede al anuncio de dimisión de Adolfo Suárez. Son unos pocos fotogramas robados, donde se ve al gran presidente pidiendo agua, carraspeando y diciendo luego, porque el agua no llega (ni el agua le daban: ¡hasta esa autoridad había perdido!) que, bueno, va a hablar sin agua: todo sucediéndose en un lóbrego escenario de cuarto de banderas que es el metafórico telón de fondo donde se proyectan cada una de las imágenes del reportaje. En ese off/on brevísimo está concentrado el spleen de unos años, de modo atómico. El recurso se repetirá después en el discurso (en la orden) dada por el Rey de madrugada: aunque, por desgracia, la escena es mucho más breve y sólo sirve para vislumbrar el infinito cansancio muscular que procura salvar la democracia española cada tanto.

El arranque simboliza también una de las grandes virtudes del trabajo. Casi todas las imágenes significan. Basta ver a Herrero de Miñón, recién nombrado portavoz de la Unión del Centro Democrático. ¡Qué alto concentrado de traición! Las imágenes casi nunca cumplen un mero papel ilustrativo. Sólo hay una excepción llamativa, aunque comprendo que fuese tentación difícil de esquivar. Al parecer, y en el momento en que el teniente coronel entraba en el Congreso, el rey de España jugaba a squash. Eso dice la voz, mientras nos lo muestra con ese inquietante aire de joven ingenuo que tuvo hasta hace dos días Juan Carlos de Borbón. No es imposible que esas imágenes correspondan al momento que se está describiendo y no a otra partida de squash; pero, obviamente, lo dudo. Sopecho que sólo ilustran. Hay unas imágenes terribles, que tienen un tratamiento opuesto. Corresponden al hallazgo del cadáver del ingeniero Ryan. Toda la historia de Lemóniz y de Ryan está tratada de modo muy sombrío, como corresponde a la victoria del terror sobre la ley. Está el peso inerte de la central abandonada y esa foto, con marquito cromado, de la esposa y los niños Ryan suplicando a los asesinos que vuelva su padre. Pero las imágenes del cadáver son impresionantes. Filmadas en blanco y negro, y con estética, no sé si con técnica, no entiendo nada, de superocho. Una luz ilumina el agujero del bosque donde lo encontraron, con los ojos vendados y las manos esposadas. Se aprecian los esfuerzos necesarios para arrastrar un peso muerto. Todo, hasta la noche, se aprecia perfectamente gracias al silencio absoluto con que avanza la escena. No sé, ni quiero ahora volver a verla. Es probable que me confunda y el silencio de la narración sea breve, casi inaudible. Pero me parece que duraba horas como martillos.

La voz singular de Victoria Prego, a la que me he referido al comienzo, tiene a lo largo de este capítulo un punto de alteración. Presagia que algo extraordinario está a punto de suceder. Viendo el capítulo en la alta noche tuve un momento de vaga alucinación. Llegué a preguntarme cómo iba a acabar todo aquello. Mérito grande de los autores: suspender la incredulidad de un lector sobre hechos que sucedieron y que el lector sabe muy bien cómo sucedieron. Pero es probable que los autores deban compartir mérito. España es un thriller. Y quizá no sepamos aún cómo se acaba.

Sigue con salud
A.

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